Por Rosario Núñez. El café de especialidad del centro estaba ruidoso, invadido por ese caos hermoso que generan los chicos un sábado a la tarde. Elena miraba de reojo a su nieto, Mateo, de siete años, que devoraba un waffle con la cara pintada de chocolate. Sentado al frente, su nuevo mejor amigo del club, un nene de la misma edad, lo imitaba entre risas.
—¡Pará un poco, Bautista! Te vas a terminar empachando —escuchó Elena que decían desde la mesa de al lado.
Esa voz. No era la voz actual, áspera por los años, sino el eco de un tono que Elena guardaba en alguna cajonera de la memoria. Levantó la vista. La mujer que retaba al amigo de su nieto se acomodaba un saco de hilo. Tenía el pelo canoso cortado impecable, pero cuando giró la cabeza y la miró, los ojos la delataron. Eran dos chispas verdes, inconfundibles.
—¿Marta? —el nombre le salió a Elena del fondo del pecho, casi como un suspiro.
La otra mujer se congeló. Miró a Elena con fijeza, bajando los anteojos de leer hasta la punta de la nariz. Las arrugas de la boca se le transformaron, de golpe, en la sonrisa de la nena que corría por las calles de tierra cincuenta años atrás.
—¿Elenita? ¡No lo puedo creer!
El reencuentro no necesitó de grandes preámbulos. En un segundo, las dos abejas reinas de las travesuras de la infancia estaban abrazadas en el medio del café, ante la mirada desconcertada de Mateo y Bautista, que no entendían en qué momento sus abuelas se habían vuelto personajes del mismo cuento.
Hacía casi medio siglo que Marta se había ido a vivir al sur, cuando sus padres buscaron rumbo en la Patagonia. Al principio hubo cartas con letra prolija, después postales espaciadas y, finalmente, el silencio que impone la distancia cuando no existían las pantallas para acortarla. La vida pasó: los primeros novios, los casamientos, los hijos, los dolores y, ahora, los nietos. Marta había vuelto a la provincia hacía apenas un mes, buscando el calorcito de los pagos viejos para pasar el invierno de la vida.
Pidieron otra ronda de café, esta vez bien negro, para sentarse juntas. Los nenes, aburridos de la nostalgia de las grandes, volvieron a sus mundos de superhéroes y migas de chocolate.
—Miralos —dijo Marta, señalando a los chicos—. Son iguales a nosotras cuando nos trepábamos a la planta de higos de tu casa. Tienen la misma complicidad.
—Es increíble —respondió Elena, acariciando la taza caliente.
Pasamos décadas sin saber la una de la otra, y resulta que la sangre o el destino nos terminó juntando en la misma mesa, a través de ellos.
Hlaron de lo que quedó atrás y de lo que vendrá, con la comodidad de quienes se conocen desde que no tenían dientes. La tarde se fue vistiendo de noche y el café se vació, pero para Elena y Marta el tiempo se había detenido. Descubrieron que el hilo invisible de la verdadera amistad se puede estirar, enredar o cruzar el país entero, pero nunca se corta.
Al final, resulta que la infancia no era un lugar en el mapa, ni una época pasada. Era ese reflejo en los ojos de la otra, que seguía intacto, esperando un café para volver a brotar.




