Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)
Como la mayoría sabe, un corsario es un marino privado autorizado por un gobierno para atacar barcos y bienes de países enemigos durante una guerra (o en tiempos de paz, según pinte). En otras palabras, bien podría decirse que era un pirata con carnet. Atacaba en nombre de un país a naves o puertos de otros países y del botín obtenido se quedaba una tajada y la otra era para la nación que lo auspiciaba.
Gracias al escritor escocés Robert Louis Stvensson, cuando hablamos de corsarios imaginamos piratas, y cuando imaginamos piratas los vemos como lo describiera Joaquín Sabina: «el pirata cojo con pata de palo, con parche en el ojo, con cara de malo / El viejo truhán, capitán de una nave que tuviera por bandera / un par de tibias y una calavera».
Uno de esos corsarios fue el Capitán Juan León de Fandiño, un navegante andaluz que pasó a la historia por haber desatado una guerra entre España y el Reino Unido por aplicar un insólito y sangriento castigo.

Sevilla tiene duende
Si bien muchos historiadores presumen un origen gallego, Juan León de Fandiño nació en Triana, el tradicional barrio sevillano pródigo en toreros y cantaores. No existen registros precisos sobre su fecha de nacimiento, pero se sabe que de niño quedó fascinado por las tranquilas aguas del Guadalquivir, por el que periódicamente llegaban barcos de allende los mares que atracaban en los muelles del lugar.
Ni toros ni cante jondo. Fandiño decidió hacerse a la mar cuando era un adolescente. Cruzó el Atlántico y se estableció en San Juan de los Remedios, un pequeño poblado al norte de la isla de Cuba. Desde allí desarrolló su carrera como corsario al servicio de la Corona Española.
Conoció como la palma de su mano las aguas que bañan el Caribe, el Golfo de México y la costa sudeste de lo que actualmente son los Estados Unidos. Y se dedicó a controlar, por orden de las autoridades del Imperio Español, las difusas fronteras geográficas y comerciales con Gran Bretaña.
La oreja de Robert
La región era el epicentro de un intenso intercambio comercial. Y si bien España no se involucraba directamente en el aceitado sistema de tráfico de esclavos desde el África hacia América, hacía valer sus posesiones mediante un contrato. El conocido como «Asiento de negros», un contrato de monopolio entre la Corona y varios comerciantes —especialmente británicos— por el derecho a proporcionar esclavos africanos a las colonias de las Américas españolas
En ese entonces, la misión de Fandiño —que estaba a cargo del guardacostas La Isabela— era controlar las mercancías que transportaban las naves de bandera inglesa en la región. Y para su cumplimiento contaba con autorización para interceptar y registrar las embarcaciones para intentar la proliferación del contrabando.
En eso estaba el Capitán Fandiño cuando, en 1731, interceptó al Rebecca, un navío británico al mando del Capitán Robert Jenkins. En este caso, Jenkins era un pirata hecho y derecho, tal como los describiera el propio Stevensson.
Lo cierto es que durante la revisión de la embarcación, Fandiño le cortó una oreja a Jenkins. Y si bien hay un tema entre los españoles y las orejas, porque tras una buena lidia el torero recibe la oreja del animal sacrificado como trofeo y también porque casi todos en España comen orejas de cerdo fritas como si fueran chizitos, no existen demasiados antecedentes con orejas humanas.

Libertad de contrabando
Entonces, el pirata le fue con el cuento a Jorge II de Inglaterra. Un poco porque el propio Fandiño le habría dicho «ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve». Y si bien al principio no le dieron mucha pelota, en 1738, cuando Jenkins declaró ante la Cámara de los Comunes y expuso ante los representantes el pabellón auricular que le había cercenado el español, las cosas cambiaron.
El asunto llegaba para complicar las negociaciones por la renovación del Asiento de negros. La presión de la oposición y de la prensa hicieron que las conversaciones se estancaran. Todo con la excusa de que el acuerdo dificultaba la «libertad de comercio» (léase: contrabando).
Finalmente, en octubre de 1739 Gran Bretaña le declara la guerra a España y envía una enorme flota al Caribe con el objetivo de adueñarse de la región. Empezó bien la campaña para los ingleses. En 1740 tomaron Portobelo, uno de los principales puertos panameños. Además realizó ataques en diversos objetivos con la finalidad de debilitar el comercio y desgastar a las fuerzas españolas.
Pero los hombres de Felipe V no se quedaron de brazos cruzados y defendieron con bizarría y honor Cartagena de Indias ante el asedio al que la sometió la enorme flota británica que bloqueó este vital punto en el norte de Sudamérica.
Mediohombre
Designado por Sebastián de Eslava, Virrey de Nueva Granada, Blas De Lezo organizó la defensa de la ciudad amurallada. De Lezo era una leyenda viviente y en las incontables batallas en las que intervino había perdido una pierna, un ojo y el uso de uno de sus brazos. Con el habitual humor de los marinos, lo apodaron «Mediohombre».
Con una táctica brillante pudo doblegar a los 180 barcos y casi 20.000 hombres de los que disponían Edward Vernon y Thomas Wentworth, los líderes de los invasores. Además, De Lezo contó con un aliado que nadie había tenido en cuenta: los escasos anticuerpos de los soldados ingleses contra la fiebre amarilla, que causó más bajas que la metralla española.

De este modo, después de tres semanas de infructuoso bloqueo y cuantiosas pérdidas, materiales y humanas, Vernon y Wentworth no tuvieron más remedio que emprender la retirada. Aun cuando en Londres muchos ya daban por hecha la victoria. Incluso se imprimieron grabados y medallas mostrando a Vernon recibiendo la rendición de los españoles que debieron meterse allí donde no daba el sol.
¿Y Fandiño? Su rastro llega hasta 1742, cuando es apresado por el capitán Thomas Frankland, pero pudo ocultar su identidad y logró ser liberado. Desde allí no se tienen más datos, su memoria se pierde en las turquesas aguas del caribe. Porque, como bien dice Joan Manuel Serrat, «no hay historia de piratas / que tenga un final feliz / ni ellos ni la censura / lo podían permitir».




