Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)
A Enrique de Castro González lo conocían, en sus tiempos de goleador, como Quini. Despuntó su carrera profesional en el Sporting de Gijón y fue estrella del Fútbol Club Barcelona. Integró el seleccionado español en los mundiales de 1978 y 1982.
En 1980, el asturiano pasó del Sporting Gijón al «blaugrana» en la –para entonces– nada despreciable cifra de 82 millones de pesetas (aunque al cambio actual solamente representan unos dos millones de Euros). De este modo pasó a integrar una plantilla integrada por figuras como Bernard Schuster, Has Krankl, Allan Simonsen y Francisco José «Loboo» Carrasco. El histórico László Kubala condujo al plantel en el inicio de la temporada.
La campaña de Quini en el Barça venía fantástica. La afición disfrutaba a uno de los más importantes goleadores de las últimas épocas del fútbol español. Era todo risas hasta aquel domingo 1 de marzo de 1981. Para ese entonces, el argentino Helenio Herrera había sustituido a Kubala en el banquillo y ese día trituraron por 6 a 0 al Hércules con un doblete de Quini.

Encuentro en la gasolinera
Luego del encuentro, el goleador se dirigió al aeropuerto El Prat para recibir a su familia que regresaba de Gijón. En el camino se detuvo en una gasolinera de Les Corts a cargar combustible y entonces empezó la aventura.
Mientras repostaba, el futbolista fue abordado por dos jóvenes, uno de los cuales portaba un arma, y lo «invitaron» a volver a subir a su coche. Tras un breve trayecto se detuvieron frente al Mercado de Les Corts y allí pasaron a una furgoneta DKW que los venía siguiendo al mando de un tercer secuestrador.
Inmediatamente los cuatro, secuestradores y secuestrado (que había sido prolijamente encapuchado y encerrado en una caja de madera en la parte trasera de la furgoneta), dejaron la ciudad condal. Y recorrieron más de 300 kilómetros hasta llegar a Zaragoza. Mientras tanto, en Barcelona, Mari Nieves Fernández, la esposa del jugador, extrañada de que no la hubiera recibido en el aeropuerto, comenzaba a desesperarse porque las horas pasaban y no había noticias de su marido.
El primer llamado
Cuando la desaparición del futbolista fue denunciada hubo sorpresa en la comisaría, porque por ese entonces ni ETA, ni el GRAPO (Grupo de Resistencia Antifacista Primero de Octubre) ni la ultraderecha franquista utilizaban el secuestro como modo de propaganda o intimidación. Por lo demás, nadie pensó en ningún momento que Quini estaría viviendo una aventura amorosa. Era un probado hombre de familia y actitudes de ese tipo le eran completamente ajenas.

Recién 24 horas después del secuestro uno de los perpetradores se comunicó con Mari Nieves para hacerle conocer sus exigencias. Lo primero que surgió de la conversación, que estaba siendo monitoreada por la policía, es que los tipos eran amateurs. De indisimulable acento asturiano, el secuestrador no mostró ninguna intención de que la conversación fuera corta, lo que facilitaba rastrear la llamada.
No obstante, el interlocutor de Mari Nieves dejó órdenes precisas para que se dirigiera a una cabina telefónica de la zona de Hospitalet, donde encontraron una nota escrita por el propio Quini en la que aclaraba que estaba bien y que debían entregar 70 millones de pesetas para liberarlo (casi el mismo monto que el Barcelona había pagado por su fichaje).
Tres desocupados
La policía catalana (los famosos Mozos de Escuadra) no necesitó más que esta comunicación para advertir que el secuestro no era, ni de lejos, trabajo de profesionales. Y vaya si estaban en lo cierto. Víctor Manuel Díaz Esteban, Eduardo Sendino y Fernando Martín Pellejero eran tres «parados» (así le dicen a los desocupados en España). Tres más dentro del 13,5 % de la población que no tenía trabajo en la Madre Patria en aquellos turbulentos años de la Transición post franquista. Casi el doble de lo que soporta en la actualidad Argentina, lo que no es poco ni mucho menos.
«El interlocutor de los secuestradores llamaba todos los días a la misma hora y se tiraba hasta 20 minutos hablando –recordaría tiempo después uno de los policías que estuvo a cargo de la investigación– era de chiste gordo. Hasta tal punto que, pensando que llamaba desde Barcelona, se organizó un comando ‘anticabina’ día y noche. Consistía en que el momento en que se registraba una llamada, todas las cabinas de Barcelona se abordaban, en moto, en coche o a pie. Un día llegamos a coger a un pringao que estaba hablando en ese momento con la mujer de ‘Quini, haciéndose pasar por el secuestrador».
El hecho provocó una especie de sicosis colectiva en el plantel del Barcelona. El danés Allan Simonsen se fue a Dinamarca con toda su familia, en tanto que el argentino Rafael Zuviría afirmaba que si pretendían secuestrarlo a él los recibiría con una escopeta cargada. Como era previsible, la campaña del blaugrana entró en un tobogán.
Lima nueva
La policía tomó una decisión tan llamativa como absurda. Publicó una nota en la que pedía a la población que aportara cualquier dato que pudiera llevar a detener a los secuestradores. Los resultados, como puede anticipar cualquiera que haya visto más de tres películas policiales, fueron desastrosos. Desde entonces un gran número de efectivos debió perder tiempo valiosísimo siguiendo pistas imposibles.
Al mismo tiempo, el portavoz de los secuestradores continuaba con sus largas conversaciones con la esposa del secuestrado. En ellas el secuestrador instaba a que se apurara el pago del rescate porque –según sus palabras– Quini comía como una lima y se les estaba descalabrando el presupuesto. Incluso, en una oportunidad, le pidió a Mari Nieves que ella propusiera un modo de pago del rescate.
En el interín, el monto había aumentado a 100 millones de Pesetas y con esa cifra se acordó el primer intento de pago del rescate. De acuerdo al plan, el defensor biscaino Alexanko debería hacer una especie de búsqueda del tesoro con el dinero. Los secuestradores dejaban notas en distintos lugares en los que indicaban adonde debería dirigirse en el tramo siguiente. Pero todo se desmoronó cuando el jugador supo que debía cruzar a Francia, donde la policía española no podía actuar. Con toda lógica se negó argumentando que si los policías galos lo encontraban con todo ese dinero lo detendrían inmediatamente.

Una cuenta en Suiza
Finalmente la esposa de Quini, con asesoramiento de la policía, sugirió que el dinero se depositaría en una cuenta bancaria suiza. Con la colaboración de las autoridades helvéticas, se ingresó el dinero en una cuenta especial y hasta allí llegó Fernando Pellejero, que retiró la guita y fue detenido apenas puso un pie en la vereda del banco.
No aguantó mucho el detenido y más temprano que tarde indicó el lugar donde Quini permanecía encerrado. Fue cuestión de horas para que la policía derribara la puerta y lograra liberar al futbolista, que permanecía encerrado en un sótano. Habían pasado 24 días desde que fue raptado en una estación de servicio.
Los secuestradores fueron condenados a 10 años de prisión, aun cuando Quini los perdonó y renunció a la indemnización de cinco millones de Pesetas que le concedió el tribunal. Por su parte, el Barcelona pidió un resarcimiento de 25 millones, pero le fue negado. Y finalmente, no pudo revertir la mala campaña que realizó mientras su estrella permanecía cautiva y finalmente los vascos del Real Sociedad se quedaron con la Liga.




