Lo conocí sentada en La Florida, ahí mismo, en la Avenida Belgrano. Entraba todos los días a comprar un café con leche (siempre bajo la aclaración de: más leche que café) y dos medialunas.
Con mis compañeras del colegio íbamos para matar el tiempo entre un módulo y otro. Era nuestro acto de rebeldía gastar plata en el centro. Empezamos a sentarnos en ese café que siempre nos había parecido de viejos. Las primeras veces que lo vi, él no se daba ni media vuelta hacia donde estábamos. Claro que no: éramos unas adolescentes que se largaban a reír a carcajadas y a gritar a las siete de la mañana.
En cambio, él ya iba de traje y zapatos (debo admitir que siempre noté lo grande que le quedaban ese saco y esos zapatos, y también la ternura que me generaba). También con un Marlboro en la mano y un tono de voz tan imponente y con tanta presencia que, en cualquier parte del café en la que estuvieras, ibas a saber qué se había pedido: un café con leche, con más leche que café, y dos medialunas.
Mis amigas siempre me dijeron que, cuando yo no miraba y me acomodaba las medias del colegio que se me caían, él me estaba mirando y riéndose de lo torpe que era. Como yo no lo veía, y mi mamá siempre me decía: “Nena, si los chicos no te hablan, vos ni los mires”. Yo seguía lo que ella me decía al pie de la letra. Y así estuve, enamorándome todos los días de un chico del que solo sabía cómo le gustaba el café, que estudiaba abogacía, que dejaba propina y que siempre, pero siempre, decía: por favor, gracias y hasta luego.
Un miércoles a las 09:30 entró como un rayo, pidió café negro con un criollo de hojaldre y no dijo “por favor”. Ese día yo tenía que hacer algo. ¿Qué había pasado en la vida de este extraño? ¿Por qué no pidió el café de siempre? ¿Por qué eligió otra cosa para comer y no dijo “por favor”?
Respiré hondo y me levanté. Fui rápido, casi sin pensar, le toqué el hombro y le dije:
—Vos sos muy maleducado. Bety se levanta a las 6:00 de la mañana para venir a trabajar, te hace un café y vos no le pedís ni por favor. ¿Quién te creés que sos, pibe?
El resto es historia. Ustedes están leyendo esto por culpa de (él va a decir “por culpa”, pero yo prefiero decir “gracias a”) que yo, su abuela fui a retar a su abuelo.
No me acuerdo cómo pasaron estos últimos 50 años tan rápido. Hay muchas cosas de las que ya no me acuerdo, y su abuelo se va a poner triste, va a llorar, se va a angustiar y va a tratar de que me acuerde de él, incluso cuando ya no tenga las fuerzas para hacerlo. Pero ustedes le van a mostrar esta carta que les voy a pasar por debajo de la mesa (si es que me acuerdo, ja), para que él se ponga contento de que nuestra historia de amor me la acuerdo igual que siempre.
«Aunque de a poco no pueda hacerte bien ni el café, ni sepa cuántas medialunas vas a querer, no llores, amor mío. Acordate de los últimos 50 años, de las últimas miles y miles de mañanas y tardes en las que tu café (con más leche que café) y tus medialunas estuvieron arriba de la mesa.»
Te ama, aunque se le olvide,
tu Ana.




