Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)
Cuando Iósif Vissariónovich Dzhugashvili (más conocido en ámbitos sociales y políticos de Moscú como Stalin) por fin decidió recibir a Marina Raskova, más por cansancio que por convencimiento, solamente su mirada de hielo logró evitar las sonrisas socarronas de los miembros de su estado mayor ante la propuesta que hacía la mujer.

Y es que Raskova —qué poco antes había recibido la distinción de «Heroína de la Unión Soviética»—llegaba al Kremlin con una idea descabellada para la época: formar un regimiento especial de aviación compuesto sólo por mujeres. Los militares calificaron la propuesta como «singular» y, como en las entrevistas de trabajo que no van a prosperar, quedaron en llamarla. El destino más probable es —como solía decir el «Negro» Brizuela— que le aplicaran el artículo «cesto» (es verdad, el juego de palabras queda mejor en forma oral que escrita).
Alemania invade Rusia
Pero llegó junio de 1941 y Hitler, que en ese momento tenía Europa en sus garras, lanzó la Operación Barbarroja y se lanzó sobre Rusia evidenciando una superioridad abrumadora de recursos. Entonces, Stalin —que de feminista no tenía ni un pelo del bigote— tomó la opción extrema de incorporar mujeres a las fuerzas armadas.
Viendo que se recibieron más de un millón de solicitudes en pocos días, Marina Raskova volvió a la carga. Y es que, como dice el rerán, el burro obtiene determinados objetivos más por insistidor que por lindo. Así se crearon las Divisiones 586, 587… Y la 588, que finalmente sería la más famosa de todas.
En pocas semanas, 115 mujeres de entre 17 y 15 años, recibieron un entrenamiento intensivo en técnicas de combate, pilotaje y supervivencia que normalmente duraba año y medio. Finalizada la preparación y listas para entrar en acción, las integrantes de la División se dieron que dispondrían —en principio— de solamente dos aeronaves. Unos anticuados Polikarpov 2, biplanos de los años veinte que hasta entonces habían sido usados para fumigación y entrenamiento.

La esposa del ingeniero
Marina Malinina nació en Moscú en 1912. Desde niña recibió clases de música y en la escuela superior se inclinó por la química. En 1929 se casó con el ingeniero Serguéi Raskov, cambiando así su apellido a Raskova. Y en 1930 tuvo una hija a la que llamaron Tanya. Los años siguientes empezó a trabajar para la Fuerza Aérea como diseñadora.
Mientras desarrollaba esas tareas, logró instruirse y egresar como navegante. Como aviadora obtuvo varios récords en distancia de vuelo. La más notoria de estas marcas fue el trayecto recorrido en un Túpolev ANT-37, un bombardero experimental de alta autonomía llamado «Ródina» (Patria). Con ese aparato se desempeñó como navegante en una tripulación integrada también por Polina Osipenko (copiloto) y Valentina Grizodúbova (comandante). Y con él, unió Moscú con el extremo Este de la Unión Soviética.
Primeras misiones
El 588 comenzó a operar en guerra en junio de 1942 con apenas un par de precarios biplanos hechos de madera y lona. Aeronaves que no habían sido fabricados para el combate aéreo. «No se podía hacer gran cosa con ellos a la luz del día porque eran muy vulnerables. No tenían protección ni ametralladora, y tampoco serviría de mucho contra sus Messerschmitt. Así que no podían hacer nada excepto volar de noche, pero eso, a pesar de que solo podían llevar un puñado de bombas, era mejor que nada» aclara Reina Pennington, profesora de historia rusa y militar en la Universidad de Norwich.

Volando de noche se convirtieron en una verdadera pesadilla para las tropas nazis. Cómo los aviones carecían incluso de bodega, las pilotas llevaban no una sí no dos bombas en el regazo. Para evitar que los ruidosos motores alertaran a los soldados, apagaban el motor del avión y planeaban sobre las líneas enemigas y arrojaban manualmente las bombas.
Las alas de lona producían al planear un siseo que a algún soldado alemán le pareció el sonido de una escoba. Allí nació el apodo de «Nachthexen» (Brujas de la noche). Y se convirtieron en el terror de las tropas invasoras en las oscuras y heladas noches de aquellas alejadas planicies soviéticas.
Volando a ciegas
Los aviones eran conocidos popularmente como kukurúznik (mazorca de maíz) y eran realmente precarios. La cabina era abierta y tan solo tenía un parabrisas para «proteger» a la pilota. La nave no tenía ninguna defensa de las balas enemigas ni del fuerte viento. Recién en 1944 fueron equipados con una ametralladora.
Además, en el aire las pilotas carecían de mapas, radio y cualquier sistema de navegación, lo que significaba que no era extraño que se perdieran. Se dio el caso de una aeronave que fue descubierta en Groenlandia una vez finalizada la guerra.
Su misión consistía, más que en generar bajas en el enemigo, en cansarlos, no dejarlos dormir y tenerlos toda la noche en alerta. Y vaya si lo consiguieron. Con mucho mayor dedicación que sus homólogos masculinos, las brujas de la noche no paraban para fumarse un puchito o tomar una taza de te. Aterrizaban, cargaban munición, repostaban combustible y volvían a despegar. De este modo lograron hacer mucho más misiones que cualquier otra unidad.

Insuficiente reconocimiento
Durante toda la guerra, las integrantes del 588 sufrieron discriminación y acoso permanentemente. Cuando se luchaba en las afueras de Stalingrado era común escuchar en las bases rusas el grito «¡todos a cubierto, hay una mujer intentando aterrizar”». A la aviadora Raisa Belyaeva, el comandante de su regimiento le dijo en una ocasión: «No quiero enviarte de misión, eres demasiado guapa».
El escuadrón de brujas nocturnas perdió a 32 pilotos, incluida la coronel Marina Raskova cuando fue enviada a la línea del frente. A su muerte se celebró el primer funeral de estado de la Segunda Guerra Mundial y sus cenizas fueron enterradas en el Kremlin. Mientras tanto, otras 23 pilotos, entre ellas la legendaria Nadezhda Popova, obtuvieron el prestigioso título de Héroe de la Unión Soviética.
Aun así, sufrieron discriminación hasta el último día de la guerra. Llegando incluso a ser excluidas del desfile del día de la victoria en Moscú y algunas de ellas, como Polina Guelman, Irina Rakobolskaia, Raísa Arónova o Lilya Litvyak, nunca fueron homenajeadas.
Tras su muerte en combate, el cuerpo de Marina Raskova fue cremado y sus cenizas depositadas en la Necrópolis de la Muralla del Kremlin, en la Plaza Roja, donde descansan grandes personalidades de la Unión Soviética. Y si bien su legado es enorme, su historia no es adecuadamente recordada.




