Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)
Desde que el hombre se separó del simio su cerebro busca constantemente causas, patrones e intenciones. Cuando ocurre algo difícil de explicar —una muerte, una coincidencia extraordinaria, una enfermedad, una tragedia, la derrota en un clásico— nos cuesta aceptar y necesitamos un esclarecimiento, una interpretación de eso que nos sucedió.
De este modo nacieron las principales religiones a lo largo de la historia, con dioses que en un principio tomaban contacto directo con las personas, pero con el tiempo —en muchos casos— empezaron a utilizar intermediarios que interpretaban sus palabras y las retrasmitían a sus fieles.
Es entonces cuando aparecen médiums, profetas, videntes, augures e incluso druidas. Personas que mediaban entre nuestro plano terrenal y el «más allá», que podían comunicarse con espíritus o bien anunciar el futuro. Pero también hay lugar para charlatanes, estafadores, embusteros, farabutes y farsantes. Entre los primeros encontramos a Edgar Cayce.

Un pelotazo en la cabeza
Nacido en Hopkinsville, estado de Kentucky, en 1877, Edgar Cayce tenía, de niño, amigos imaginarios con los que solía conversar. Pero entre nosotros ¿quién no tuvo amigos imaginarios?. También, durante la infancia, fue golpeado en la cabeza con una pelota de beisbol. Cayce perdió el sentido y fue trasladado al hospital, donde lo declararon muerto. Sin embargo, pocos minutos después «revivió».
Al finalizar la escuela buscó trabajo y al mismo tiempo se unió a «Disciples of Christ» (Discípulos de Cristo) como misionero, enseñando la Biblia los domingos. En aquel tiempo comenzó a comentar que veía auras (aunque no las farmeara) y hablaba con gente muerta, como el niño de la película de Bruce Willis.
En 1900, cuando se dedicaba a vender seguros, contrajo una severa laringitis que le hizo perder la voz. No es muy sencillo vender seguros (ni nada) si uno no puede hablar, por lo que debió cambiar de trabajo y abrió un estudio fotográfico.
Una sesión de hipnosis
Un año después, cuando comenzaba a resignarse a la mudez, llegó al pueblo un artista trashumante llamado Al Layne, que, entre sus múltiples habilidades, anunciaba que podía curar cualquier enfermedad solamente con hipnosis. Jugado y sin fichas, Cayce decidió probar.
Durante el trance Cayce no solo que volvió a hablar, sino que diagnosticó su propia enfermedad y explicó como sería el modo de curarla. Al finalizar la sesión, que duró apenas 20 minutos, Cayce hablaba con normalidad. Desde entonces formó una sociedad con Layne para poder ayudar a otras personas.
A esos diagnósticos emitidos durante el trance hipnótico, Cayce los llamaba «lecturas» y las realizaba en base a las cartas que le enviaban los aspirantes a pacientes. De esta manera indicaba tratamientos a personas que no conocía y estaban, en muchos casos, a cientos o miles de kilómetros.

El caso de Aime
Como una vez fuera del trance Cayce no podía recordar nada de lo que había dicho durante el mismo, sus «lecturas» eran transcriptas detalladamente. De este modo pudo atender el caso de Aime Dietrich, una niña de cinco años que se hallaba en estado de coma y —por si fuera poco— sufría convulsiones. En su sesión de hipnotismo determinó que Aimé se había caído de un carruaje y había sufrido una lesión en su columna lo que favoreció la instalación de bacterias.
Cayce aconsejó que le realizaran masajes, pero al poco tiempo que informaron que el tratamiento no estaba dando resultado. Otra vez al trance y entonces advirtió que los masajes estaban mal hechos e indicó cuál era el modo correcto. A las pocas semanas Aime se recuperó.
Pocos años después viajó a Texas para ayudar a una empresa petrolera a encontrar nuevos pozos, pero un serio problema de financiamiento impidió que la extracción se pudiera hacer. Cayce asumió que se trataba de un castigo por utilizar sus dones con objetivos puramente mercantilistas.
En 1925, Arthur Lammers, un empresario de Ohio, lo contrató para que le hiciera una lectura, pero Cayce se vio sorprendido cuando Lammers le preguntó por la reencarnación y la vida después de la muerte. Entonces Cayce se prohibió a sí mismo y a sus asistentes toda lectura sobre temas de esta índole.
Mudanza a Virginia Beach
En una de sus lecturas, Cayce recibió la indicación de mudarse a Virginia Beach porque las arenas de sus playas tenían propiedades curativas. Pudo abrir en el lugar el Cayce Hospital gracias al apoyo económico de Morton Harry Blumenthal, un acaudalado corredor de bolsa de Nueva York que se había radicado en la ciudad costera por cuestiones de salud.
En el nosocomio se diagnosticaban enfermedades y se indicaban los tratamientos correspondientes, que iban de una simple modificación en los hábitos alimentarios hasta intervenciones quirúrgicas. Asimismo fue perfeccionando sus lecturas que, además de temas médicos, versionaban sobre ocultismo y cuestiones esotéricas.
A comienzos de 1929, Blumenthal solicitó una lectura sobre la bolsa neoyorquina y Cayce advirtió que todo se iría al mismo demonio y que ya era tarde para hacer algo. Pocos meses después se produjo el «Crack» que afectó la economía de todo el mundo, Blumenthal —al igual que cientos de empresarios— quebraron y el hospital de Cayce se quedó sin financiación y debió cerrar.

Compromiso patriótico
Durante la Segunda Guerra fue contratado por el gobierno de Estados Unidos para localizar a soldados perdidos y en todos los casos logró ubicarlos. Asimismo, en esa época aumentó significativamente el número de lecturas diarias (que había limitado a seis por día) para ayudar a familias angustiadas que solicitaban tener noticias de sus parientes en el frente de batalla.
Fue un esfuerzo enorme que le produjo un severo deterioro físico, pero no dejó de hacerlo a pesar del reiterado consejo de sus médicos. Las consecuencias de este compromiso patriótico terminarían siendo fatales. Edgar Cayce falleció el 3 de enero de 1945, a los 67 años, víctima de una enfermedad que, según el escritor francés Louis Pauwels, que narra la historia de este personaje en su libro «El retorno de los brujos», Cayce era víctima de una enfermedad incurable que nunca quiso revelar.




