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Crónicas al Voleo

El centenario del equipo de mi viejo

El centenario del equipo de mi viejo
Por Germán Tinti, para Crónicas al Voleo

El pasado viernes 20 de noviembre cumplió 100 años el Club Atlético Huracán de Córdoba, una humilde institución que nació en la casa de Zenón Gutiérrez, en el barrio Providencia; ese sector de la ciudad limitado por la perezosa curva en la que el río Suquía rodea a la isla ahora llamada de los Patos, la calle Santa Fe que aún lucía su histórica recova, y la avenida Castro Barros a la altura de la vieja Casa Cuna –que cuida a los niños cordobeses– y la escuela Hipólito Yrigoyen, que los educa.

Viejo estadio de Huracán de Córdoba, el primero iluminado de Argentina (y de Latinoamérica)

En estas situaciones es de rigor realizar mención de las grandes victorias del club (el palmarés, dirían en España); de las figuras deportivas que vistieron sus colores y los hicieron trascender en el tiempo. Y vaya si Huracán ha tenido futbolistas que aportaron prestigio y gloria al auriverde. Tal vez baste nombrar al inolvidable José Luis Cucciufo, que desde barrio La France (locación actual del club) llegó a sentir el peso que tiene la dorada Copa Mundial de la FIFA en los más de dos mil metros del DF. Ni hablar del genial Salvador Mastrosimone o el gran arquero Manuel Serrano.

Apellidos ilustres

Pero esta práctica siempre es injusta, porque siempre quedan nombres en el tintero. Además, como es casi una tradición en muchos clubes de la Liga Cordobesa de Fútbol, hay apellidos ilustres que jalonan sus historias. Así como los Salvatelli se asocian a Talleres, los Chiatti y los Griguol a Las Palmas y los Videla son una referencia ineludible de nuestro All Boys vernáculo; los Brane, los Olave, los Algarbe y los Cragnolini tienen su árbol genealógico enraizado en Huracán.

Como periodista me tocó seguir aquella campaña del ’93 en la que el Luminoso tocó el cielo con las manos, cuando se consagró Campeón de la Primera División de la Liga Cordobesa de Fútbol y, en consecuencia, clasificó al maratónico Torneo de Interior. Huracán trascendía las fronteras futbolísticas de Córdoba. La alegría del entonces Presidente, el “Gallego» Martínez, y la del eterno representante ante la Liga, don Alejandro Sampietro, es muy difícil de describir con palabras.

Siempre me gustó ir al «Reginaldo Justo Cáceres», conversar con los dirigentes e hinchas del globito, ver el orgullo con que mostraban cada pequeña mejora que hacían en un estadio que tal vez haya conocido tiempos mejores; pero que (como tantos otros clubes) supo sobrevivir a períodos muy difíciles para el fútbol amateur de la ciudad de Córdoba, gracias a la iniciativa, el ingenio y el sacrificio de sus directivos, socios y –que duda cabe– los integrantes de sus planteles deportivos, siempre en crecimiento.

Mi viejo, el hincha de Huracán
A través de generaciones

Pero fundamentalmente, Huracán era el equipo del que era hincha mi viejo. El tipo nunca fue un fanático y yo solamente lo vi ir dos veces a la cancha. En realidad porque fueron las únicas veces que fui a ver un partido con él, los dos fueron en el Mundial de 1978: la goleada de Alemania sobre México y el histórico triunfo de Austria sobre los defensores de la corona (que además fue la única vez que mi vieja y mis hermanas fueron juntas a un partido).

Sin embargo, el viejo –que de chico dejaba todo para ir a jugar a la pelota con sus compañeros del Quintino Bocayuva y sus amigos del barrio, algunos de los cuales lo acompañaron toda la vida– siempre recordaba que en la infancia y adolescencia solía seguir al luminoso, sortear la poco rigurosa vigilancia del policía montado y colarse en la cancha que ya no era la famosa, la que tuvo el primer sistema de iluminación de Córdoba (“de Latinoamérica” me corregirán los hinchas del globito cordobés). Y si bien no expresaba euforia futbolera, nunca se perdía los grandes acontecimientos y en casa nunca faltó una pelota para patear en el fondo (poniendo en serio riesgo a las plantas que primorosamente cuidaba mi vieja) o para correr detrás de ella en las arenosas canchas del Santo Tomás.

Y el cariño por la auriverde se trasladó a varios de sus nietos, que cada vez que coinciden en Córdoba aprovechan para acompañar al tío (o sea, yo) al pasaje Martín de Garayar para hacerle el aguante al Huracán de barrio La France.

Ene de nada

Otra persona cercana a mis afectos que identifico con el Club Atlético Huracán es Luis N. Pérez, uno de los mejores tipos que tuve la suerte de conocer en mi paso por la Escuela Superior de Periodismo Obispo Trejo y Sanabria (hoy C.U.P.). Luis cumplía funciones administrativas en el instituto conducido por su hermano, Miguel Argentino y, si bien no ejercía la docencia en las aulas, nunca dejaba (nunca deja) pasar la oportunidad de enseñarnos a través de su experiencia vital. Cuando le pregunten qué significa la «N» de su nombre dirá: «Te voy a contestar como contestaba Leandro N. Alem esa misma pregunta: ene significa “Nada”.  Siempre tenía (tiene) un rato para tomar un café y conversar; sabía (sabe) escucharnos, nos entendía y disfrutaba compartir el tiempo con nosotros.

Junto a Luis N. Pérez, un tipazo. También «luminoso».

Solía contarnos, a los más futboleros que transitábamos por esas aulas, que en su juventud, había integrado el equipo de Huracán que jugó definió el torneo de Segunda de la Liga Cordobesa de Fútbol de 1954 en un cuadrangular en el que también participaron Universitario, San Lorenzo y Sportivo Alta Gracia. El partido ante los «estudiosos» se jugó en el estadio de Instituto y la columna mercurial ese tórrido sábado merodeó los 50 grados. El tiempo reglamentario terminó 3 a 3 y del suplementario solo se jugaron unos pocos minutos. De común acuerdo, el árbitro, los dirigentes de ambos clubes y autoridades de la Liga decidieron suspenderlo. Días después, el Intendente cordobés prohibió que su jugaran partidos en ese horario (tres de la tarde) durante la época estival,  por ese motivo la definición se jugó en Alta Gracia… a las tres de la tarde.

El barrio y Huracán, un legado

Contemporáneos, mi viejo y Luis se cruzaron en su infancia y adolescencia; las calles de barrio San Martín eran el paisaje común. No tengo certezas de que hayan sido amigos pero sin dudas se conocían. Ambos tenían precisas referencias personales y familiares del otro, y expresaban –cada cual por su lado– un gran respeto mutuo. No descarto (en realidad, me gustaría que haya sido así) que más de una vez hayan alentado al Luminoso juntos, pero eso entra en el terreno de la imaginación. También es muy probable que se hayan enfrentado (o compartido equipo) en furiosos y largos picados en la Plaza de los Burros o en los baldíos cercanos a la Cervecería Río Segundo (donde laburaba mi nono).

Para terminar, una certeza que tal vez esté un poco fuera de contexto, pero es indispensable decirlo de una vez: aun cuando mis pasiones futboleras acompañan otros colores, el Luminoso es el club que tiene la camiseta más linda de la Liga Cordobesa de Fútbol.

Feliz centenario querido Club Atlético Huracán. Gracias por estos recuerdos.

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