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Crónicas al Voleo

La patada de Cantona y el racismo en el fútbol

La patada de Cantona y el racismo en el fútbol
Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)

El miércoles 25 de enero de 1995 fue un día gris, frío y con lluvias intermitentes en Londres. En el Selhurst Park Stadium, Crystal Palace recibía al campeón defensor, el Manchester United de Alex Ferguson (que todavía no era Sir) y que en esa temporada peleaba palmo a palmo con Blackburn Rovers.

Iban tres minutos del segundo tiempo. Richard Shaw, defensor del local, forcejeó una vez más con Eric Cantona y el delantero del Manchester United reaccionó de la peor manera, por lo que el árbitro decidió expulsarlo. Cuando el francés se retiraba hacia los vestuarios bajo una lluvia de insultos de los plateístas, ocurrió lo inesperado. Cantona ensayó una espectacular patada voladora propia del juego Mortal Combat y le clavó los tapones de su botín derecho en el pecho de uno de los espectadores.

El escándalo fue mayúsculo. Cantona debió afrontar un proceso judicial que le significó tener que cumplir 120 horas de trabajo comunitario para no terminar en prisión. Además fue sancionado por la Premier League con 9 meses de suspensión y una multa de 30 mil Libras Esterlinas.

Del lumpenaje a la mejor liga del mundo

Un poco de contexto. El fútbol inglés, hasta 1992, tenía una pésima imagen. Sus tribunas estaban a merced de los hooligans, el público era escaso, los campos de juego malísimos y el nivel del juego mediocre. Para dar solución a estos problemas y, fundamentalmente, hacer del fútbol un negocio lucrativo, se creó la Football Association Premier League. A partir de entonces se empezó a construir el campeonato que actualmente muchos consideran el mejor del mundo.

Una de las características de la Premier League fue la apertura para que los clubes fichen jugadores extranjeros, algo que hasta ese momento estaba bastante restringido. Esta apertura significó una evidente mejoría en el nivel futbolístico, pero también tuvo la indeseada consecuencia de poner en evidencia el racismo de una importante parte de la afición (o sea, la sociedad).

El United y el francés

Eric Cantona había llegado al Manchester United en 1993, luego de una temporada en el Leeds y rápidamente se convirtió en la herramienta fundamental para que el equipo del escocés Ferguson obtuviera una liga luego de un lustro de decepciones que empezaba a hacer murmurar a los hinchas. El marsellés pagó con goles y fútbol del bueno las esperanzas depositadas en él y finalmente los «Red Devils» se sacaron de encima una mufa de casi 30 años.

Pero además de ser un atacante tenaz con olfato goleador, mentalidad competitiva y un estilo de juego muy creativo, virtudes que llevaron a la afición a apodarlo «The King» y a convertirse en un verdadero ícono de la novel Premier League, también era un tipo con una personalidad difícil, que acumulaba en su historial varios conflictos con entrenadores, dirigentes y periodistas, como así también actos de indisciplina que le valieron diversas sanciones en casi todos los clubes por los que pasó.

En 1989, cuando jugaba en el Olympique de Marsella, se molestó cuando el entrenador Gérard Gili decidió sustituirlo en un amistoso, se quitó la camiseta y la tiró al suelo en medio del campo de juego. Lo suspendieron por un mes y lo cedieron al Girnodins de Burdeos hasta el final de la temporada.

Algunos meses antes, Henri Michel, entrenador del seleccionado francés, decidió no convocarlo para un partido contra Checoslovaquia. Indignado, Cantona le llamó «saco de mierda» y prometió que no volvería a jugar con Francia mientras Michel fuera el técnico.​ La Federación Francesa de Fútbol, escandalizada por esa declaración, lo excluyó de cualquier convocatoria hasta el 30 de junio de 1989.

Los insultos de Simmons

Volviendo a aquella fría tarde de enero de 1995 en el Selhurst Park, Eric Cantona fue víctima de una las tantas despreciables manifestaciones racistas que caían desde las gradas, ya en forma de insultos, ya como cáscaras de banana cuando se quería humillar a un futbolista negro. Cuando caminaba hacia el túnel, Matthew Simmons bajó a la carrera desde la parte superior de la platea para llegar al borde del campo de juego y gritarle al delantero «¡Francés de mierda, volvé a tu país», además de hacer controversiales apreciaciones sobre la madre del futbolista. Cantona lo midió y todos sabemos lo que pasó después.

Ya en tribunales se pudo conocer el pedigrí del tal Simmons. Pertenecía a organizaciones abiertamente racistas y filo nazis y tenía sobre el lomo algunos procesos por robos y agresiones a extranjeros. Tiempo después sostuvo que el hecho lo «arruinó» y que no insultó a Cantona. «Estaba yendo hacia el baño cuando lo vi acercarse –recordó en una entrevista años después–. No es una gran excusa, lo sé, pero a veces la verdad es la más simple de las cosas. Le dije cosas, sí, pero nada de ofensas criminales ni las cosas que se han dicho. ¿Qué le grité? Fue tan trivial que ni siquiera puedo recordarlo. No fue nada ofensivo o grosero, eso es seguro». Porque, como todos sabemos, nadie insulta nunca en la cancha.

La cuestión del racismo

Lo cierto es que el racismo es un problema global y, como tal, afecta al fútbol y su entorno. Según un informe de la periodista Ángela Castañeda para el diario El Español, en Inglaterra, se ha conocido ahora que hay 400 investigaciones abiertas por abuso racista contra entrenadores y futbolistas.

El incidente Cantona sirvió, de alguna manera, para visibilizar esa situación. La Premier League y sus principales sponsors iniciaron numerosas campañas publicitarias para denunciar y tratar de erradicar el racismo de los estadios. Curiosamente (o tal vez no tanto) Eric fue la imagen de varias de ellas.

Un problema de difícil solución

Sin embargo, con el paso del tiempo el problema no parece retraerse, sino más bien lo contrario. No solamente en Inglaterra. Los cánticos y actos racistas, xenófobos u homófobos son moneda corriente en prácticamente cualquier tribuna del mundo. Fundamentalmente porque no es una cuestión exclusiva del fútbol, es un cáncer de la sociedad. Por eso la lucha no debe cesar. Ya sabemos que el cáncer puede curarse también.

Mientras tanto, con el paso del tiempo, Eric Cantona –devenido en notable actor– no se muestra arrepentido por el hecho. «Me han insultado miles de veces y nunca he reaccionado, pero a veces eres frágil (…) Me arrepiento de algo: me hubiera encantado darle una patada aún más fuerte».

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