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Ha muerto el Indio poeta

Ha muerto el Indio poeta
Por Germán Tinti (especial para AGNoticias)

Una noche de primavera nos encontramos, como era habitual los viernes y sábados, en una mesita de Ojalá, el pub que fue precuela de María María, el último boliche icónico que queda en Córdoba. Todavía hoy sigue siendo uno de los lugares más lindos del casco céntrico de la ciudad, aun cuando modernos edificios han reemplazado a las viejas casonas que le daban un aire casi decimonónico al sector.

Atravesábamos una prolongada huelga de docentes universitarios que a muchos nos hizo replantear objetivos futuros y ver qué hacer para llenar el tiempo libre. Lectura, música, cine, autitos scalextric, trasnoches en el Bar del Teatro, que hoy es un quiosco frente al Patio Olmos, que entonces era una escuela abandonada y sus portales su usaban para transas y como baño público. Ensayo general para la farsa actual.

«Todo un palo»

Si bien Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota habían sacado su primer disco, «Gulp», en 1985 y un año después editarían «Oktubre», continuaban siendo una banda de bajo perfil. Una banda de la que conocíamos noticias cuando alguno viajaba a Buenos Aires y podían asistir a alguno de sus conciertos en Cemento, el Parakultural, el Café Einstein o algún otro mítico templo del under porteño.

Por eso, cuando «Avichuela» Silva llegó al bar y dijo que tocaban «Los redonditos» el primer gesto fue de moderado interés. La cosa cambió cuando nos enteramos del precio de las entradas: era ridículamente bajo y ese detalle nos decidió. Entonces partimos hacia Asociación Española (antiguo Redes Cordobesas, actual Polideportivo General Paz).

Hacía poco que el intendente Mestre había modificado el sistema de transporte. O sea que debimos hacer averiguaciones para saber que bondi nos llevaba a 24 de Septiembre y Roma. Luego de un breve viaje y tras hacer una pequeña cola en la vereda de 25 de Mayo, ingresamos al tinglado donde el equipo de Asociación Española jugaba sus partidos de la Liga Nacional de Básquet. Decir que éramos doscientos podría ser una exageración.

«El rock como todo llanto»

Un pequeño tablado, despojado de toda escenografía, con una pila de bafles a cada costado constituía el escenario montado enfrentado a la pequeña tribuna del recinto. Cuando las luces del tinglado se apagaron y se encendieron las del proscenio, apareció un frontman con pinta de oficinista en un after. El Indio Solari, si bien tenía unas bien marcadas entradas, no estaba calvo ni usaba gafas permanentemente. (Las malas lenguas dicen que adoptó ese look una vez que Luca Prodan murió, lo que ocurriría pocas semanas después. Pero aquí, gracias a dios, uno no cree en lo que oye).

Fue una aplanadora, una clase magistral de rock ininterrumpido. Solari solamente habló dos veces. «Vamos a mover un poco el culito» dijo a modo de saludo inicial antes de arrancar con el hasta entonces inédito «Ella debe estar tan linda». Y algo así como «muchas gracias y buenas noches» cuando, junto a Skay Beilinson (guitarra), Semilla Bucciarelli (bajo), Walter Sidotti (batería) y Sergio Dawse, abandonaron el escenario después de casi dos horas de show.

El sonido era bastante deplorable, pero en realidad eso no era ninguna novedad para la época. Solamente artistas consagrados podían darse el lujo de sonar bien, y a veces ni siquiera ellos. Los equipos eran precarios y los lugares donde se hacían habitualmente los recitales (Atenas, Juniors, el Estadio del Centro, la propia Asociación Española, a veces Hindú) no tenían infraestructura alguna para que el sonido fuera aceptable.

Crónicas posteriores darían cuenta que la banda adelantó material de su siguiente disco, «Un baión para el ojo idiota», además de temas de sus dos primeras placas. Uno de los éxitos de la noche fue el siempre inédito «Un tal Brigitte Bardot», pero puedo asegurar que el 98 por ciento de los allí presentes no conocíamos ninguna letra.

«Salando las heridas»

Fue el principio de un camino. Los redondos se convirtieron en parte de la vida de muchos de mi generación, y la posterior, y la posterior también. De un hito musical se convirtió prácticamente en un movimiento social. En definitiva, se hizo el torbellino que hoy suena en la radio. Mordimos el anzuelo una vez más.

La historia es vastamente conocida. Los multitudinarios recitales en localidades alejadas y casi insólitas. Los numerosos fanáticos que se trasladaban cientos de kilómetros en una procesión pagana que asombraba a propios y extraños. Pueblos desbordados y autoridades en pánico. Maldición, fueron días hermosos.

El artista bonaerense Alejandro Cides recuerda el fallido recital de 1997 en Olavarría. «Fue en la intendencia del viejo Helios Eseverri. Los Redondos ya estaban aquí, alojados en el hotel Savoy. En el club Estudiantes las vallas estaban puestas y la gente que hacía cola ya estaba empezando a ingresar y el viejo decidió suspender el recital. Y al otro día se produjo un hecho histórico: los Redondos dieron su primera y única conferencia de prensa».

Ese mismo año, pero unos meses después, se presentaron en el estadio Brigadier López del Club Atlético Colón de Santa Fe. El fotógrafo bellvillense Gabriel Orge recuerda la experiencia: «El estadio estaba rodeado de gente, hubo tiros en la previa y cuando empezamos a entrar al estadio nadie te recibía la entrada. Todos podíamos entrar y cuando ingresamos la cancha tenía 20 centímetros de agua, toda inundada. Era una especie de pileta pública».

Si, esos recitales estaban llenos de bombas pequeñitas a punto de estallar. Era una característica más de una épica que trascendió las crónicas de música y se extendió en dos direcciones: los policiales y el turismo. Porque algunos recitales se convertían en un aliciente para lugares con potencial de convocar visitantes. Como aquel de Tandil que reemplazó al malogrado de Olavarría, o el de Salta en el 2000. También se presentaron en localidades inesperadas, como la discoteca Flop de Villa María, o en el pub L’Etoile de San Carlos Centro en la provincia de Santa Fe.

Todo este palabrerío para venir a expresar mi dolor y mi nostalgia por el fallecimiento del paranaense Carlos Alberto Solari. El Indio. Una copa de lo mejor en nuestras vidas. Vas a andar esa ruta hoy, cuando anochezca. ¿Qué podría ser mejor? Eso no nos arregla.

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