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Crónicas al Voleo

Miguel Abuelo, el juglar de luz inmediata

Miguel Abuelo, el juglar de luz inmediata
Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)

A mediados de 1966, en la pensión Norte, una vieja casa chorizo de la calle Paraguay, no muy lejos de la Estación de Retiro, era común ver tipos raros. Gente de pelo largo, vestida de modo extravagante, con horarios insólitos y cigarrillos sospechosos. Personas que acarreaban constantemente maltrechos instrumentos musicales y estaban gestando un cambio de paradigma social y cultural en una Argentina que transitaba entre débiles democracias y militares con poca paciencia y mucha codicia de poder.

En esa especie de jauría callejera que dormía (poco) en la pensión y que constantemente se trasladaba entre Plaza Francia, la Cueva de avenida Pueyrredón, La Perla de Once y otros puntos de reunión, se destacaban algunos. Pipo Lernoud, Mauricio “Moris” Birabent y el resto de los integrantes de los Beatniks, por ejemplo. Y un petisito que estaba todo el tiempo recitando poesía, escribiendo una ciclópea “Historia Universal de la Verdad”, bebiendo vino barato y entonando bagualas.

Miguel Ángel Peralta había nacido en Munro en 1946. Hijo de padre desconocido, su madre debió ingresarlo en un orfanato cuando era un bebé. Virginia Peralta era del interior de la provincia de Buenos Aires, madre soltera y contrajo tuberculosis. Lo que le impedía hacerse cargo del niño de pocos meses de vida. Por eso lo dejó en el Preventorio Rocca del barrio de Floresta, cuyo director decidió adoptarlo cuando tenía 5 años. «Yo era un emigrado de mi casa, vivía prácticamente en la calle, me habían echado de todos los colegios públicos y privados, no me soportaba ni yo mismo –recordaba Miguel años más tarde–. Terminé sexto grado a los 19 años porque quería entrar a trabajar en una pizzería y me obligaban a tener sexto grado».

«Se me olvido que ya no estás / que ya no me recordarás / y me volvió a sangrar la herida»

Pipo Lernoud fue tal vez su primer amigo y una de las personas que más y mejor lo conoció. Protagonista, testigo y memoria viva del rock argentino, Lernoud recuerda con detalle los primeros pasos de Miguel Abuelo (cuando todavía era Peralta) en la incipiente cultura beat porteña.

«Miguel, que cantaba floklore y seguía a artistas vanguardistas como el Cuchi Leguizamón. De golpe empezó a escuchar y componer rock. Yo por ese entonces tenía que cobrar unos derechos por la primera grabación de ‘Ayer nomás’, que hacía poco habían grabado Los Gatos. Como a esa edad no podía firmar contratos, mi apoderada era mi mamá. Y con mi vieja y Miguel fuimos a la oficina de Ben Molar, que era dueño del sello Fermata. De repente mi mamá dice ‘viera que bien que canta este muchacho’, señalando a Miguel. ‘¿Así que canta bien, tiene un conjunto?’ preguntó Ben Molar. Y Miguel, que estaba leyendo ‘El Banquete de Severo Arcángelo’ de Leopoldo Marecheal, inmediatamente recordó la frase ‘padre de los piojos, abuelo de la nada’ y dijo, ‘sí, mi grupo se llama Los Abuelos de la Nada’. Inmediatamente Molar llamó a CBS y les dijo que estaba con gente muy talentosa y que debían grabar un disco».

Salieron de esa oficina con el nombre de un grupo, un compromiso para grabar, pero ningún músico… y mucho menos canciones completas. Inmediatamente fueron a Plaza Francia y empezaron el reclutamiento. Pocas horas después ya se había conformado la primera versión de Los Abuelos de la Nada. La banda quedó conformada por Miguel en voz, Eduardo «Mayoneso» Fanacoa (teclados), Miky Lara (guitarra rítmica), Alberto «Abuelo» Lara (bajo) y Héctor «Pomo» Lorenzo (batería).  En la grabación del primer single Claudio Gabis hace la primera guitarra en «Diana Divaga», mientras que Pappo se hace cargo de las seis cuerdas en «Tema en flu sobre el planeta».

«Diana divaga, yo acaricio su piel / Ella me da un beso, yo escapo con él / Tiene una historia mi Diana divaga / Que cuando la miro con ansias sonríe»

La oscuridad y la violencia política de los 70, además de las constantes desinteligencias con Pappo (que solamente quería tocar blues) hicieron que Miguel pusiera proa hacia Europa. Allí se volvió a encontrar con su querido amigo Pipo, grabó un disco tremendo en Francia (Miguel Abuelo et Nada) y en Ibiza se cruzó con otro emigrado, Cachorro López, con quien tuvo sintonía desde el principio y que fue su socio clave cuando regresó a Argentina en los primeros ochentas, para refundar Los Abuelos de la Nada.

«Cuando volví aquí había como un ambientecito, estaba Serú Girán, Spinetta Jade… la gente iba a los conciertoscuenta Cachorro López–. Todavía había dictadura pero estaba como relajada la cosa y decidí escribirle a Miguel, con quien en Ibiza habíamos proyectado hacer algo juntos, diciéndole que lo más lógico sería hacerlo en Argentina».

Quienes por aquellos años éramos adolescentes recordamos bien el quiebre que significó el regreso de muchos expatriados. Músicos que volvían con un bagaje cultural y artístico completamente nuevo y absolutamente disruptivo. Federico Moura, Miguel Cantilo, el propio Pappo y Michel Peyronel, Luca Prodan que llegó huyendo de la heroína. Traían nuevas ideas, nuevas tendencias y un color distinto al rock de las postrimerías de la dictadura.

«Libertad / socia de los peregrinos / Libertad / luz, coraje, amor divino / con el corazón / Quien no te comprende te vulnera»

«Miguel era un rey, un milagro que ocurrió. Era increíble, tenía mucha poesía adentro, abría la boca y salían pájaros» se entusiasma al recordar Andrés Calamaro en una entrevista de Bebe Contemponi. «A Miguel, como a otros artistas de esa época, le tocaron años muy difíciles en Argentina para sobrevivir. Y también una sociedad mucho más estrecha, sin dudas. Por el hecho de ser beatnik, o hippie, o heavy, por tener el pelo largo le iban a gritar cualquier cosa. Les tocó vivir facismos, fue una generación muy castigada y muy diezmada: persecución moral, policial, política y finalmente el sida echándoselo a vena».

Un tipo sin pelos en la lengua. El Flaco Spinetta decía en una entrevista allá por 2009 que «una vez vino a la casa de mis viejos junto a Pipo Lernoud y les mostré el tema ‘Canción para los días de la vida’, y me dijo que tenía mucha verdulería la letra y tenía razón, pero no la modifiqué porque uno también tiene que tener su verdulería poética en algún momento. De hecho creo que ‘Muchacha ojos de papel’ tiene alguna influencia de esas mariposas de madera, mariposa de alas de agua. Lo considero un juglar y un poeta, una persona de luz inmediata».

Gustavo Bazterrica, en el programa “Quizás porqué” que presentaba el Palo Pandolfo, se emociona al expresar que «Miguel Abuelo me hizo a mí un Abuelo de la Nada para toda la vida. De él diría que es un genio, mago, títere, artista, rey, bufón, paladín del canto y del humor. Siempre de tu pluma un verso o un rayo de sol. Sabio, cruel, valiente, redentor. Y por las calles, en el bar o en el show: tu energía, tu magia superior. Compañero y maestro de mi corazón».

«Nada hay que nada prohíba / ya te veo andar en Libertad / que no se rasgue como seda / el clima de tu corazón»

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