Por Rosario Núñez
Paloma: se usa para describir a una persona de genio apacible, tranquila o dulce. En la historia que les estoy por contar, encontré a mi Paloma dentro de La Paloma, Uruguay.
La Paloma se encuentra al este de Montevideo. Yo llegué ahí un 5 de diciembre; me fui de Alta Gracia para trabajar, descansar, recorrer y conocer un poco de nuestro país hermano. Conseguí empleo en un bar que se llamaba La Estrella. Allí me hice amiga de una compañera, Manu, con quien empezamos a frecuentar lugares, conocer gente y fotografiar todo a nuestro paso.
Llegó el día que sabíamos que iba a ser absolutamente agotador: el 31 de diciembre. El bar estaba lleno, nosotras agotadas y, para ser sincera, con más ganas de tomar fernet que de respirar (no éramos alcohólicas, solo dos jóvenes trabajadoras). Esa noche —y todas las que siguieron— entendí a qué se refiere Drexler cuando dice en su canción Sea: «Que la mirada sea un punto de partida / que tu mirada sea la luz de la vida». Vi por primera vez a Pedro y la sensación de que algo sería interminable vino acompañada de un cruce de miradas con un desconocido total.
Con Pedro surgimos de la incertidumbre. A partir de esa noche hicimos planes entre amigos; nos reímos, nos miramos y nos rozamos. Fue casi un mes de pensar: «¿Estoy absolutamente enamorada de un desconocido?».
Descubrí con el pasar de los días que Pedro hacía música, era un buen artista —por lo menos lo que iba oyendo era agradable— y amaba leer, igual que quien les narra esta historia. Encontré en él lo que busqué en todos mis amores: complicidad e intimidad en las cosas más cotidianas.
Llegó la noche anterior a la partida de Pedro, nuestra última noche. Ninguno había hecho nada; nadie hablaba de lo que todos veíamos: nuestra química. Esa noche tomamos fernet, muchísimo para ser honesta, pero había tanto nerviosismo entre ambos que ninguno podía sentirse ebrio; queríamos tener los cinco sentidos alerta por si algo sucedía.
Manu pareció con shots de tequila para alivianar nuestra situación, tan tensa que se podía cortar con tijeras para niños. Pasaron unas horas y quedamos a solas. Finalmente, en un descuido, me besó. Sí, Pedro me besó. Nos fuimos en mi bici hasta el faro: yo en el caño de la bicicleta y él pedaleando por los dos. Nos quedamos hablando hasta la mañana, rodeados de incógnitas: ¿Por qué no antes?. ¿Cambiaría su vuelo para quedarse más días? ¿Habíamos conocido a nuestra alma gemela?
Dieron las nueve y teníamos que dormir. Pedro me dejó en mi lugar y prometió buscarme esa misma tarde para despedirnos. Yo no podía dormirme. Busqué entre mi valija, saqué mi libro favorito y lo firmé: «La Paloma, 05-02-2025». No necesitaba poner mi nombre, él iba a saber que era yo, su Almendra. Me buscó, nos sentamos cerca de su casa en La Paloma, le di el libro y nos abrazamos. Como lo nuestro ya era bastante novelesco, no podía ser de otra forma: empezó a llover en medio de la despedida. Me agarró de las manos y me dijo: «No puedo creer lo suaves que son tus manos; se sienten como un colchón de almíbar».
No volví a saber de Pedro por un tiempo.
Pasaron los meses y, por amigos en común, supe que tenía novia. Inclusive con esa información, no dejé de pensar que había algo entre nosotros que estaría entrelazado toda la vida. Yo no soy de esas personas que se rinden, así que una tarde de junio me senté, miré la cafetera y me preparé un café. Abrí el chat de Pedro y le escribí: «Hola Pedro, soy Alme, ¿cómo estás?».
Pedro me contestó: «Hola mi Almendra de almíbar, estuve esperando este mensaje más de lo que esperamos besarnos ese día».




