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Crónicas al Voleo

El fotógrafo, el buitre y el niño que no agonizaba

Por Germán Tinti

 

A los cordobeses de más de 40, el  nombre Soweto nos es familiar porque en el Orlando Stadium, de esa barriada del sudoeste de Johannesburgo, el 28 de marzo de 1981, Santos Benigno Laciar noqueó a Peter Matebula, el crédito local,  y obtuvo su primer título mundial de boxeo.

“Tenía 22 años recién cumplidos y fui a pelear a una sociedad completamente diferente a la nuestra. En ese lugar tuve la suerte de alcanzar el campeonato del mundo en una época dificilísima, en la que había entre 60 y 70 muertes por fin de semana. Fue hostil. Muy difícil”, recordará “Falucho” años más tarde.

Soweto no era un lugar más. En 1976 un grupo de estudiantes negros inició una protesta en contra de la disposición por la que se imponía la utilización del afrikaans (idioma de origen neerlandés utilizado por la minoría blanca de Sudáfrica) en detrimento del inglés y de las lenguas aborígenes. Estas protestas –que sumaban además fuertes reclamos anti apartheid– tuvieron un trágico final. La represión que el gobierno de Nicolaas Diederichs realizó el día 16 de junio dejó un saldo 566 niños muertos.

Dos años después del paso del púgil de Huinca Renancó por Soweto, comenzaría a recorrer esas calles un fotógrafo principiante, que cubría para The Johannesburg Star los constantes enfrentamientos entre la población negra y las fuerzas de seguridad del régimen racista que se imponía formalmente en el país desde 1948.

Kevin Carter había nacido el 13 de septiembre de 1960 en Johannesburgo. Blanco, de clase media, pertenecía a la “casta privilegiada” de una sociedad injusta y dividida, pero que empezaba a sentir fuertes cimbronazos de inconformismo. En su juventud tomó conciencia de las aberrantes desigualdades que imponía el apartheid y descubrió que una forma de denunciarlo era a través del fotoperiodismo. Después de algunas coberturas deportivas, se enfrentó a la prueba de fuego: los continuos disturbios de Soweto se convirtieron en su lugar de trabajo. Allí conoció colegas que se convirtieron en amigos y en verdaderos hermanos de la vida (y de la muerte también).

En las violentas calles del populoso suburbio se encontró y compartió años de trabajo y amistad con Greg Marinovich, João Silva y Ken Oosterbroek. Los cuatro conformaron un verdadero equipo y se autobautizaron como el “Bang Bang Club”. Sus fotografías llevaron la lucha para derrocar el racismo enquistado en el poder surafricano a los diarios de todo el mundo. En 1990 Mandela fue liberado tras 27 años de encierro en la prisión de la Isla Robben, pero la violencia no se detuvo; más bien recrudeció, azuzada por grupos supremacistas blancos que incitaban el enfrentamiento entre distintas tribus. Los miembros del Bang Bang Club, una auténtica “Band of Brothers” de la fotografía de guerra, seguía recibiendo su alimento de brutalidad a través del objetivo de sus cámaras.

Greg Marinovich, Joao Silva, Kevin Carter and Ken Oosterbroek, el «Bang, Bang, Club» (fotograma de la película «The Bang Bang Club», de 2010)

En 1993, Carter viajó a Sudan a cubrir la guerra y la hambruna que la población sufría a causa del conflicto armado. A poco de aterrizar en Ayod, junto con una misión de ayuda internacional, tomó la fotografía que lo haría mundialmente famoso… e injustamente prejuzgado. La imagen es icónica y es un claro ejemplo de cómo se puede transmitir un mensaje de atroz contundencia sin emitir una sola palabra. Pero también nos confirma que no todo es lo que parece.

La toma fue publicada inmediatamente en The New York Times y tuvo repercusión absoluta. El mundo vio una niña agonizando y un buitre esperando el momento de hacerse un festín. El mundo tuvo a la vista el horror que se vivía en ese lejano país africano. El mundo prefirió caerle a Carter por no haber salvado a la pobre niña. Una vez más se desdeñaba el mensaje y se ejecutaba al mensajero.

A Kevin Carter lo acusaron de ser el segundo buitre. Al día siguiente, el diario neoyorquino recibió un tsunami de cartas de lectores indignados. Todo el mundo, empezando por su propia familia, cuestionó al fotógrafo por dejar morir a una criatura inocente  La imagen generó una historia independiente de la realidad.

El 18 de abril de 1994, mientras cubría disturbios en los suburbios de Johannesburgo, su amigo Ken Oosterbroek recibió un disparo mortal. Carter no estaba allí porque se encontraba dando una entrevista porque seis días antes le habían comunicado que le habían otorgado el Premio Pullitzer.  El golpe fue desbastador.

“Para poder hacer ese trabajo es necesario blindarse, armarse de una coraza emocional – dice John Carlin, el periodista inglés autor de “El factor humano”– No se puede responder a lo que uno ve como un ser humano normal. La cámara funciona como una barrera que lo protege a uno del miedo y del horror, e incluso de la compasión. Carter y sus tres camaradas dormían poco, además, y consumían drogas de todo tipo. Pasaban sus días y sus noches en un acelere mental y en un estado de anestesia emocional casi permanentes. Si se hubiesen detenido un instante a reflexionar sobre lo que hacían, si hubiesen permitido que los sentimientos penetraran la epidermis, habrían sido incapaces de hacer su trabajo.”

La noticia de la muerte de su amigo derrumbó el muro emocional que describe Carlin. Todo dejó de tener sentido y la violencia, el sufrimiento y la muerte que fue registrando en negativos de 35 mm se volvieron insoportables y, pocos meses después de recibir el Premio Pullitzer por la macabra fotografía, Carter se suicidó inhalando monóxido de carbono en su auto, en un apacible parque de Johannesburgo donde solía jugar cuando era niño.

Con el tiempo se derrumbaron los mitos que convirtieron erróneamente a Kevin Carter en un personaje infame. En realidad, la niña de Sudan era un niño. No estaba agonizando y se encontraba registrado en un centro de entrega de alimentos ubicado a 20 metros del lugar (tiene una pulsera identificatoria en la muñeca). El niño, llamado Kong Nyong no murió sino hasta 2007.

Dejemos que John Carlin nos dé el epílogo: “El entorno era alocado, pero el trabajo era importante. Si se hubieran quedado en sus casas o se hubieran expuesto a menos peligro, habría habido más muertos, menos presión política para acabar con la violencia. Ésta era la contribución de Carter a la causa de sus compatriotas negros.”

 

 

 

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