AGNoticias dialogó con Gabriela Perales, docente de educación rural, quien compartió su experiencia, los desafíos de enseñar en estos contextos y los vínculos que construyó con sus estudiantes y sus familias a lo largo de los años. // Ver reel.
Gabriela en la escuela rural un desafío que, con el paso de los años, terminó transformándose en una verdadera vocación. Las particularidades de la ruralidad, las historias de sus estudiantes y el vínculo construido con las familias marcaron una trayectoria atravesada por la empatía, el compromiso y la convicción de que enseñar también significa acompañar.
“De verdad que me enamoré de la ruralidad”, cuenta Gabriela al recordar sus primeros pasos en este ámbito de la educación. Para ella, trabajar en una escuela rural implica reconocer que los estudiantes crecen en contextos diferentes a los de las escuelas urbanas, con otras posibilidades de acceso y distintas experiencias.
Lejos de entender esas diferencias como mejores o peores, Gabriela aprendió a pensarlas como oportunidades para construir otras formas de enseñar.
“Esto demandaba un trabajo de mayor compromiso para poder brindar mayores posibilidades”, explica. Su objetivo fue que sus estudiantes pudieran acceder a experiencias educativas diversas, confiando en sus capacidades y generando espacios donde pudieran desarrollarse.
Para lograrlo, considera fundamental construir confianza. No solo con los chicos, sino también con sus familias y con la comunidad que rodea a la escuela.
Participar de las actividades de la comunidad, conocer sus costumbres y comprender su cultura fueron parte de ese proceso. “Sobre todo el respeto y la empatía”, resume al hablar de los vínculos que considera indispensables para enseñar en estos contextos.
Vínculos que quedan más allá del aula
Con los años, algunas de esas relaciones trascendieron las paredes de la escuela. Gabriela recuerda especialmente la historia de un estudiante que, durante un tiempo, atravesaba una situación familiar muy complicada.
Durante los fines de semana, el niño se quedaba en su casa y los lunes Gabriela y su familia lo llevaban nuevamente con su mamá. Aquella experiencia de ayuda y colaboración terminó convirtiéndose en un vínculo que permanece hasta hoy.
El chico actualmente cursa cuarto año de la secundaria y todavía comparte con Gabriela sus logros. Le manda fotografías de su libreta y, cuando puede, pasa a saludarla junto a su mamá. Pero no es el único recuerdo que guarda. También habla de exalumnos que se acercan, la reconocen y mantienen con ella una relación que nació durante sus primeros años en la escuela.
“Para muchos de ellos soy Gaby”, cuenta entre risas. Incluso algunos estudiantes que ya crecieron todavía la llaman “seño”, aunque ya no sea su docente. Para Gabriela, esos gestos tienen un significado especial: son la muestra de que, de alguna manera, dejó una huella en quienes acompañó durante sus primeros años de aprendizaje.
“Qué lindo, porque esto de sentir que uno ha dejado huellas, que uno ha sido parte importante de la vida de ellos en este proceso de aprender y, sobre todo, de crecer”, reflexiona.
Hacer de la escuela un lugar para ser feliz
Para Gabriela, la tarea docente no termina en transmitir contenidos. También implica generar un espacio donde los estudiantes puedan sentirse contenidos, disfrutar y construir vínculos.
“Que ellos puedan llegar al jardín y abstraerse de las realidades que viven en la familia”, explica. La escuela, sostiene, debería ofrecer un tiempo y un espacio para que los chicos puedan ser alumnos, aprender, jugar y vivir experiencias diferentes.
En ese sentido, habla de la importancia de generar “magia en la sala”: crear situaciones que despierten el interés tanto de los estudiantes como de los docentes y permitan construir conocimientos a partir de aquello que les gusta y les interesa. Y allí aparece otra de las particularidades de la escuela rural: los recursos disponibles.
No siempre existen los mismos materiales que en una escuela urbana, pero Gabriela asegura que las posibilidades también pueden encontrarse en elementos cotidianos. Tapitas de gaseosa, palitos recogidos del campo y otros objetos pueden convertirse en herramientas para aprender.
“Son experiencias que, la verdad, son lindas vivirlas, atravesarlas y poder después compartirlas”, sostiene.
Una ruralidad que también deja huellas
Después de tantos años, Gabriela mira hacia atrás y encuentra en la ruralidad mucho más que una experiencia laboral. Encontró una forma particular de entender la educación, de vincularse con las familias y de acompañar a sus estudiantes.
También encontró una comunidad que, según cuenta, la hizo sentir parte y la acompañó durante todo este recorrido. “Esta comunidad tantos años me ha abrazado, me ha cuidado, porque esto es mutuo”, expresa.
En el Día del Maestro, su historia pone en primer plano una manera de entender la docencia que va más allá del aula: enseñar desde el contexto, acompañar desde la empatía y confiar en las posibilidades de cada estudiante. Porque, para Gabriela, educar también es dejar una huella que puede permanecer muchos años después de que termina una clase.




