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Un café con cuentos

Un café con cuentos: «El Puente de los bigotes naranjas»

Un café con cuentos: "El Puente de los bigotes naranjas"

Nunca quise saber nada con los gatos. Siempre me parecieron fríos, egoístas y, para ser honesta, un poco aburridos. Pero la vida tiene formas extrañas de contradecirnos, y esta es la historia de cómo terminé enamorada de uno.

Hace diecinueve años nació Juana, mi primera hija. El día que la alcé por primera vez, supe que el amor era exactamente lo que había escrito Cortázar en Rayuela: «Total que en realidad lo que yo quiero decir es que el amor, ese rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio…». Sostener a Juana y besarle la frente se sintió, precisamente, así.

Como Juana es hija única, nuestra atención se volcó por completo sobre ella. Durante años nos pidió un gato, pero jamás dimos el brazo a torcer. A su padre y a mí no nos gustaban; en casa no iba a haber gatos y punto.
Sin embargo, la llegada de la adolescencia nos distanció. Fue casi abrumador vivir bajo el mismo techo con esa joven mujer de la que, de repente, lo conocía todo y no sabía nada.

En 2018, cuando Juana estaba más intensa y rebelde que nunca, lloré. Lloré mucho. No sabía cómo lograr que mi hija me contara quién le gustaba, qué necesitaba o qué sentía.

En esos días me refugiaba todas las mañanas en el Café de los Viejos Tiempos. Allí, entre cafés y silencios, empezó a acercarse un gato naranja. Buscaba mi falda y ronroneaba con insistencia, como si pudiera ver a través de mi angustia. Yo me resistía; después de todo, seguían sin gustarme los gatos. Pero los mozos me decían: «Solo viene las mañanas que estás vos; no sabemos cómo, pero se da cuenta de que vas a venir».

De a poco fui aflojando y terminé poniéndole nombre: Tuti. Resultó que Tuti era intenso, amoroso y —para nada— aburrido. Un día, sin pensarlo demasiado, decidí llevarlo a casa.

Cuando entré con él, mi marido me miró de una forma que me hizo pensar que nos echaba a los dos. Pero entonces apareció Juana y me abrazó. Fue la primera vez en seis meses que volví a escuchar un «Mamá, gracias, te amo». En ese instante supe que Tuti tenía un propósito en mi vida: él era mi puente hacia ella.

Hoy Juana ya es grande, vive en la ciudad y va a la facultad. Cada noche, a las 20:15 en punto, me hace una videollamada para ver a Tuti. Y yo, entre risas, elijo creer que también llama para verme a mí.

Así fue como en la mesa de un café me volví a enamorar y, finalmente, encontré el camino de regreso a mi hija.

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