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Altagracienses por el Mundo

La historia de Eddie Hauzer: guía expediciones y enseña buceo en las aguas heladas de la Antártida y el Ártico 

La historia de Eddie Hauzer: guía expediciones y enseña buceo en las aguas heladas de la Antártida y el Ártico 

En esta sección te invitamos a conocer las historias de altagracienses que recorren diferentes partes del mundo. AGNoticias dialogó con Eddie quien actualmente vive en Canadá, donde trabaja como instructor de buceo. Pero gran parte de su año transcurre navegando algunos de los lugares más remotos y extremos del planeta como guía polar.

En AGNoticias la sección «Altagracienses por el Mundo» ya es un clásico de nuestro portal informativo. Un espacio dónde les acercamos los lectores historias de vecinos, amigos o familiares que dejaron su ciudad natal y que ahora están viviendo diferentes experiencias alrededor del mundo. En esta oportunidad, conocemos más al altagraciense Eddie Hauzer.

La vida a veces da giros inesperados y los caminos pueden desembocar en los rincones más extremos del planeta. Ese es el caso de Eddie Hauzer, un altagraciense que dejó la ciudad a los 18 años para estudiar en Córdoba Capital, sin imaginar que su destino final estaría entre glaciares, osos polares y las profundidades del océano

Hoy vive en Quebec, Canadá y nos comparte su extensa y fascinante historia de vida en una nueva entrega de esta sección. 

El espíritu aventurero siempre estuvo presente, impulsado en parte durante su juventud en Alta Gracia por el programa de intercambio de jóvenes del Rotary Club.

Allí tuvo la oportunidad de conocer a chicos de diversas partes del mundo y despertar su interés por lo que había más allá de su entorno. Tras terminar su etapa universitaria, tomó la decisión de salir a mochilear por Sudamérica.

El viaje lo llevó hasta Brasil, pero la situación económica apremiaba. «No tenía un buen pasar económico. Mi hermano estaba en Ushuaia en ese momento, fue en el 2017 más o menos, y me dijo que ahí había trabajo, que fuera para allá, así que allí fui«, relató. 

Fue en el sur argentino donde comenzó su verdadera transformación: aprendió a navegar en veleros y descubrió su amor por el buceo. Mientras trabajaba como camarero, conoció a guías de los pequeños cruceros que van a la Antártida, quienes le comentaron sobre el buceo en el continente blanco. 

Fascinado, se propuso juntar la experiencia y las certificaciones necesarias para aplicar a ese trabajo.

Una vida en alta mar: la rutina de una guía polar

El esfuerzo rindió sus frutos. En la actualidad, trabaja como instructor de buceo en Quebec y se desempeña como guía polar. Su temporada alta en la Antártida se extiende desde noviembre hasta fines de marzo, para luego subir al Ártico, mayormente a Svalbard, y este año sumará un nuevo desafío: la región de Kimberley, en el noreste de Australia.

A bordo de los barcos de expedición, asume múltiples roles. Como guía general o naturalista, su labor abarca desde manejar los botes Zodiac hasta dar charlas («recaps») sobre interpretación del entorno

Su especialidad son los animales acuáticos, vertebrados e invertebrados, hablando profundamente sobre el hielo y las capacidades de buceo de especies como pingüinos y elefantes marinos.

Las jornadas de trabajo son intensas y estructuradas. Eddie detalló que los días arrancan temprano: el desayuno puede ser a las 6:30 de la mañana, o incluso antes, durante los días de operación. 

«Vamos afuera, a veces hacemos paseos en bote, a veces hacemos landings en donde vamos a ir a ver por ejemplo una colonia de pingüinos, y después volvemos antes del almuerzo, se almuerza y después durante el almuerzo se reposiciona el barco hacia otro lugar y se repite», explicó. 

Cuando trabaja como guía de buceo o snorkel, la dinámica cambia ligeramente. Primero realizan caminatas de unos 40 o 50 minutos con los pasajeros y luego ingresan al agua

«En las operaciones de buceo hacemos buceo primero que no son más de 45 minutos en el agua, entre toda la operación será una hora y media y después si están con energía y suficiente calor los llevamos a una actividad en tierra», describió. 

Sin embargo, aclaró que en el Ártico no se realizan estas actividades acuáticas por el peligro inminente que representan los osos polares y las morsas.

Más allá de la logística, un pilar fundamental de su labor es la socialización. «Es parte muy importante de nuestro trabajo. Nosotros tenemos que estar con los pasajeros, socializar con ellos, hacerlos parte de la expedición, prestarles el oído y contarles cosas«, sostuvo. Todo este esfuerzo concluye pasadas las nueve de la noche, cuando finaliza la cena.

La historia de Eddie Hauzer: guía expediciones y enseña buceo en las aguas heladas de la Antártida y el Ártico 

El costo emocional de vivir viajando

«Es muy lindo, es una actividad increíble, yo estoy muy feliz con la posibilidad de viajar por el mundo, conocer diferentes lugares y sobre todo que me paguen», afirmó con entusiasmo. Sin embargo, no romantiza su profesión y expone la dureza de este estilo de vida.

Las relaciones personales sufren el impacto de la distancia. Pasa mucho tiempo fuera del país y con suerte ve a su familia una vez al año. A bordo, los vínculos se vuelven intensos pero efímeros

«Compartimos tiempo muy intenso a veces corto, a veces un mes con un grupo de personas en las que nos apoyamos y confiamos la vida en ellos. Nos acercamos muy rápido y después nuestros contratos se terminan y cada uno se va a su casa y no sabés si vas a volver a ver a esa persona de nuevo«, admitió con nostalgia. 

Esta situación se traslada a su vida amorosa, ya que su pareja también trabaja a bordo en otra posición. Lo que los lleva a pasar hasta dos meses sin verse al estar asignados a diferentes barcos.

El desafío habitacional y la realidad en el extranjero

El camino de la emigración no es lineal. En busca de perfeccionar su inglés, fundamental para su trabajo actual, Eddie se mudó casi ocho meses a Irlanda, pasó un tiempo en España, luego en Toronto, hasta establecerse en Quebec. Desde su experiencia, derribó el mito de que en el exterior todo es más sencillo.

«El tema de conseguir trabajo y vivienda no es fácil. Yo creo que como argentinos pensamos que nuestra situación es la peor pero es mucho más similar de lo que pensamos«, advirtió. 

De esta manera, comentó que en España la situación es complicada y carísima, algo que también experimentó en Irlanda, donde notó una gran escasez de lugares para habitar, encontrando sitios venidos a menos que cobraban fortunas por falta de opciones.

Hoy en día, a pesar de vivir en un país del primer mundo, comparte un pequeño departamento céntrico con su pareja y otra chica

«Toda la gente en Quebec tiene que compartir porque un departamento te sale para dos personas, con una habitación digámoslo, casi mil y pico de dólares canadienses y eso es mucho en términos salariales«.

La vida en Quebec: Idioma, estaciones y choques culturales

A pesar de los costos, Eddie disfruta enormemente de Canadá, un país que define como abierto, cosmopolita y receptor de la inmigración. «Vas caminando por la calle y ves tantas diferencias, gente de diferentes culturas, colores de piel, contexturas físicas, rasgos faciales, es lindo. A mí me gusta mucho eso, me parece que es muy rico en cuanto a lo cultural».

En Quebec encontró un sistema social fuerte que valora profundamente, aunque la barrera del idioma es un desafío constante. Al ser una provincia independentista y francófona, el francés es una necesidad vital. 

«Estoy aprendiendo francés. Hay ciertas personas que se niegan a hablar otro idioma que no sea francés, sobre todo la gente grande de la ferretería o el que maneja el bondi, porque también es muy importante para el quebequense el idioma», señaló.

Otro aspecto que le maravilla es el clima, con estaciones perfectamente marcadas que le recuerdan a la Patagonia argentina. «El verano es verano, el invierno es invierno y te cagas de frío. La primavera es hermosa y el otoño los colores son increíbles», sostuvo. Aunque bromeó con que el calor trae mosquitos, los cuales afortunadamente solo duran un mes y medio: «Si hubiesen más mosquitos, más tiempo, no viviría ahí».

En cuanto a la gastronomía, la inmensa oferta de comida internacional le fascina, desde probar comida Thai hasta descubrir que los ajos del supermercado llevan una etiqueta que dice «Importado de Argentina». 

También detalló la experiencia culinaria del plato nacional canadiense, el «Poutine»: «Son papas fritas con el gravy, una reducción de salsa de carne o de maíz, y tienen un queso específico que es el ‘squeaky cheese’, porque no se derrite, entonces cuando lo masticas hace squeak. Todo el mundo lo compra para comer de snack mientras maneja».

La nostalgia por la improvisación argentina

Pese a su adaptación, hay cosas que el primer mundo no puede suplir. Cuando se le preguntó qué extraña de Argentina, las respuestas apuntan a la esencia misma de nuestra cultura

«El queso fresco, la pascualina, el caer a la casa de alguien a tomar unos mates. La amistad argentina, la espontaneidad que tenemos, no la he encontrado en otro lugar».

El choque cultural más grande para Eddie radicó en las agendas. «No se acostumbra a caer a la casa de alguien a la tarde a tomar mates o para charlar. Se arregla todo con antemano, con tiempo, con agendas, a mí eso la verdad que me da mucha fiaca», confesó con honestidad. 

Por otro lado, destacó  que los argentinos somos mucho más cálidos y relajados, mientras que en Canadá «todo es demasiado organizado». Lo que genera menos incertidumbre, pero también siente que «le falta chispa».

Consejos para los que buscan partir y el futuro en casa

Para aquellos coterráneos que desean emprender un camino similar, el mensaje del altagraciense es de aliento y acción. «Consejo: buscar información y preguntar. Animarse a buscar apoyo de amigos, de gente que ya ha estado afuera«, recomendó. 

Eddie se apoyó en organizaciones (como Neds College) que ayudan con visas y escuelas de idiomas. En este sentido, agradeció la cultura del trabajo que le inculcaron sus padres. Fundamentales para buscarse la vida en diferentes países sin provenir de una familia adinerada.

Sobre un posible regreso definitivo a Argentina, es cauteloso. Viene cada verano para embarcarse y trata de ver a sus amigos en Alta Gracia y Córdoba, pero no se ve viviendo en el país a corto plazo. No obstante, tiene un proyecto y una ONG con amigos en Ushuaia que la mantienen conectada a su tierra.

Pese a  que hay cuestiones cotidianas y culturales que la desmotivan a volver, se ha convertido en un embajador natural de nuestra geografía

«Argentina es un país hermoso y a todas las personas que yo conozco, sean clientes de mi trabajo o compañeros, yo los traigo a Argentina, los mando a diferentes lugares porque nuestro país tiene de todo. Desde glaciares a desiertos«, cerró con vehemencia, haciendo hincapié en que quiere seguir viajando por su propio país para tener más herramientas y seguir contando al mundo entero sobre el maravilloso lugar de donde viene.

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