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Crónicas al Voleo

Los argentinos del Titanic

Los argentinos del Titanic
Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)

¿Quién no ha escuchado hablar del RMS Titanic?. El fabuloso y gigantesco transatlántico ideado y construido en los astilleros de Harland & Wolff de Belfast que a las 12.13 hs. del miércoles 31 de mayo de 1911 tocó por primera vez las aguas del Mar Irlandés. Fue ante una concurrencia que, según las crónicas de la época, superó las cien mil personas. Se consideró una de las tres joyas del astillero irlandés, tríada completada por el RMS Olympic y el HMHS Britannic

Cuando fue botado no era más que un enorme cascarón aún desprovisto de todos los elementos que lo convertirían, un año después, en la nave más grande, lujosa y sorprendente que se pasearía por los siete mares. Al menos esa era la intención cuando el 10 de abril de 1912 zarpó desde el puerto de Southampton con rumbo al puerto francés de Cherburgo para luego internarse en las frías aguas del Océano Atlántico con destino final en Nueva York, en lo que sería su viaje inaugural (y final, ya se sabe).

Entre los más de 2.200 pasajeros y tripulantes se contaba desde varias de las personas más ricas de Europa y de Estados Unidos hasta humildes migrantes que zarparon con el deseo de encontrar nuevas oportunidades en la tierra prometida de América. Entre ellos había dos argentinos

La camarera bahiense

Violet Constance Jessop había nacido en Bahía Blanca; era la mayor de los nueve hijos que habían tenido los inmigrantes dublineses William Jessop y Katherine Kelly, quienes se dedicaban a la cría de ganado lanar. Durante su adolescencia contrajo tuberculosis y los médicos le pronosticaron no más de tres meses de vida. Bueno, por aquel entonces los diagnósticos no parecían muy precisos.

En 1903, tras la muerte de William, la familia se mudó a Inglaterra. Primero estuvieron en Liverpool pero finalmente se establecieron en Londres, adonde Katherine comenzó a trabajar como camarera para la compañía naviera Royal Mail Line. Cuando 5 años después la jefa de la familia enfermó, Violet debió hacerse cargo de su familia. Ante la necesidad de obtener ingresos reemplazó a su madre en la línea naval con 17 horas diarias de trabajo y un sueldo casi miserable.

En septiembre de 1910 fue contratada por la White Star Line y destinada, primero, como camarera del RMS Majestic y, un año después fue transferida al nuevo transatlántico de la empresa, el RMS Olympic, que entonces era el barco más grande y lujoso del mundo. El dominio del castellano y del inglés, junto a una buena apariencia y un carácter encantador, fue fundamental en su contratación.

La inundible

Fue a bordo de este buque que Violet tuvo su primer cara a cara con el peligro. El 20 de septiembre de 1911 el Olympic chocó contra el buque de guerra HMS Hawke frente a las costas del sur de Inglaterra, cuando éste quedó atrapado en su enorme estela. A pesar de sufrir la perforación del casco y daños en una hélice, no se registraron heridos y, gracias a la pericia de su Capitán, Edward John Smith, logró llegar al puerto de Southampton. Gracias a esta demostración de eficacia, Smith,  un año más tarde, sería designado al mando del Titanic.

Jessop también fue incluida entre el personal de servicio del nuevo rey de los mares. Aun cuando se sentía muy cómoda en el Olympic la mejora en la paga y las fascinantes características del Titanic la convencieron de cambiar de embarcación. Así que allí estaba la argentina aquel 10 de abril de 1912, junto a otros 200 camareros (y camareras, aunque tan solo eran 23 mujeres) contratados para servir a los pasajeros más pudientes en aquella monstruosa embarcación de más de 250 metros de eslora.

Aguas heladas

La fatídica noche del 14 al 15 de abril, a 600 kilómetros de la isla de Terranova, y luego de pegársela contra un iceberg que le hizo un hueco por debajo de la línea de flotación, llegó el anuncio menos esperado: el Titanic se iría al fondo en menos de dos horas.

«Me ordenaron que subiera a cubierta. Calmos, los pasajeros paseaban. Me reuní con otras camareras, mirando a las mujeres que abrazaban a sus esposos antes de bajar a los botes con sus hijos. Un poco después, un oficial del Titanic nos ordenó que abordáramos el bote número 16 para mostrarles a otras mujeres que era seguro. A medida que el bote descendía, un oficial me dijo: «Señorita Jessop, tenga. Cuide a este bebé». Y me arrojó un bulto al regazo. Era un hermoso bebé que abracé para darle calor en la helada noche del Atlántico Norte».

Horas después, mientras la yegua de Kate Winslet mandaba a Leonardo Di Caprio a dormir con los peces, Violet y sus ocasionales compañeras de desgracia eran rescatadas por el HMS Carpathia. Ese día comenzó a forjarse el apodo que la acompañaría de ahí en más: «la inundible». En su adolescencia los médicos le habían pronosticado no más de 3 meses de vida. No pudo la tuberculosis, no pudieron los accidentes en alta mar. Murió en 1971, a los 83 años, el bucólico pueblito inglés de Great Ashfield.

El cordobés con el corazón roto

El otro argentino en el Titanic era cordobés de ascendencia británica. Spoiler: no tuvo tanta suerte. Su nombre era Edgard Andrew y había nacido en la estancia El Durazno en 1895. El Durazno (actualmente San Ambrosio) se encuentra a 25 km. al sureste de Río Cuarto y por entonces era propiedad de Ambrosio Olmos, exgobernador de Córdoba y amigote de Julio A. Roca.

Sus padres, Samuel Andrew y Annie Robson, habían llegado de Yorkshire y tuvieron ocho hijos, de los cuales Edgard era el menor. Con los años Samuel se convirtió en administrador de la estancia. Cuando tenía 16 años, Andrew viajó a Inglaterra para estudiar ingeniería. Un año después decidió volver a Argentina para contraer matrimonio con Josefina «Josey» Cowan, un año menor que él y también descendiente de británicos afincados en lo que hoy es el porteño barrio de Belgrano.

Ya con el ticket del Titanic en la billetera, Edgard recibió una carta de su prometida que le anunciaba que partía hacia Gran Bretaña para encontrarse con él. Impedido de suspender el viaje, Andrew le responde con una misiva en la que expresaba su desazón por no poder encontrarse. En uno de sus párrafos, el riocuartense expresa «figúrese Josey que me embarco en el vapor más grande del mundo, pero no me encuentro nada orgulloso, pues en estos momentos desearía que el Titanic estuviera sumergido en el fondo del océano».

Debe haber alguna especie de dios jodón que habrá dicho: «lo quieres, lo tienes».

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