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Amapolas de noviembre

Amapolas de noviembre
Por Germán Tinti, para Crónicas al Voleo

Amapolas de noviembre. Profundamente conmovido por la muerte del teniente Alexis Helmer –su discípulo y amigo caído en la segunda batalla de Ypres–, el Teniente Coronel Médico John McRae, perteneciente al Ejército Canadiense, garabateó unas líneas en su block de notas. Era el 3 de mayo de 1915 y en el aire de Flandes aún se respiraba el humo de la metralla. La leyenda dice que, disconforme con lo que había escrito, arrancó la hoja y la arrojó hecha un bollo. El papel fue recogido por el Sargento Cyril Allison que leyó las palabras de su superior y lo convenció de que intentara publicarlas.

Irónicamente, el poema «In Flanders fields» («En los campos de Flandes») que hablaba de las amapolas y de los caídos en combate fue publicado por una revista «satírico – festiva» según la habría catalogado el Negro Olmos, aquel profe de Historia del Periodismo. En diciembre de ese año la revista humorística inglesa «Punch»  incluyó en sus páginas la poesía que previamente había rechazado el prestigioso semanario «The Spectator».

«En los campos de Flandes crecen las amapolas.

Fila tras fila, entre las cruces que señalan nuestras tumbas.

Y en el cielo aún vuela y canta la valiente alondra,

Escasamente oída por el ruido de los cañones.

Somos los muertos.

Hace pocos días vivíamos,

Cantábamos, amábamos y éramos amados.

Ahora yacemos en los campos de Flandes»

Contra el enemigo continuad nuestra lucha,

Tomad la antorcha que os arrojan nuestras manos agotadas.

Mantenedla en alto.

Si faltáis a nuestra confianza,

Nosotros, los muertos, jamás descansaremos,

Aunque florezcan las amapolas en los campos de Flandes»

Su publicación generó una popularidad inusitada e inmediata. Sus versos fueron utilizados por la propaganda aliada para generar identificación en el frente, por los centros de reclutamiento británicos, franceses y americanos para convencer a aspirantes a soldados y para la venta de bonos de guerra para obtener fondos para sostener el conflicto bélico.

La paz en un vagón

Tres años y medio después, en un lujoso vagón de ferrocarril estacionado en un bosque en las afueras de Le Francport, un caserío cercano a Compiègne, a poco más de una legua de París, comenzaba el final de la más brutal guerra encarada por el hombre (hasta ese momento). Era el tren personal del Comandante Supremo de las fuerzas aliadas, el Almirante francés Ferdinand Foch. Con él se encontraban los representantes británicos, Almirante Rosslyn Wemyss y Contralmirante George Hope. En representación de Alemania estaban Matthias Erzberger, político civil que era el jefe de la comitiva germana, el conde Alfred von Oberndorff en representación del Ministerio de Relaciones Exteriores, el Mayor General Detlof von Winterfeldt, del Ejército y el Capitán Ernst Vanselow, de la Marina.

A las 5.45 del lunes 11 de noviembre, el anfitrión, Almirante Foch, estampó su firma en un documento. Fue el último de los presentes en suscribir el Armisticio por el cual se ponía fin a la lucha en tierra, mar y aire en la Primera Guerra Mundial entre los Aliados y su oponente, el Imperio alemán. El acuerdo entró en vigor a las 11 de la mañana de París. Empezaba a acabarse una conflagración sangrienta y cruel y –a causa de las rigurosas sanciones y condiciones que se le impusieron al derrotado– comenzaba a gestarse una aún peor. Aunque quienes estaban en ese vagón en aquella brumosa madrugada de otoño ni siquiera lo sospechaban.

Amapolas para el recuerdo

Desde entonces, todos los 11 del 11 a las 11, en los países que integraron la Triple Entente (Francia, Reino Unido y Rusia inicialmente, luego se fueron sumando Bélgica, Italia, Portugal, Grecia, Serbia, Rumanía y Japón) se conmemora el Remembrace Day (Día del Recuerdo, también conocido como Día de los Veteranos), en que se homenajea a todos quienes lucharon en aquella trágica epopeya. Como distintivo de la fecha se suele lucir una amapola roja en la solapa, como aquellas que crecen entre las tumbas de soldados y que inspiraron a John McRae.

La idea de este distintivo se le ocurrió a la docente norteamericana Moina Belle Michael, a quien el comienzo de la Primera Guerra la sorprendió en tránsito entre Berlín y Roma. En la capital italiana colaboró para que miles de personas que se hallaban en su misma situación pudieran retornar a sus hogares. Apenas firmado el Armisticio de Compiègne escribió un poema en homenaje a McRae y a los caídos en la lucha («Oh! tú que duermes en los campos de Flandes / ten un dulce sueño, ¡para levantarte de nuevo! / Atrapamos la antorcha que arrojaste / Y manteniéndonos en alto, mantenemos la fe / Con todos los que murieron») y, desde aquel día, llevó en su pecho una amapola roja in memoriam.

Desventuras de un vagón

Hasta el vagón en que se firmó el Armisticio tuvo su propia historia después de aquel 11 de noviembre de 1918. Aquel distinguido coche de la Compagnie Internationale des Wagons-Lits fue utilizado también por Adolf Hitler. Fue para firmar el armisticio del 22 de junio de 1940 entre las autoridades del Tercer Reich alemán y los representantes del gobierno francés del mariscal Pétain (héroe de la Primera Guerra, villano en la Segunda). La ceremonia de firma tuvo lugar en Rethondes, a pocos kilómetros de Compiègne. A Adolf le gustaban estos gestos circulares.

Luego de la capitulación de Francia ante la Alemania Nazi, el CIWL n.º 2419 fue trasladado a Berlín para simbolizar la superioridad del III Reich sobre los vencidos. En los últimos días de la II Guerra Mundial, con Alemania agonizando y Berlín en ruinas, tropas de las SS volaron el vagón. Temeroso de que Alemania tuviera que firmar una nueva rendición en ese mismo vagón, el Führer ordenó destruirlo. En la actualidad se conserva un coche de la misma serie, decorado como el original, en el museo del bosque de Compiègne.

Amapolas para McRae

Nada de esto alcanzó a ver John McRae,. Si bien superó la media de supervivencia que tenían los soldados de la Primera Guerra (tan solo seis meses), murió de neumonía el 28 de enero de 1918. Fue en el hospital militar canadiense montado en Boulogne-sur-Mer, la ciudad donde vivió sus últimos años el General San Martín.

En su tumba del cementerio de Wimereux siempre hay amapolas rojas frescas.

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