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Un café con cuentos

Un café con cuentos: «25 de mayo, amor y revolución»

Un café con cuentos: "25 de mayo, amor y revolución"

Por Rosario Núñez. En una Buenos Aires revolucionaria y bajo la lluvia del 25 de mayo de 1810, Clara y Mateo se encuentran entre el fervor popular, los pastelitos y los primeros gritos de libertad. Una historia donde dos jóvenes descubren que toda revolución también puede comenzar en el corazón.

El repique de las campanas del Cabildo rebotaba en el empedrado mojado de la Plaza de la Victoria. Era 25 de mayo. El aire de Buenos Aires no solo olía a la humareda de los festejos y al chocolate caliente que vendían en las esquinas. Sino a algo mucho más grande: a nacimiento, a futuro.

Entre la multitud que vitoreaba a la nueva Primera Junta, leguas más allá del protocolo de los paraguas y las escarapelas, estaban Clara y Mateo. El destino, o quizás la montonera de gente que empujaba para ver de cerca a Saavedra y Castelli, los terminó acorralando contra el mismo recodo de la recova.

Clara intentaba resguardar su canasta de pastelitos de la llovizna persistente. Mateo, un joven criollo de ojos encendidos que venía de pasar la noche en vela con la legión de «chisperos» de French y Beruti, la vio tambalear cuando la masa humana se movió de golpe.

Sin pensarlo, estiró el brazo y la sostuvo de la cintura, estabilizándola. Cuando Clara lo miró, mitad asustada y mitad agradecida, Mateo sonrió, aunque el cansancio le pesaba en las ojeras.

—»Cuidado, paisana» —le dijo, acomodándose la cinta celeste y blanca que llevaba prendida en la solapa—. «Que la patria está naciendo, pero la gravedad sigue siendo la misma de siempre».
Clara largó una carcajada que a Mateo le supo a gloria.

—»Gracias, caballero. Sería una lástima que estos pastelitos terminaran en el barro antes de que podamos celebrar que somos libres».

Para refugiarse del agua, se sentaron en los escalones de la recova compartiendo el calor de un jarro de chocolate que Mateo había conseguido cambiar por un par de monedas. Mientras la plaza rugía de fondo, ellos empezaron a arreglar su propio mundo.

Él le habló de las tertulias secretas, de la libertad de imprenta, y de cómo el virrey Cisneros finalmente había tenido que ceder ante la voluntad del pueblo. Tenía la pasión de los que creen que todo es posible. Ella le habló de sus ganas de estudiar, de romper con el molde de las niñas de la época que solo esperaban un buen matrimonio arreglado, y de cómo ese día sentía que las cadenas se rompían para todos, no solo para los políticos.

Se miraron y entendieron que hablaban el mismo idioma. No era solo la adrenalina de la revolución; era la certeza de que querían caminar hacia ese nuevo horizonte juntos.

Al caer la tarde, cuando los fuegos de festejo empezaron a iluminar el cielo plomizo de Buenos Aires, Mateo se paró y le ofreció la mano a Clara para ayudarla a levantarse. No se la soltó.

—»Dicen que hoy empieza una nueva era para estas tierras» —dijo Mateo, mirándola fijo, con el corazón galopando más fuerte que los caballos de los patricios.

—»Eso dicen…» —susurró Clara, acortando la distancia.

—»Entonces, que también sea la nuestra. No quiero una patria libre si no puedo verla crecer al lado tuyo».

Clara no necesitó responder con palabras. Se inclinó y lo besó ahí mismo, bajo la recova, con el grito de «¡Viva la Patria!» resonando de fondo. Aquel 25 de mayo de 1810, mientras las Provincias Unidas daban su primer grito de libertad, dos corazones criollos sellaban su propia e irreversible revolución.

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