Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)
Emily Dickinson es considerada una de las plumas fundamentales de la poesía estadounidense, en el podio junto a Edgar Ala Poe y Walt Whitman. La mayor parte de su obra tiene la particularidad de haber visto la luz una vez que la escritora había fallecido, en 1886.
En la intimidad de su hogar, Dickinson era una prolífica poeta; sin embargo, durante su vida no se llegó a publicar ni una docena de sus casi 1800 poemas. Muchos de sus poemas se centran en temas relacionados con la muerte y la inmortalidad, dos temas también recurrentes en las cartas que enviaba a sus amigos.
Su caso es similar al de la fotógrafa Vivian Maier, cuya prolífica producción salió a la luz tras la muerte de esta mujer que buena parte de su vida se ganó la vida como niñera (https://www.altagracianoticias.com/las-fotos-de-la-ninera/).

El manuscrito perdido
Emily nunca llegó a imaginar que casi un siglo después de su muerte estaría implicada en una de las estafas más curiosas y mejor ejecutadas en la historia de los Estados Unidos. El campo era fértil: la obra poética inédita de una escritora que casi no había publicado en vida y de la cual aparecen aún hoy rastros misteriosos y sorprendentes.
En los primeros años de la década de 1980 comenzó a circular que Mark Hoffman había encontrado un manuscrito inédito de un poema de Emily Dickinson. Al tratarse de una de las más importantes plumas de Estados Unidos, todo lo relacionado con la escritora nacida en Amherst, Massachusetts, es de sumo interés para historiadores y –fundamentalmente– coleccionistas dispuestos a pagar fortunas por estas «raras avis».
Y este caso no fue la excepción. La casa de subastas Sotheby’s le bajó el martillo por más de veinte lucas verdes. El comprador fue Dan Lombardo, encargado de la Biblioteca Jones de la ciudad natal de la poetisa. El monto fue recaudado gracias a los aportes realizados por la población de Amherst para recuperar lo que se suponía una parte del patrimonio cultural y artístico de la región.
La estafa sale a la luz
Era todo risas hasta que unos meses después, la prestigiosa casa de subastas se comunicó con Lombardo para devolverle el dinero. ¿El motivo? Se había establecido que el histórico documento era una falsificación. Una extraordinaria falsificación, pero falsificación al fin.
La aparición del supuesto poema inédito causó una enorme conmoción mucho más allá de los ámbitos literarios. Supongamos que en estos días alguien descubre un manuscrito de Borges, de Cortazar o de Alfonsina Storni. La repercusión en la prensa sería absoluta. Bueno, cuando trascendió que el papel era falso, el escándalo fue mucho mayor.
Las dudas sobre cómo era posible que se engañara de esa manera con un supuesto manuscrito inédito de una de las escritoras más importantes de Estados Unidos comenzaron a disiparse cuando se conoció que Mark Hoffman estaba detrás de todo este asunto.

Estrella de las antigüedades
Y es que por esos años, Hoffman era un rockstar entre los coleccionistas de antigüedades. Desde finales de la década de 1970 había comenzado a hacerse famoso en el mercado de manuscritos antiguos porque decía haber descubierto documentos históricos rarísimos. Los vendía a coleccionistas, librerías especializadas e instituciones académicas.
Hoffman provenía de una familia mormona y en esa primera mitad de la década de 1980 se encontraba proveyendo a la cúpula de la iglesia con sede en Salt Lake City importantes y reveladores documentos relacionados con el origen del credo y con su fundador, Joseph Simth.
Lo que pasaba era que Hoffman había presentado documentos desconocidos hasta ese momento que ponían en cuestión las circunstancias en las que Smith había recibido la «revelación» que lo había llevado a crear su iglesia. Muchas certezas, con esos papeles, dejaban de serlo. Y los popes de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días prefirieron que no salgan a la luz. De esta manera, el investigador cobró pequeñas (y no tanto) fortunas para entregar los documentos a los líderes religiosos con la mayor discreción. Pero las cosas empezaron a ponerse algo turbias.

Solución explosiva
Y es que, en realidad, además de un estudioso de la historia y un investigador apasionado, Mark Hoffman era un verdadero artista… de la falsificación. Utilizaba papel antiguo, extraído de libros de la época en que ubicaba su falsificación, en general el siglo XIX, fabricaba las tintas de manera artesanal, y había desarrollado un eficiente método para envejecer los documentos que creaba.
Las sospechas comenzaron a convertirse en certezas y Hoffman empezó a desesperarse. Sus estafas estaban buscando salir a la luz y, además, se había endeudado con coleccionistas e inversores. Además, se había comprometido a entregar –como diría Alberto Cortez– «valiosas cosas viejas / recién envejecidas / para americanos» que aún no había creado.
El cerco se iba cerrando y Hoffman apeló a un recurso explosivo. Preparó tres bombas, dos las envió a personas que trabajaron con él. Una mató al coleccionista Steven Christensen, que estaba relacionado con las transacciones de documentos, la segunda estaba dirigida a su antiguo empleador, Gary Sheets, pero terminó asesinando a su esposa, Kathy.

La tercera bomba explotó en el auto de Hoffman, que resultó gravemente herido. De esta manera intentó presentarse como una víctima, pero la investigación policial determinó que habías sido él quien puso los dispositivos. Finalmente confesó sus crímenes y fue condenado a cadena perpetua en 1987. Actualmente se encuentra recluido en una cárcel estatal de Utah.
La Iglesia de los Santos de los Últimos Días no dio muchas explicaciones sobre su relación con Hoffman, simplemente se presentó como una víctima del falsificador y negó rotundamente que trabajara para ellos.




