En esta sección te invitamos a conocer las historias de aquellos altagracienses viviendo en diferentes partes del mundo. AGNoticias dialogó con Luciana quien pasó de manejar por las calles de Alta Gracia a cuidar niñas en Troyes, entre baguettes, reglas estrictas y aprendizajes diarios. En esta nota, cuenta cómo es realmente emigrar: el idioma, la soledad, el choque cultural, pero también la alegría de atreverse al cambio y construir una nueva vida.
En AGNoticias la sección «Altagracienses por el Mundo» ya es un clásico de nuestro portal informativo. Un espacio dónde les acercamos los lectores historias de vecinos, amigos o familiares que dejaron su ciudad natal y que ahora están viviendo diferentes experiencias alrededor del mundo. En esta oportunidad, conocemos más a la altagraciense Luciana Torchia.
La joven tenía una idea rondando en la cabeza desde hacía años: quería probar suerte como Au Pair en otro país. Pero no era sólo por viajar. “Necesitaba un cambio en mi vida. Algo personal, pero también cultural”, relató.
Y ese deseo se volvió más urgente cuando comenzó a sentirse incómoda en su entorno. “Había varias cosas que ya no me estaban gustando de mi ciudad. Entonces entendí que no iba a cambiar la gente. Era yo la que tenía que cambiar de lugar”.


Así fue como, con coraje y sin garantías, decidió soltar su rutina en Alta Gracia —donde trabajaba como taxista— para probar suerte en el exterior.
El destino fue Troyes, una ciudad al noreste de Francia, de esas que parecen salidas de un cuento, con tejados antiguos, calles ordenadas y un ritmo más pausado que el de las grandes capitales.
Primer viaje al exterior: un salto al vacío con red
Luciana llegó a Francia hace diez meses, sin haber vivido nunca antes fuera de Argentina. Su punto de partida fue el programa Au Pair, que le permitió viajar con alojamiento, comida y un ingreso fijo a cambio de cuidar a las hijas de una familia francesa.


Y el azar le sonrió: “Afortunadamente mi host family es mejor de lo que imaginé. Son muy atentos, me cuidan, me incluyen en su familia. Tenemos muy buena relación con las niñas y con sus padres”.
La convivencia, según comentó, fluye con naturalidad, aunque reconoce que no siempre es fácil. “Lo complicado a veces es diferenciar cuándo estás trabajando y cuándo no. Pero si se habla, se puede manejar”.


Lo dulce y lo duro de ser Au Pair
Ser Au Pair tiene varias ventajas: “Es una buena oportunidad para empezar en otro país, porque tenés casa, comida y un sueldo asegurado”, explicó. Además, convivir con nativos es una de las formas más eficaces de aprender un idioma desde lo cotidiano.
Sin embargo, no es todo sencillo. “El trabajo está muy ligado a la convivencia. Eso puede ser desgastante si no se ponen límites claros. Pero yo tuve suerte: mi familia es muy respetuosa”.

En paralelo, Luciana sigue perfeccionando su francés. Aunque estudió un año y medio antes de viajar, ahora asiste a clases con un profesor nativo.
Su objetivo es rendir el DELF, un examen que certifica el nivel de francés para extranjeros. “Sigo aprendiendo todos los días”, sostuvo, con entusiasmo.
¿Cómo es la realidad de conseguir trabajo y vivienda en el extranjero?
A pesar de que el programa le ofreció una base sólida para arrancar, la joven sabe que no todos los caminos en Francia son tan allanados. “Conseguir trabajo acá es complicado si no tenés los papeles en regla. Son muy exigentes y burocráticos en todo lo que es legalidad y documentación”, advirtió.
En su caso, el hospedaje está incluido dentro del contrato con la familia, por lo que no tuvo que salir a buscar alquiler. Pero eso también tiene su contracara:


“No sabría decir mucho sobre cómo conseguir vivienda, pero lo que sé es que no es tan fácil como todos creen. No es cuestión de llegar y alquilar. Hay trámites, avales, y mucha competencia, sobre todo en las ciudades más grandes”.
El mensaje que deja es claro: emigrar es más complejo que armar una valija. Hay que tener en cuenta leyes laborales, permisos de residencia, seguros y regulaciones. “Yo recomiendo el programa Au Pair porque te da un marco legal y de contención. Pero si venís por fuera de eso, tenés que estar muy bien informado y con todo en regla”, señaló.


Adaptarse a la vida francesa: semáforos, chocolate y frío
Troyes le ofrece a la altagraciense un estilo de vida más ordenado, limpio y tranquilo. Le gusta la educación y el respeto de la gente, muy distinta de la imagen que muchos tienen del francés promedio.
“No son fríos ni maleducados como se dice de los parisinos. Acá son muy amigables”.
También la enamoran sus paisajes, la estética de las calles, y sobre todo, la comida: “El queso, el vino, el pan y el chocolate… todo es riquísimo. Menos los caracoles, que los probé pero no me gustaron nada”.


Eso sí, adaptarse al clima europeo le costó un poco: “En invierno, a las 16:30 ya es de noche. Eso fue raro al principio”. Aun así, dice que el tiempo es similar al de Córdoba: “Un rato sol, otro rato lluvia… y a veces todo junto”.
Una de las anécdotas más insólitas de su estadía la protagonizó sin querer, al pasar un semáforo en amarillo. “Venía rápido y no llegué a frenar. La parte de atrás del auto pasó cuando ya estaba en rojo. Me llegó una multa de 90 euros. Ahí entendí que en Francia no se puede confiar en los semáforos como en AG, donde no te multan por eso”.


Un consejo desde la experiencia: no dejarse ganar por el miedo
Luciana no idealiza su experiencia, pero sí la valora profundamente. Y tiene un mensaje claro para quienes están pensando en emigrar:
“No apuren las cosas. Todo pasa en el momento que tiene que pasar. El miedo siempre va a estar, pero no hay que dejar que te paralice”.


“Yo vine con miedo. No sabía cómo iba a ser mi vida acá. Y hoy estoy agradecida de no haberme rendido. De haberme animado. Y si algo salía mal, siempre iba a poder volver a casa”, afirmó, con esa mezcla de decisión y ternura que se escucha en quien aprendió a confiar en sí misma, lejos del lugar de siempre.
¿Volver a Argentina?
Toda persona que emprende un viaje para irse a vivir a otro país lejano y ajeno, lleva consigo en su memoria los recuerdos de los seres queridos que dejó atrás. La joven habla con una mezcla de nostalgia y gratitud cuando recuerda su vida anterior.
“Extraño sobre todo a mi familia, mis amigos, y mi trabajo de taxista. Ir a la cancha a ver a Talleres, juntarme con los chicos, comer un asado, salir a los bailes”.

Aunque hoy se siente cómoda y agradecida con la vida que construyó en Francia, Luciana no tiene una respuesta definitiva sobre su regreso a Argentina. “Por el momento no sé si quiero volver a vivir allá”, admitió con sinceridad. “Me gusta mucho la forma de vida europea y estoy bien viviendo acá, pero sí me gustaría ver a mi familia y mis amigos”.
“Sé que siempre puedo regresar. Eso también es una tranquilidad”, dice. Y en ese equilibrio —entre lo que la empujó a irse y lo que la sigue atando a su tierra— se mueve hoy su vida. Sin certezas absolutas, pero con la convicción de que animarse fue su mejor decisión.




