En esta sección te invitamos a conocer las historias de aquellos altagracienses viviendo en diferentes partes del mundo. AGNoticias dialogó con Gisele quien dejó su negocio en Alta Gracia y cruzó el océano con su familia buscando seguridad, estabilidad y un futuro mejor para sus hijos. En Fuengirola, al sur de España, levantó un bar con alma argentina, aprendió a cocinar desde cero y construyó un espacio de encuentro en torno a la nostalgia y los sabores del país que extraña.
A veces, la decisión más difícil no se toma por necesidad económica. A veces se toma por miedo. Gisele y su marido vivían bien en Alta Gracia. Ella tenía un negocio que funcionaba las 24 horas sobre calle España, él manejaba su propio reparto.
“No estábamos mal”, expresó, como quien todavía repasa la cuenta emocional de aquel salto al vacío. Pero algo más fuerte los impulsó a irse: la inseguridad y la búsqueda de una vida más tranquila para sus hijos.


En ese momento sus hijos tenían seis y catorce años. “Nos dolía mucho ver cómo crecía la violencia, cómo se naturalizaban cosas que no deberían ser normales. Empezamos a pensar en irnos. Al principio lo hablábamos como un sueño, pero un día nos dimos cuenta de que era ahora o nunca”.
Vendieron todo: el negocio, el vehículo, lo acumulado. Prepararon carpetas, investigaron requisitos y armaron un plan para obtener la visa de trabajo por cuenta propia en España.
En su proyecto propusieron abrir un bar con impronta argentina. “Lo llamamos El Rincón Argentina, como una forma de mantener nuestra identidad, de llevar con nosotros algo del país que dejábamos atrás”.






Una ciudad entre el mar y los recuerdos
La ciudad elegida fue Fuengirola, en la provincia de Málaga, Andalucía. Ubicada en plena Costa del Sol, esta localidad costera es conocida por su clima templado, su turismo internacional y su diversidad cultural.
“Al principio nos sorprendió todo. Es un lugar hermoso, lleno de palmeras, playas infinitas, sol casi todo el año. Pero también fue un shock. Nunca habíamos viajado al extranjero. No sabíamos lo que era adaptarse a otro país, a otras reglas, a otras formas de hablar”.
Aunque el idioma oficial es el español, Gisele recordó que muchas veces no se entendían. “Hay palabras que significan otra cosa, frases que se interpretan diferente. Y encima, en Andalucía se habla rapidísimo. A veces sentíamos que estábamos aprendiendo un idioma nuevo”.






Levantar un bar desde cero
Una vez instalados, empezó el verdadero desafío: poner en marcha el bar. El primer obstáculo fue legal y técnico. En España, para trabajar en gastronomía hay que tener certificados específicos. “Tuvimos que hacer un curso de cafetería y bebidas. Viajábamos a otra ciudad, y era duro, porque estábamos empezando de cero, con chicos, con nervios. Pero conocimos gente maravillosa”.
Uno de esos encuentros fue clave: “El profesor del curso era un genio. Nos explicó todo con paciencia. Yo le hacía preguntas que no tenían nada que ver con el temario, y él siempre se tomaba el tiempo de responderme. Esa generosidad me marcó”.






Gisele había trabajado siempre como camarera. Pero en España le tocó aprender a cocinar. “Yo no cocinaba nada. Pero acá era eso o nada. Arranqué de a poco, con recetas argentinas, después fuimos mezclando cosas españolas. Aprendimos muchísimo. Hoy puedo decir que me gusta estar en la cocina”.
Su marido se encarga de la atención al público. El Rincón Argentina se convirtió en un espacio familiar, tanto por la atención como por la clientela.
“Acá hay muchos argentinos que están solos. En Navidad y Año Nuevo abrimos el bar, y cada uno trae algo para compartir. Hacemos una gran mesa, con empanadas, pan dulce, música. Es lo más parecido a estar en casa”.






Vivir en Fuengirola: postales de la Costa del Sol
Uno de los grandes atractivos de Fuengirola es el clima. “No hay invierno. Literalmente. Tenemos más de 300 días de sol al año. Podés ir a la playa en noviembre. Eso levanta el ánimo. Pero también hace que el costo de vida sea más alto”.
La vivienda es uno de los puntos más críticos. “Los alquileres son altísimos, y no hay mucha oferta. Todo el tiempo hay turistas, y muchos dueños prefieren alquilar por temporada porque ganan más»
«Nosotros estuvimos meses buscando, hasta que conseguimos algo que apenas nos cerraba». contó Gisele.






Conseguir trabajo, en cambio, no fue tan complicado. “Siempre que tengas los papeles en regla, hay opciones. En gastronomía, en limpieza, en atención al cliente. Lo importante es venir legalmente. Hoy sin documentación es casi imposible alquilar o conseguir algo estable”.
Hijos, identidad y el idioma que se transforma
Uno de los capítulos más sensibles fue la adaptación de sus hijos. El mayor, con 14, se integró más rápido. Pero el más chico atravesó un momento difícil.
“Cuando Argentina ganó el Mundial, él se emocionó, pero también empezó a extrañar muchísimo. Sentía que estaba perdiendo su forma de hablar. Se le mezclaban las palabras, empezaba a hablar como los chicos de acá. Un día nos dijo que no quería cambiar. Que no quería dejar de ser argentino”.




Fue un llamado de atención. Consultaron a un psicólogo, que les dio herramientas para acompañarlo. “Nos enseñó a respetar su forma de expresarse, aunque nos resultara extraña. A veces nos hablaba con modismos españoles, y en vez de corregirlo, aprendimos a responderle desde ese lugar. Queríamos que se sintiera contenido”.
Hoy el nene está integrado, contento, y hasta ayuda en el bar con pequeñas tareas. «Lo vemos feliz, y eso nos confirma que hicimos bien».
«A veces nos agarra la duda, el miedo. Pero verlos crecer tranquilos, seguros, sin miedo a salir a la calle, no tiene precio«.
El sabor de estar lejos
Toda persona que emprende un viaje para irse a vivir a otro país lejano y ajeno, lleva consigo en su memoria los recuerdos de los seres queridos que dejó atrás.
Gisele aseguró que lo que más les falta es la familia. «Algunos pudieron venir a visitarnos, pero no es lo mismo. El abrazo, el mate, el domingo con asado”.




El asado, de hecho, es todo un tema. “Acá se consigue carne, pero no es igual. Y en muchos edificios no se puede usar parrilla. Tenemos que buscar lugares especiales. A veces hacemos asado de horno, pero no es lo mismo”.
Y los alfajores. “Siempre hay algún argentino que trae, o conseguimos alguno importado, pero se extraña”.
Consejos desde la experiencia para aquellos que están pensando en vivir en otro país
Para quienes están pensando en emigrar, Gisele es clara: “No lo idealicen. No es fácil. Pero si lo planean bien, vale la pena. No se trata solo de cambiar de país, es cambiar de cabeza.
«Hay que venir con papeles, con un plan, con humildad para aprender de nuevo. No todo es color de rosa, pero hay oportunidades reales».


En su bar, hoy recibe gente de todas partes: argentinos, colombianos, noruegos, españoles. Sirve empanadas, prepara tortilla española, charla con clientes como si los conociera de toda la vida.
“Cambiar de país te transforma la mente y el corazón. Conocés otras culturas, otros paisajes, y también otra versión de vos mismo.
«Yo antes no me animaba a hacer ni la mitad de lo que hago hoy. Este país me sacó de la zona de confort. Y eso, aunque duela, es crecimiento”.
Una altagraciense en Andalucía
Desde la costa malagueña, entre turistas y vecinos locales, Gisele sigue siendo altagraciense. Su acento no cambió. Sus valores, tampoco.
Y aunque los días de sol se repitan y las calles no huelan a asado, la memoria de Alta Gracia está en cada gesto, en cada receta, en cada brindis que comparte con los suyos en ese rincón argentino que construyó con sus propias manos.





