Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)
La pelea por el título mundial de los pesados entre Jack Dempsey y Luis Ángel Firpo, considerada la primera «pelea del siglo» y llevada a cabo en el Polo Grounds de la ciudad de Nueva York el 14 de septiembre de 1923 es el epítome de lo que puede denominar «un verdadero afano».
Pero esta pelea, una de las más famosas –si no la más famosa– de la historia del boxeo, no es nada más que una anécdota en la vida de uno de sus protagonistas. Una persona de origen humilde que a fuerza de voluntad logró convertirse en una figura pública admirada por humildes y poderosos. Es cierto, podría estar hablando de cualquiera de los dos.
Un chico del campo
Luis Ángel (de él hablamos) fue el segundo de los cuatro hijos que Agustín y Ángela Larroza tuvieron cuando vivían en Bragado, la localidad ubicada en el centro – noroeste de la provincia de Buenos Aires, corazón de la estepa pampeana. Ángela murió poco después de parir a su cuarto vástago y Agustín terminó mudándose a la ciudad de Buenos Aires.

En la Capital Federal, el futuro «Toro Salvaje de las Pampas» se desempeñó en diversos empleos, desde mozo de restaurante a operario de la Unión Telefónica. También se hizo hincha de San Lorenzo de Almagro, frecuentando la vieja cancha de Avenida La Plata, que aún no se llamaba «El Gasómetro».
Firpo era un tipo enorme, de casi 1,90 y unos cien kilos de peso. En una ocasión quisieron asaltarlo tres sujetos. Dos terminaron noqueados y el tercero corriendo. Por ese entonces trabajaba en una fábrica de ladrillos refractarios y su dueño (de la fábrica) decidió instarlo a que practicara boxeo, otorgándole facilidades laborales e incluso apoyo económico. El dueño era Félix Bunge (sí, de esos Bunge), que también era un distinguido coleccionista de arte folklórico, objetos de época, piezas arqueológicas y todo aquello que su porción de la fortuna familiar le permitiera adquirir.
A las piñas
Rápidamente, por su envergadura física y su espíritu combativo, Firpo se destacó en el profesionalismo, ámbito en el que debutó el 10 de diciembre de 1917 enfrentando al australiano Frank Hagney, quien años más tarde se convertiría en actor y aparecería en más de 350 películas y casi un centenar de series televisivas entre 1919 y 1966.
A la pelea con Dempsey llegó con 30 peleas oficiales, de las cuales ganó 27. Con respecto al rob… polémico triunfo del norteamericano ya hemos escrito algo en Alta Gracia Noticias (https://www.altagracianoticias.com/a-un-siglo-de-la-primera-pelea-del-siglo/), así que evitaremos abundar sobre el tema.

Tan solo recordaremos las palabras con que Julio Cortázar determinaba que aquel día había comenzado la agonía del boxeo: «Fue nuestra noche triste; yo, con mis nueve años, lloré abrazado a mi tío y a varios vecinos ultrajados en su fibra patria. Después la radio se perfeccionó rápidamente, aparecieron los altavoces, las lámparas, y esas palabras que eran la magia de mi infancia, superheterodino, salida en pushpull. Y al propio tiempo el noble arte llegó a su último decenio de grandeza con Gene Tunney, Tony Canzoneri, entre nosotros con Julio Mocoroa y Justo Suárez, para entrar en una decadencia que aún daría a Joe Louis, a Kid Gavilán, al casi mítico Henry Armstrong, y la flor final donde la más perfecta conciliación del arte y la ciencia se llamó Ray Sugar Robinson. El resto fue y sigue siendo entropía».
Inversiones seguras
Después de la epopeya neoyorquina, que duró menos de dos rounds, siguió peleando por algo más de una década. Lapso en el que realizó unas quince peleas más. Pero por entonces el boxeo había dejado de ser su actividad principal. En los tiempos en los que trabajaba en la empresa de Félix Bunge, su empleador lo invitaba a jornadas en su quinta para «tirar guantes» con sus amigos. Y los amigos de su amigo eran, también, gente de alta alcurnia porteña.

Esos amigos lo guiaron a la hora de invertir el dinero que iba obteniendo en sus peleas. Su creciente fama a nivel nacional y sus extensas giras por América del Norte redundaron en cada vez mejores bolsas y, a diferencia de muchas grandes figuras del boxeo, Firpo no se la patinó en autos lujosos, mujeres hermosas y fiestas interminables.
Puede decirse que Firpo se anticipó algunas décadas a Ringo Starr en aquello de «Me las arreglo con un poco de ayuda de mis amigos / Llegaré alto con un poco de ayuda de mis amigos / Voy a intentarlo con un poco de ayuda de mis amigos», porque siguiendo los consejos de las amistades que el boxeo le dio fue invirtiendo en campos en la provincia de Buenos Aires.
Cuando aún fatigaba gimnasios, bolsas de arena y rings, se fue vinculando con el mundo agropecuario y pasó a desempeñarse como estanciero y hombre de negocios rurales. La Argentina de las décadas de 1920 y 1930 todavía estaba profundamente estructurada alrededor del modelo agroexportador, y poseer campos era una de las formas más prestigiosas y seguras de consolidación económica. Firpo entendió esa lógica y se volcó al campo con una dedicación notable.
Bajo perfil
No fue un terrateniente de abolengo ni un aristócrata rural al estilo tradicional. Más bien representaba al hombre que llegaba desde abajo y lograba ingresar al universo de los propietarios gracias a un esfuerzo singular y un golpe de fortuna deportiva. Ese ascenso social tuvo enorme resonancia simbólica. En cierto modo, Firpo encarnó una narrativa típicamente argentina: la del muchacho humilde que mediante el sacrificio y el coraje conquista una posición socioeconómica respetable.

Se interesó por la cría bovina y por las actividades rurales con una seriedad que sorprendía a quienes esperaban verlo únicamente como celebridad deportiva. Muchas personas que lo trataron en esa etapa de su vida lo describían como alguien reservado. Más interesado en los asuntos del campo que en revivir sus días de gloria pugilística. Aunque nunca dejó de ser «el Toro Salvaje de las Pampas», la exposición pública solía ponerlo incómodo.
Cultivó con devoción el bajo perfil. La soledad de la pampa húmeda con sus horizontes infinitos le apetecía mucho más que las luces de la calle Corrientes. Prefería un asado con sus peones a una cena en el Alvear Palace.
Sin embargo continuó siendo una figura pública de primer nivel. Cada vez que se dejaba ver en la gran ciudad, los flashes, los reportajes y los pedidos de autógrafos se sucedían sin parar. Durante décadas, cualquier aparición pública de Firpo despertaba atención. Era convocado a homenajes, eventos deportivos, ceremonias y entrevistas.

¡Lito, tocá La Balsa!
Con los años llegó a ponerse incómodo ante las constantes referencias a su combate con Dempsey. Años después asumiría posturas similares artistas como Lito Nebbia o Luis Alberto Spinetta, que se negaban rotundamente a tocar «La balsa» y «Muchacha, ojos de papel» respectivamente.
Al contrario de lo que ocurre habitualmente, es uno de los pocos casos en el que un deportista no tuvo que ser campeón mundial para lograr el reconocimiento unánime. Figuras como Maradona o Messi tuvieron detractores cuando aún no habían levantado la copa mundial. Y después también.
Luis Ángel Firpo murió en 1960, cuando tenía 65 años. Frente a su tumba en el cementerio de La Recoleta se erige una estatua del boxeador, cuya figura exhibe –postrer homenaje– el cinturón de Campeón del Mundo que Dempsey le birló. En su homenaje y en recuerdo de aquella pelea, el 14 de septiembre se celebra el Día del Boxeador Argentino.




