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Crónicas al Voleo

Familia de verdugos

De cuando Francia perdía la cabeza, y a los verdugos, si algo les sobraba, era trabajo.
Por Germán Tinti (para C{ónicas al Voleo?

Hasta hace menos de medio siglo, el de ser verdugos era un cargo público en Francia (bueno, lo es en todos los sitios donde se mantiene la vergüenza de la pena de muerte. Pero –se sabe– que todo lo que tiene que ver con Francia es más glamoroso). Cada ciudad o pueblo más o  menos importante, o con pretensiones de importancia, tenía su propio Verdugo.

Si bien esto de ser verdugos era un trabajo que gozaba de enorme descrédito social, hasta poco después de la Revolución de 1789 brindaba a quien lo detentaba un poder que muchas veces competía con el de otras autoridades comunales, incluido el mismo alcalde. Se les conocía como los “maîtres des hautes et basses oeuvres(maestros de altos y bajos trabajos). Y sus obligaciones incluían, además de ejecutar condenados a muerte, aplicar otros castigos públicos “menores” tales como azotes y mutilaciones; encargarse  de la gestión de letrinas y otras tareas insalubres. Pero también se encargaban de recaudar impuestos entre las clases marginales; podían regentear casas de juego y quedarse con un porcentaje de lo que se vendía en los mercados.

Charles-Henri Sanson, sinónimo de verdugo en Francia.
Estirpe de cortacuellos

Tal vez el verdugo más conocido de Francia haya sido Charles-Henri Sanson, cuarto en la dinastía familiar de verdugos oficiales de París.  Los Sanson fueron verdugos desde 1684, cuando su bisabuelo, Charles, antiguo oficial del ejército, se adjudicó algo que hoy podríamos definir como la concesión de las ejecuciones en la pena capital. Charles Charles-Henri tomó posesión de su cargo (que, como ya se podrá advertir a esta altura del relato, era hereditario) al principio del reinado de Luis XVI. Fue uno de los pocos funcionarios reales que conservó el puesto (y la vida) luego de la toma de la Bastilla.

Y es que con la revolución se activó el rubro y el trabajo empezó a sobrar. Tanto que durante “la Terreur” (el Terror) –el período que va de septiembre de 1793 hasta mediados de 1794 y “caracterizado por la brutal represión por parte de los revolucionarios mediante el recurso al terrorismo de Estado” según algunos historiadores– Sanson se dirigió a la Asamblea Nacional para reclamar que, en virtud de la importancia que había adquirido el oficio de verdugos, se terminara con el ostracismo a que habían sido sometidos los verdugos y sus familias.

El cuello de Su Majestad

El Grand Sanson, como se lo conocía en París, participó activamente en el desarrollo de la guillotina, sistema automático de decapitación que sería bautizado en dudoso honor de su principal impulsor, el cirujano Joseph-Ignace Guillotin. De hecho, fue el propio Samson quien encargó a un amigo, el fabricante de clavicordios alemán, Tobias Schmidt, construcción del primer aparato utilizado por los revolucionarios, que fue probado, de manera auspiciosa, en abril de 1792, primero con ovejas y luego con cadáveres, en el hospital de Bicêtre, en París. Fue también Charles-Henri la principal figura cuando, pocos días después de los ensayos, se procedió a ejecutar en la plaza de Grève (actual Place de l’Hôtel-de-Ville) al salteador de caminos Nicolas Jacques Pelletier.

Ejecución de Luis XVI, ,en París.

Además, el Grand Sanson se encargó de dejar caer la cuchilla que cortó el gañote de Luis XVI, el rey que había firmado su nombramiento y a quien había jurado lealtad. Habrá pensado que no era personal, solamente trabajo. Años después, Charles-Henri escribiría que “el ciudadano Luis Capet (Nota: ya no era rey y se usaba su apellido familiar) intentó dirigirse a la multitud, pero se lo impidieron, aunque fue capaz de exclamar ‘¡Pueblo, muero inocente!’. Entonces se giró hacia nosotros y nos dijo: ‘Señores, soy inocente de todo lo que se me acusa. Deseo que mi sangre pueda cimentar la felicidad de los franceses’”.

Robespierre pierde la cabeza

Sin embargo, no todas parecían ser rosas en el atareado momento que vivía nuestro verdugo de confianza. En 1794 lamentaba las pésimas condiciones económicas y laborales en que debía desenvolverse: “El verdugo de París emplea a siete asistentes, que no son demasiados en vista de la inmensa carga de trabajo, que se desarrolla día y noche, sin importar la meteorología y sin un solo día de descanso”.

Ese mismo año, en un multitudinario acto llevado a cabo en la plaza de la Revolución (hoy Place de la Concorde) procedió a cortarle el cogote a Maximilien Robespierre “El Incorruptible” uno de los líderes más radicales de la revolución, impulsor de la Terreur (etapa en la que se ejecutaron a 16.000 personas en los pocos meses que duró) y entusiasta proveedor de “candidatos” al cadalso.

Bueno, como que a Robespierre le dieron de tomar su propia medicina.

Un año después, y con casi 3.000 cabezas echadas a rodar, Charles-Henri Sanson se acogió a los beneficios de la jubilación. Fue tras casi 20 años de sacrificados servicios al Estado Francés. Como quedó dicho, el puesto era hereditario (como en algunas empresas públicas) y fue asumido por su hijo, que desempeñó el cargo por 45 años. Aunque sin la excesiva carga laboral que tuvo que afrontar su padre. La tradición familiar se extiende hasta Henri-Clement, nieto de Charles-Henri, quien terminaría abandonando el oficio.

Un horror que se mantiene

La Revolución Francesa popularizó la guillotina en toda Europa y su utilización fue desapareciendo con la abolición progresiva de la pena de muerte en el viejo continente. En Suecia, la guillotina dejó de ser utilizada en 1910, en Bélgica en 1918; República Federal de Alemania la abandonó en 1949 y en la República Democrática de Alemania en 1969. En 1939 se realizó en París la última ejecución pública cuando la cuchilla seccionó el cuello de Eugen Weidmann, un alemán condenado por asesinato. Sin embargo, la pena capital continuó vigente en el país galo y recién en 1977 se utilizó por última vez la guillotina; esta vez sobre el cogote de Hamida Djandoubi, declarado culpable de haber secuestrado, torturado y asesinado a una mujer. La pena de muerte fue abolida por François Mitterrand recién en 1981.

François Mitterrand abolió la pena de muerte en Francia en 1981

Si bien es una práctica en retroceso, se continúa aplicando en numerosos países. Para Amnistía Internacional se trata de un castigo aberrante e inhumano, y no existen pruebas convincentes de que sea más eficaz que las penas de prisión. La mayoría de los países así lo han reconocido y las ejecuciones continúan disminuyendo en todo el mundo.

En la actualidad sólo 20 países son responsables de todas las ejecuciones conocidas que se llevaron a cabo en el mundo durante 2019. China, Irán, Arabia Saudí, Irak y Egipto fue donde se produjeron el porcentaje más alto de las más de 2.000 muertes decididas por sentencia judicial.

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