Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)
La Zona Autónoma de Capitol Hill. En el año 2020 el mundo –qué duda cabe– se puso de culo. La enfermedad made in China generó un terror global que nos encerró, nos puso paranoicos, nos hizo denunciar a nuestros vecinos por estupideces. Y también mató a un montón de gente.
El 25 de mayo de aquel año la policía de Minneapolis comenzó a ganar fama mundial cuando uno de sus agentes, Dereck Chauvin, asesinó a George Floyd en un evidente caso de brutalidad policíaca. El hecho desató un sinnúmero de protestas a lo largo y lo ancho del país.
Washington D.C., Nueva York, Los Angeles fueron escenarios de las movilizaciones más grandes que se registraron en la historia de Estados Unidos. El impacto trascendió el continente americano y en Londres, París, Berlín y Sydney, entre otras tantas capitales, verdaderas multitudes salieron a expresar su descontento.

En Seattle, capital del estado de Washington, patria chica de Kurt Cobain y una de las subsedes del próximo Mundial, se produjo la que fue tal vez una de las más llamativas y curiosas. Si bien el número de manifestantes no fue superior a otras ciudades, una de sus principales secuelas terminó en una especie de experimento social de consecuencias, hasta ese momento, imprevisibles.
Barrio bohemio
El barrio de Capitol Hill, en Seattle, es uno de los sectores más conocidos, dinámicos y con más identidad de la ciudad. Tiene una mezcla muy particular de vida cultural, historia y diversidad social. Está lleno de bares, restaurantes y clubes gays modernos, además de cafeterías sencillas y tiendas independientes. Fue en este distrito donde las cosas se salieron de curso.
Pasa que luego de algunos días de protestas multitudinarias frente a la estación de policía del barrio, el Precinto Este, en el 1519 de la Avenida 12, los efectivos policiales, simplemente, abandonaron el lugar. Hasta entonces, los enfrentamientos entre las fuerzas de seguridad y los manifestantes habían derivado, prolijamente, en enfrentamientos con intercambio de piedras y objetos contundentes por parte de los civiles y balas de goma y gases lacrimógenos como respuesta de los uniformados. La violencia fue creciendo, los heridos y detenidos en aumento, y los patrulleros incendiados convertidos en parte del paisaje urbano.


La yuta corrió
Lo prolongado y violento de las protestas generó presiones políticas de todo tipo y las autoridades del estado, como así también las municipales y policiales debieron analizar de qué manera se podía bajar la conflictividad del asunto. Fue entonces que se decidió que la policía haga un «repliegue táctico», que en otras palabras significa: «agarren sus cosas y rajemos». Era el 8 de junio de 2020.
Después de la confusión y dudas que la ausencia de policías generó en los manifestantes, surgieron las primeras propuestas de organización. Primero se procedió a quitar los parapetos y tomar el edificio policial. De allí en más surgió la propuesta de desarrollar una autogestión comunitaria. El sueño húmedo de cualquier anarquista: una sociedad sin autoridades ni policías.
Todo se transformó rápidamente en una comunidad hippie. Había músicos tocando en las calles, artistas haciendo murales, debates políticos en cada esquina y en los parques surgieron algunos huertos improvisados, seguramente persiguiendo el sueño de «vivir con lo nuestro», la utopía de escapar del capitalismo.

De la fiesta a la realidad
Como quedó dicho, todo era algo así como una estudiantina a cielo abierto, con asambleas abiertas donde la gente discutía sobre racismo, policía, desigualdad y política en general. También había artistas pintando murales gigantes en el asfalto. Uno de los más famosos decía «Black Lives Matter» con letras enormes que se veían incluso desde el aire.
Se establecieron los límites de la recién nacida «Zona Autónoma de Capitol Hill» (CHAZ por sus siglas en inglés) y se demarcaron con vallas y barricadas. Esto provocó que el entonces (y actual) presidente yanqui, el inefable Donald Trump, ironizara en la red social Twitter escribiendo: «Lo primero que han hecho los anarquistas es construir un muro, como ven fui un adelantado a mi tiempo».
Era una especie de festival 24 horas al día, los siete días de la semana. Pero llega un punto en que hay que comenzar a preguntarse cosas más mundanas: ¿quién se ocupa de la seguridad y de la salud? ¿Qué pasa los vecinos que quieren dormir de noche y no pueden hacerlo a causa de los vecinos que no quieren dormir de noche? ¿Quién limpia toda esta mugre? Y sí, cuando aparece el mal olor la gente empieza a tomar conciencia que hace falta algún tipo de organización.

El asunto se pone turbio
Con el paso de los días lo que ocurría barricadas adentro comenzaba a alejarse de la sociedad ideal que algunos alucinaron. Alguien que intentó resolver una discusión en forma violenta, alguien que tomaba lo que no le correspondía… los viejos vicios de la sociedad humana.
Fue un rapero, Raz Simone, quien tomó el control armado del lugar y, según CNN, se convirtió en el líder de facto y fue filmado entregando armas a otros activistas. Las cosas empezaron a ponerse pesadas y diversos medios de prensa fueron expulsados de la zona autónoma.
Afuera de la zona autónoma las opiniones estaban divididas. Algunos lo veían como un experimento social positivo y progresista, otros como un acto de separatismo. Las autoridades municipales, del partido demócrata, miraban con buenos ojos esta situación, hasta que la tragedia dijo presente.

La parca dice presente
El 20 de junio un joven de 19 años fue asesinado de un disparo por, se sospecha, activistas. Desde entonces los tiroteos se hicieron habituales en la CHAZ. Por otra parte, una serie de propietarios y empresarios perjudicados por la situación, demandaron al municipio por su falta de intervención en el conflicto y ser cómplices en la privación de su derecho de propiedad.
En la madrugada del 29 de junio, otro tiroteo en la zona dejó un menor de 16 años muerto y a otro de 14 años en estado crítico con heridas de bala. Entonces, las autoridades decidieron salir de la modorra. La jefa del Departamento de Policía de Seattle, Carmen Best, definió la situación como «peligrosa e inaceptable» y dijo a los periodistas: «Ya es suficiente. Necesitamos poder regresar al área».
Y así fue que el 1 de julio los uniformados volvieron a las calles de Capitol Hill. No hubo actos de resistencia importantes. Los hechos violentos con dramáticas consecuencias, y la ausencia de reglas de convivencia claras fueron derribando las barricadas. Tan solo tres semana duró la utopía.
No podemos decir que haya sido un total fracaso la Zona Autónoma de Capitol Hill, porque de diversas maneras visibilizó reclamos, generó debate global y mostró formas alternativas (aunque imperfectas) de organización. A veces el impacto político no está en la duración, sino en lo que se instala en la conversación pública.




