Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)
No muy lejos de la capital de la provincia de Córdoba, apenas 85 km hacia el norte, está Villa del Totoral. Es una bucólica ciudad con aires y modos de pueblo. Los registros oficiales datan su fundación el 6 de agosto de 1860, aun cuando la región estuvo poblada por Comechingones desde tiempos inmemoriales que llamaban al lugar Cavisacate. Desde el arribo de Jerónimo Luis de Cabrera las tierras tuvieron distintos y sucesivos propietarios.
La villa tuvo gran importancia en las épocas coloniales al convertirse en una de las postas más concurridas en el viejo Camino Real que unía Buenos Aires con Lima. En el siglo XIX se convirtió en sitio de veraneo de importantes y tradicionales familias cordobesas, santiagueñas y tucumanas.
No son pocas las particularidades de Villa del Totoral. Arquitectónicamente presenta casas bajas con muros anchos de adobe, techos de teja colonial a dos aguas y fachadas simples, casi siempre encaladas, con pocos ornamentos. También se destacan las frías aguas de su río, que encuentra sus fuentes en la cordillera mendocina y fluye bajo tierra hasta aflorar en la superficie en forma de vertiente pocos kilómetros antes del pueblo.
Familias tradicionales
Los propietarios de las señoriales casonas que solían habitarse entre diciembre y abril portaban apellidos ilustres del mundillo político, artístico y social de la región. Tradicionales familias como Salas Oroño, Mariconde, Crespo, Allende Posse, Bas Capdivila y Curia eran referentes ineludibles del poblado. Incluso el fundador del diario Clarín, Roberto Noble, cayó ante la seducción del norte cordobés y adquirió la estancia La Loma, hoy convertida en hotel de lujo.
Dos de las más antiguas casonas de la villa recibieron, en la primera mitad del pasado siglo, los apodos de «el Vaticano» y «el Kemlin». Ambas estaban separadas por una de las calles principales del pueblo. La primera pertenecía (y aun pertenece) a la familia tucumana Rusiñol y era un centro de reunión de buena parte de la sociedad cordobesa, santiagueña y tucumana que solía pasar la temporada estival en el lugar.
Altas autoridades de la iglesia vernácula, como así también referentes políticos identificados con el conservadurismo, solían compartir prolongadas tertulias en lo de los Rusiñol. «La familia era conservadora, muy religiosa y muy buena; se peleaba la gente para trabajar para ellos. Ahí iban obispos de Córdoba, de Tucumán, estaban muy ligados al catolicismo» afirma un descendiente de aquellos que solían trabajar en la propiedad.


La vereda de enfrente
En la otra vereda, en sentido geográfico, catastral e ideológico, está el «Kremlin», la casona adquirida en 1905 por el médico tucumano Gregorio Aráoz Alfaro, quien es considerado el padre de la pediatría en nuestro país. Con el paso de los años la propiedad fue heredada por su hijo Rodolfo, que era un alto dirigente del partido Comunista argentino.
Según expresó hace algunos años a La Nación Candelaria Agrelo, una de las actuales propietarias de la casa, además de la política, «Rodolfo Aráoz Alfaro tenía tres debilidades: la cacería, los amigos y las armas. Era un gran anfitrión e invitaba a sus amigos a disfrutar de temporadas en Totoral. Por esa casa, pasaron artistas e intelectuales en cantidad».

No pocas figuras de las letras y las artes, además de políticos de primera línea, disfrutaron de silencioso solaz y amables tertulias en lo de los Aráoz. Una rápida lista de visitantes ilustres nos ubica en la casa al poeta Raúl González Tuñón y su esposa, Amparo Mom; los políticos Mario Bravo y Rodolfo Ghioldi, los músicos Jorge Cafrune, Armando Tejada Gómez y Mercedes Sosa, y el escritor Ernesto Sábato. Aunque no está documentado, se comenta que el propio Ernesto Che Guevara durmió también bajo ese techo.
Algunos artistas españoles que habían huido de la barbarie franquista como Rafael Alberti y Joan Miró, como así también el pintor español David Siqueiros, disfrutaron una temporada en el tranquilo y alejado paisaje totoralense.
Incluso, en su libro «La arboleda perdida», Alberti da cuenta de su estancia en Totoral: «María Teresa y yo fuimos a parar a la Argentina, viviendo sin documentación alguna por mucho tiempo, en el Totoral, de Córdoba, en la quinta de Rodolfo Aráoz Alfaro, un gentilísimo amigo y camarada».
El poeta contemplativo
Pero el visitante ilustre del Kremlin que más tiempo pasó en el norte cordobés fue el poeta chileno Pablo Neruda. Mucho antes de ganar el Premio Nobel de Literatura, el escritor nacido en la región del Maule y bautizado con el nombre de Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, vivió en Villa del Totoral entre 1955 y 1957.

De hecho, Neruda propuso y gestionó algunas reformas en la propiedad, como la construcción de un par de columnas en la arcada de ingreso y la construcción de claraboyas en la habitación que habitaba. El poeta totoralense Manuel Santillán, que conoció al chileno en el momento de su estadía en el pueblo, afirma que salía muy poco de la casona de la calle San Martín. Se pasaba la mayor parte del tiempo escribiendo.
Al amparo de la tranquilidad y el silencio totoralense, refugiado en la frescura de los anchos muros y generosas sombras que la casona y sus galerías ofrecían, Neruda escribió ocho poemas que describen la vida sencilla, el paisaje y el clima del lugar
De tormentas y albañiles
«El pleno mediodía refulgente / es una espada de oro, / de pronto cae el trueno / como una piedra sobre un tambor de cuero rojo, / se raja el aire como una bandera, / se agujerea el cielo / y toda su agua verde se desploma sobre la tierra / tachonada por las ganaderías» comienza diciendo en su «Oda a las tormentas de Córdoba».
Su actitud netamente contemplativa le permitió admirarse con el trabajo de un humilde albañil que realizaba refacciones en la casa que habitaba. «De un lado a otro iba / con tranquilas manos / el albañil / moviendo materiales. / Y al fin de la semana, / las columnas, el arco, / hijos de cal, arena, / sabiduría y manos, / inauguraron la sencilla firmeza / y la frescura», expresa en su «Oda al albañil tranquilo».
Otras seis odas le inspiraron Villa del Totoral y los modos sosegados de sus habitantes a Neruda: Oda a la mariposa, Oda al nacimiento de un ciervo, Oda al algarrobo muerto, Oda a un cine de pueblo, Oda a la pantera negra (que se refiere a sus recuerdos de su estadía en Oriente) y Oda con nostalgias de Chile.

Adversarios, no enemigos
El Kremlin y el Vaticano fueron escenarios y reflejo de una etapa de la vida política, social y artística de la Argentina. Y aunque los apodos de las viviendas las sitúan en posiciones antagónicas, la vecindad era amable y amistosa. Al menos así lo describe en sus memorias el propio Rodolfo Aráoz:
«Calle de por medio está la quinta de los Rusiñol, bautizada también popularmente –ahora por los más feroces ‘liberales’– como El Vaticano. Nuestras relaciones han sido siempre cordialísimas. Las muchachas tucumanas que allí pasaban el verano fueron nuestras novias bienamadas y sus hermanos nuestros compañeros de depravación. Los curas, abundantes y jerarquizados hasta llegar a obispos. Siempre ha habido relaciones estrechas entre El Vaticano y El Kremlin. Modelo de tolerancia y comprensión humanas. Las licuadoras se prestan, los quesillos se reparten, los abortos son atendidos con cristiana deferencia, cualquiera sea su origen». Dios y el diablo iban remendando madrugadas.




