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…Y le decían «Tarro ´e Grasa»

José Mario Escudero, "Tarro é Grasa". Capitán y símbolo de la mejor época de Sportivo Alta Gracia.

Le decían Tarro ´e Grasa, fue capitán y leyenda en los años dorados dorados de Sportivo Alta Gracia.

Del archivo de notas aparecidas en «Cosas Nuestras», traemos el relato de la vida y la épica futbolera de «Tarro ´e Grasa» Escudero.

Bigotes gruesos, peinado a la gomina, mirada recia. De no ser porque su estatura no era la de un back central por definición, todo hacía indicar que pasar cerca suyo, con la pelota en los pies, era cuando menos peligroso para el físico.

No era un mal tipo, al contrario. Era recto pero bonachón. Pero claro, eso no tenían por qué saberlo los rivales de turno que se aventuraban en inmediaciones del área sportivista.

De José Mario Escudero estamos hablando; histórico defensor de Sportivo Alta Gracia en tiempos en que el aurinegro, cada sábado se las veía cara a cara con los más conspicuos representantes del fútbol de los barrios de la Liga Cordobesa.

Hombre de una sola camiseta, nunca quiso dejar la de Sportivo, por más que lo tentaran de otros clubes. Escudero empezó y terminó su carrera en el club de las vías, y allí dejó su impronta siendo jugador, hincha, capitán y leyenda.

Mecánico de alma

Mecánico de profesión, supo forjar su vida a puro sacrificio, sin mezquinarle nunca al trabajo y sabiendo que si era el hombre de la casa para ser respetado, él debía ganarse ese respeto todos los días. Por aquello de los derechos y las obligaciones que por entonces estaba tan arraigado y que hoy por desgracia pasó casi a ser historia antigua.

Esposo de una y padre de siete. Hombre de mate amargo y rondas de amigos en una casa donde cada amigo pasaba sin anunciarse.

Por aquellos años, jugar al fútbol era un pasatiempo que se abrazaba por puro amor a la camiseta, sin mezquindades ni intereses económicos. Jugar en Sportivo era tener el orgullo de representar a Alta Gracia frente a los “carteludos” de Córdoba . Y no era poca cosa, créame.

El eterno mameluco lo acompañó siempre dentro y fuera del taller. Solo se lo quitaba para calzarse la camiseta del club que lo adoptó como ídolo y lo bautizó para siempre como “El Tarro ´e Grasa” Escudero.

La historia de Tarro ´e Grasa nos fue contada por sus hijos.
Sus primeros años

José Mario Escudero nació el 6 de junio de 1921, y buena parte de su vida, la vivió en la parte alta del barrio Cafferata, allá en la casa de calle Reconquista 586. Allí creció, allí crió a sus hijos y allí encontró la muerte, a los 64 años. Pero entre uno y otro extremo del hilo de la vida de José Mario Escudero, hubo mucho que merece ser contado.

Su madre biológica se llamó Ema Escudero. Muy joven, soltera, quedó embarazada, con todo lo que ello significaba en un pueblo allá por la década de 1920. Conclusión: apenas nació José Mario, fue dado en crianza a una joven mujer de alcurnia, cuya vida es en sí misma, merece una historia aparte.

La Abuela Niña

A Escudero, como dijimos, lo crio una mamá del corazón, tuvo una madre de crianza que se llamó Jacinta Marcelina del Sagrado Corazón de Jesús Pizarro Moyano. Ella fue a quien José Pablo Escudero reconoció y amó como madre. Para toda la familia siempre fue la “Abuela Niña”. Y no era que le dijeran Niña de sobrenombre, sino que era niña, era casta cuando le entregaron el bebé que terminó criando.

Cuentan que la Abuela Niña era una de diecisiete hermanos, que vivió hasta los 105 años y que el propio Escudero fue quien le sacó la única foto que hoy da fe de su existencia, ya que nunca fue anotada. Ella misma contaba que era moza cuando se creó el Registro Civil.

La Abuela Niña, madre del corazón de José Mario Escudero.

La Abuela Niña era de la familia Moyano Pizarro, de Córdoba y dueños originales de las grandes extensiones de olivares que hubo hace años junto a la ruta 5. Entre los 17 hermanos nunca pudieron ponerse de acuerdo y se terminaron perdiendo…

Crecer, amar, formar familia

José Pablo Escudero conoció al amor de su vida en el centro. El trabajaba en la vinería de Don Bernabé Rodríguez, que estaba en la esquina de lo que hoy es el restaurante Los Extremeños. Ella, Pura Guilda Ramallo, vivía y hacía sus labores de costura y modista junto a su madre y hermanas en una vieja casa de calle Urquiza, pasando la Hostería Reina. De tan cerca terminaron amigos, novios y un 17 de diciembre de 1948 se terminaron casando.

Tuvieron siete hijos: Mario Oscar, Ana María, María Inés, Marcos Ricardo, Norma Aidé, Raúl Alberto y María Elena.

Evidentemente, eran tiempos en que la ausencia de televisión hacía que los ratos se llenaran con amor…

Las cuatro (tres) Marías

La historia la cuentan sus propias hijas, que con el paso del tiempo, la toman como una anécdota risueña. Resulta que Pura Guilda había decidido que todas sus hijas mujeres debían llevar el nombre María. Pero… y acá la anécdota. Resulta que el amigo Escudero andaba debiendo favores, o había quedado prendado. Cuando nació su tercera hija mujer, la anotó como Norma Aidé. Las malas lenguas dicen que Norma se llamaba una novia que había tenidos por aquellos tiempos. Los memoriosos de la casa recuerdan que cuando llegó, Doña Pura le dijo de todo, y que hasta sus últimos días le recordó la “traición”.

Pero bueno… el amigo Escudero se había tomado un permitido, aún a riesgo del reto permanente.

Formación histórica de Sportivo Alta Gracia, con Escudero en sus filas.
El tarro y los tarritos

Esta nota fue lograda gracias a los testimonios de sus hijas Norma y María Elena, y de su hijo Marcos. Ellos, orgullosos de su herencia, no tienen más que palabras elogiosas para su padre. “Como padre fue muy bueno, nunca dejó que nada nos faltara, y muy correcto. Recto, y muy bueno”, dice Norma.

Asumen el apodo que lo acompañó buena parte de su vida como algo incorporado a la personalidad de Escudero y se ríen contando la anécdota de cuando el inefable Gilfredo Parisi  un día los paró por la calle y les dijo: “¡Ustedes son Escudero! Entonces… si su papá es el Tarro ´e Grasa, ustedes son los tarritos y las latitas!”. Evidentemente, el apodo de José Mario Escudero había trascendido por lejos su propio apellido.

Así, la leyenda de “Tarro e Grasa” sigue viva con el paso del tiempo.

El campo y la ciudad

José Mario Escudero fue mecánico de alma y profesión. Su primer trabajo fue en la estancia de los Rapari, allá en Anisacate, camino a La Quintana. Allí realizaba trabajos de mantenimiento y arreglo de los vehículos y maquinarias del lugar. Lo suyo siempre fue eso, la mecánica.

Allí vivía junto a su familia. “Nosotros éramos chicos en los tiempos de la estancia pero eso no impedía que cada uno tuviera sus funciones. A las tres y media o cuatro de la mañana había que levantarse a hacer el tambo, hiciera frío, calor o lloviera. Otros, a las cinco y media o seis, a separar los animales para largarlos a pastar al campo. Los varones íbamos, desayunábamos y a darle de comer a los chanchos. Entre una cosa y la otra, se hacía la hora de comer y salir para el colegio, en Los Talas. Ibamos a caballo. Volvíamos pasadas las cinco de la tarde, la mami nos esperaba con pan casero y de ahí, a salir a buscar los animales y volver a encerrarlos. A los más chicos nos mandaban a buscar verdura a la huerta, o a buscar huevos en los gallineros, que eran enormes. El varón más grande tenía la misión de hachar leña”, cuenta hoy Marcos.

Cuando Escudero volvió a Alta Gracia fue para trabajar en Agencia Ford (que estaba donde hoy es la estación de servicio en pleno centro), que era propiedad de Carignani y Figliolo. Allí, además de hacer mecánica en general, trabajaba en la preparación de autos de carrera, como el del mítico piloto Mirco Rugani, tal vez el primer gran representante altagraciense en el automovilismo deportivo.

Mecánico de alma y profesión. Acá, en la fosa del taller de la Terma.

De esta etapa de su vida le viene el apodo de “Tarro e Grasa”, que vaya a saber quién se lo puso. José Mario Escudero andaba siempre de mameluco, de esos con pechera y tiradores. Y siempre con las huellas lógicas de un laburo duro de fosa y aceite.

Cuando la Agencia cerró, fue a trabajar a la Terma.

Del mameluco a los cortos

Los dueños de la Ford eran directivos de Sportivo y le daban permiso para ir a entrenar. “Cuando salía del taller para la cancha, no pasaba por casa a cambiarse. Iba corriendo por las vías, con el mameluco puesto, como había estado trabajando. Terminaba el entrenamiento y se calzaba de nuevo el mameluco, y de nuevo a trabajar en el taller”, cuenta su hija María Elena.

Estamos hablando de los años cuarenta y cincuenta. Jugaba de “dos”, en la zaga, al lado del Milo Morcillo. Luego, jugó de “cuatro” porque era ligero. Los que lo vieron jugar dicen que era áspero. Tanto que otro de sus apodos fue “hacha brava”.

A veces, por su velocidad, lo ponían a jugar defendiendo por la banda…

Una sola camiseta

Formó parte del gran equipo de Sportivo que logró el ascenso en el año 1948. Durante muchos años jugó y fue el capitán del equipo. Toda su vida jugó en Sportivo y nunca se quiso dejar esos colores de los cuales era hincha declarado.

Histórico. Sportivo Alta Gracia Campeón 1948 en Liga Cordobesa.
Título y ascenso a Primera División.

Fue uno de los símbolos de Sportivo en la Segunda Ascenso de Liga Cordobesa. Tiempos de duelos memorables con equipos durísimos como Villa Azalais, 9 de Julio o Huracán.

“Eran partidos muy duros, entrabas a la cancha y era como ir a la guerra. Se pegaba mucho, jugabas contra Bolívar o 9 de Julio y sabías que era para pegar o cobrar. Ni te cuento contra Unión Florida, ¡¡con Huracán!!!, era muy duro ese fútbol”, recuerda hoy su hijo Marcos.

Cuenta la leyenda que Escudero se estaba recuperando de una doble fractura en su pierna derecha, producto de una feroz patada que había ligado en cancha de 9 de Julio. Que estaba enyesado hasta casi la cadera y que todavía le quedaban unos cuantos días más, según el doctor.

Pero… las ganas de jugar podían más, y el partido que se venía era muy importante y no se lo quería perder. ¿Y qué hizo Tarro? Lo cuentan sus hijas: “se cortó el yeso con la tijera de cortar lata, abrió todo el yeso, lo tiró y se fue a la cancha directo a jugar”.

Evidentemente anécdotas como éstas son las que les dan carácter de leyenda a jugadores como Escudero.

Genio y figura

“Tarro e Grasa” fue un hombre de mil historias, y todas ellas hacen esquina en la conducta, los valores y la amistad.

En el fútbol, en el trabajo, en la vida. José Mario Escudero fue querido y respetado por la sencilla razón que él quería y respetaba. Así, fue forjando su historia de vida incluso más allá de la leyenda futbolera. Una forma de ser que lo acompañó hasta sus últimos días y que hablan de un espíritu recto, pero alegre. Con valores y con enseñanzas.

Nunca se sacó la de Sportivo. Allí jugó hasta para los Veteranos del club.

“Yo jugaba en la Quinta de Sportivo -cuenta su hijo- tenía que jugar y no tenía botines y mi papá me dijo clarito: “quiere botines, cómpreselos, usted trabaja. Lo habló a Pocholo Docampo, que tenía una talabartería en la calle Méjico al lado de la sodería de González, y arregló que yo pagaba unos pesitos por semana hasta saldar la deuda”. Así era Escudero, sin medias tintas.

De entrecasa

Y en su casa no podía ser distinto: “Esta casa nunca fue una casa triste. Siempre estaban los chicos de todo el barrio jugando en el patio. Mi papá, los domingos cargaba a todos en el camión y nos llevaba al dique o al río”, cuenta Norma.

“Mamá se levantaba a las cinco de la mañana, prendía el fogoncito a carbón y calentaba el agua. Empezaba con el mate y se lo llevaba a papá a la cama”, agrega María Elena.

José Mario Escudero tenía su jarrito de aluminio donde tomaba su café con leche con pan y manteca todos los días. En el mismo jarrito, tomaba su vino los sábados, porque durante la semana no tomaba. Luchessi tinto, elegía. El Facundo rosado era para Pura, su esposa.

Le gustaba escuchar tangos, Julio Sosa, sobre todo. A la hora de elegir: “María”. Lo silbaba todo el día. Su imagen tomando mate o café, sentado en su baúl en la cocina, es una imagen que todavía está presente en el recuerdo de sus hijos.

Para escuchar los partidos tenía su Spika. Una vez le regalaron un radiograbador donde escuchaba el casete de Julio Sosa. Los sábados, que no trabajaba, lo escuchaba desde que se levantaba hasta la noche.

“En casa siempre se escuchaba radio, todo el día, todos los días. Nunca fue una casa silenciosa, algo que continúa hasta ahora”, dicen sus hijas.

El fútbol, la música, Julio Sosa, y la pesca, fueron sus grandes pasiones. Iba al dique Los Molinos. Carignani, Figliolo, Pocholo y Minguito Docampo, Don Arijón… esa era la banda de la pesca.

Apasionado de los pájaros, tenía una gran cantidad de pájaros. Sobre todo, reinamoras. La que mejor cantaba la tenía al lado de la mesita de la cocina. Se sentaba ahí a tomar mate mientras la reinamora cantaba a su lado…

José Mario Escudero se fue temprano, a los 64 años, en 1986, siendo fiel representante de una época y dejando para siempre la leyenda de aquel mecánico que jugaba de “dos” en Sportivo a quien todos conocieron como “Tarro e Grasa”

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