Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)
Robert Larrimore “Bobby” Riggs era un adolescente aplicado, responsable y enfocado. Nacido el 25 de febrero de 1918 en Lincoln Heights, el barrio más antiguo de Los Ángeles. Era el sexto hijo del matrimonio de Agnes Jones y Gideon Wright Riggs, el líder de la Iglesia de Cristo de la zona. Comenzó a jugar al tenis en la escuela primaria y, sin tener un físico atlético, se destacó por su velocidad y por la facilidad para adaptar su juego a las características de su rival.
«No era muy alto y no tenía mucha fuerza. Y el tenis era un deporte que no te penalizaba mucho por tus características físicas. Lo elegí porque de lo que se trataba era de ser ágil, tener buenos reflejos, adquirir buena técnica y ser mejor estratega que el rival» explicaba Bobby en sus memorias.

En 1936 debutó en el Grand Slam de Forrest Hills, ocasión en la que llegó hasta la cuarta ronda. Un año después fue eliminado en semifinales y al siguiente se quedó en octavos de final. En el interín integró como singlista el equipo que ganó la Copa Davis de 1938 y el que fue subcampeón en 1939. Durante esos tres años ganó 38 torneos en los Estados Unidos y estaba listo para cruzar el Atlántico y lanzarse a la conquista de Europa.
Pero había otra persona que tenía la misma idea (eso de conquistar Europa) y se le adelantó. El 1 de septiembre Hitler ordenó bombardear Danzing y dar por iniciada la Segunda Guerra Mundial. Antes de ello, Riggs había tenido tiempo de llegar a la final de Roland Garros y salir campeón en Wimbledon.
Ludópata y machista
En el tradicional torneo inglés descubrió otra cosa importante: apostando podía multiplicar varias veces el premio que otorgaba el torneo. Bobby Riggs apostó por sí mismo y a las 150 libras del premio mayor, le agregó U$S 100.000 que obtuvo en la timba.
Al tiempo que seguía ganando torneos en los courts y efectivo en las apuestas (se convirtió en un profesional, prácticamente no hacía nada sin que medie una apuesta. Lo que en algunos círculos se conoce como ludópata), fue haciendo explícito su machismo, algo que por la época estaba naturalizado y, lejos de provocar indignación generalizada y condena social, era comúnmente aceptado e inclusive alentado y celebrado (o sea, un poco como ahora).
Tenista y luchadora
Billie Jean Moffitt también había nacido en California, pero en Long Beach (en lo que podría llamarse el “Gran Los Ángeles”), en el seno de una familia de deportistas. Su padre, Bill Moffitt jugaba al básquet y había rechazado una propuesta para jugar en la NBA para seguir con su oficio de bombero (eran otras épocas, eso está claro). Su madre, Betty, era nadadora aficionada con destacada participación en torneos amateur locales. Y Randy, su hermano, sobresalió como lanzador en las ligas mayores de béisbol.

Con 11 años, y luego de probar suerte con el softbol, Billie Jean comenzó a practicar tenis en las canchas públicas de Long Beach y se destacó rápidamente. A punto tal que con 18 años, junto a Karen Hantze Susman ganaron los dobles de Wimbledon y se convirtieron en la pareja más joven de la historia en llevarse el título del abierto británico.
Conjuntamente con su ascendente carrera profesional, Billie Jean comenzó a militar en movimientos por los derechos de la mujer. La década de 1960 fue rica en estos movimientos y las minorías y sectores sociales segregados comenzaron a hacer oír su voz con el apoyo de figuras públicas.
En 1965 se casó con el abogado Larry King (sin ningún parentesco con el famoso presentador de televisión) y adoptó su apellido, con el que fue (es) mundialmente conocida. Su palmarés, para la época, es impresionante. Ganó 6 veces Wimbledon y 4 el US Open.
El regreso del imbécil
Para 1973, Riggs (que ya tenía 55 años y se había retirado hacía un buen tiempo) decidió volver a la actividad en forma de imbécil. Defensor del arcaico mandato que sostiene que las mujeres deben quedarse en la casa criando niños y cocinando, comenzó a desafiar a las principales figuras del tenis femenino de la época.
El 13 de mayo de ese año jugó con la reconocida tenista australiana Margaret Court en lo que él mismo bautizó «la masacre del Día de la Madre». A pesar de su experticia, Court no logró quebrar a Riggs y perdió 6-2 y 6-1 en un partido desconsolador.
Envalentonado, Bobby quería más: necesitaba otra mujer a quien humillar para demostrar de una vez por todas que «no hay manera de que una mujer le gane justamente a un hombre», y quién mejor que la combativa Billie Jean King, que por ese entonces estaba enfrascada en combatir la desigualdad en los premios que se le pagaban a hombres y mujeres en el tenis profesional. «Si quieren cobrar igual que los hombres, que demuestren que se lo merecen» había dicho Riggs y Billie Jean recogió el guante. Nacía “La Batalla de los Sexos”.
El partido del siglo
El partido se jugó en el Astrodome de Houston, Texas, el 20 de septiembre de 1973 ante más de 30 mil espectadores y una teleaudiencia de casi 150 millones en todo el mundo. El premio para el ganador: U$S 100.000. Para el perdedor, solamente el escarnio.
En medio de una puesta en escena más propia de Las Vegas que de los generalmente adustos courts de tenis. Billie Jean ingresó a la cancha caracterizada como Cleopatra, cargada por pibes musculosos. Riggs lo hizo flanqueado por numerosas «fat bottomed girls» –Freddie Mercury dixit–. El show business es sexista y misógino y con los ánimos bien calientes por todas las declaraciones que se habían vertido en la prensa en las semanas anteriores. Se disputó mucho más que un partido de tenis. Eran dos formas de entender el mundo y la vida las que chocaban con una red de poco menos de un metro de alto en el medio.


Inclusive, minutos antes del comienzo, King se enteró que el comentarista del partido sería Jack Kramer, un machista que podía resultar casi peor que Bobby. Su indignación fue tal que amenazó a ABC, el canal que transmitiría la Batalla de los Sexos. «Kramer no cree en el tenis femenino. ¿Por qué habría de hacer parte de este partido? Si no cree en la mitad de él. O se va él o me voy yo», dijo tajante. Se fue Kramer, obvio (el show business puede –además de codicioso– cagón).

Pero vamos al partido
El partido comenzó favorable para Riggs, que rápidamente le quebró el saque a King y se puso 3-2 en el primer set. En ese momento, Billie Jean recordó que Bob había dicho pocos días atrás que su victoria (la de Riggs) podría «frenar por lo menos 20 años el movimiento de liberación femenina». Había demasiado en juego. «Sentí que tenía el peso del mundo sobre mis hombros. Pensé que si perdía podríamos retroceder 50 años, habría arruinado todo lo recorrido y afectado la autoestima de todas las mujeres», afirmó después King.
No vamos a comentar aquí un partido de tenis que se jugó hace más de medio siglo. Diremos, eso sí, que Billie Jean le ganó a Bobby en tres sets. Pero no sólo derrumbó el ego de un ludópata egocéntrico. Atestó un duro golpe a una mentalidad agrietada por la creciente lucha de los movimientos feministas. Forzó a que muchos cambiaran su mirada, su actitud, su forma de pensar.
Una lucha que continúa
Después de la epopeya del Astrodome, Billie Jean rechazó otros desafíos y continuó jugando en el circuito profesional durante 10 años más. Mientras, aumentaba su compromiso con distintos movimientos por los derechos civiles.

Un dato llamativo: en 1993 Bobby y Billie Jean jugaron juntos un doble de tenis contra Elton John y Martina Navratilova en un partido de beneficencia. Y es que hasta la muerte de Riggs, el 25 de octubre de 1995, mantuvieron una buena amistad. Amistad unida por el gusto por la excelencia y el amor por el tenis.
Pero más allá de lo anecdótico, nos queda Billie Jean y su lucha, que continúa –mejorada y aumentada– por estos días, cuando tal vez sea más necesaria que nunca.




