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Crónicas al Voleo

Lupe y Manolete

Lupe y Manolete
Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)

Las  historias de toreros, inexorablemente, incluyen altas dosis de calor, pasión, sangre y –en muchos casos– tragedia. No es necesario explayarse en los porqués de estos ingredientes en una actividad que consiste, básicamente en enfrentar a un ser humano y un toro de unos 500 kg. que ha sido «convenientemente» acicateado para que, asustado, confundido y desesperado, embista con toda su fuerza a ese hombre (o mujer, claro) parado en medio de la arena, bajo el sol impiadoso del verano mediterráneo (o mexicano, o colombiano).

En «El verano peligroso», su libro póstumo, Ernest Hemingway afirmó que «cualquier hombre puede enfrentarse a la muerte, pero verse obligado a atraerla tan cerca como sea posible mientras se realizan ciertos movimientos clásicos, que han de repetirse una y otra vez, para luego provocársela con un simple estoque a un animal que pesa media tonelada y al que uno quiere, representa algo más que enfrentarse a la muerte. Es enfrentarse a la propia actuación como artista creador y a la necesidad de comportarse como un matador hábil». Un arte fatal, y en estos tiempos, fuertemente cuestionado.

Y de calor, pasión, sangre y tragedia se nutre la historia de Manuel Laureano Rodríguez Sánchez «Manolete», un Sevillano de Córdoba (La Sultana). Uno de los más grandes toreros de la historia, lo que le valió el título honorífico de Cuarto Califa del Toreo, distinción reservada para lidiadores cordobeses y que solo ha sido otorgada a cinco grandes toreros nacidos en la ciudad andaluza.

Taciturno y temerario

Heredero de Joselito y de Juanito Belmonte, Manolete había nacido en 1917 y provenía de una familia fuertemente ligada a la «fiesta brava». Su padre (también apodado Manolete), su tío abuelo, José Rodríguez  «Pepete» y su tío, «Bebé chico», también portaron capote. Incluso su madre, doña Angustias, había estado casada anteriormente con Rafael Molina «Lagartijo».

Desde su primera lidia, el domingo de Pascua de 1933 en el pequeño municipio de Cabra, su carrera fue en constante ascenso. Su estilo depurado era aclamado en las gradas y ponderado por la crítica. Manolete era un hombre de semblante taciturno, mirada triste y una actitud en la arena tan temeraria que asustaba a sus colegas y enmudecía a la afición.

Pero toda su bravura se esfumaba al dejar la plaza. En su vida privada era tímido y con una muy limitada vida social. Hablaba poco y, en general, de toros. Y nunca sonreía… Hasta aquella noche de 1943 en la que Manolete alargaba su último whisky en el mítico bar Chicote, en la Gran Vía.

«Ojos verdes / verdes como la albahaca»

Pensaba irse a dormir el torero cuando ingresaron al bar su colega y amigo Francisco Vega de los Reyes, «Gitanillo de Triana» y la bailaora Pastora Imperio. Completaba el trío una mujer de ojos verdes e inusual belleza. El flechazo fue instantáneo, para ambos.

Antonia Bronchalo Lopesino había nacido el mismo año que Manolete y era una actriz de segunda fila que hasta entonces había tenido un solo protagónico en la película «La famosa Luz María». Profesionalmente usaba el seudónimo de Lupe Sino y estuvo casada con un militar republicano que se exilió poco antes del final de la guerra civil.

«Anarquista, roja y puta»

Cuando la relación entre Lupe y Manolete se hizo conocida, la primera reacción fue de sorpresa. Al torero no se le conocían relaciones sentimentales. La segunda fue de furia contra la dama. Se desató sobre ella un tsunami de acusaciones e insultos que bien podrían resumirse en tres palabras: «anarquista, roja y puta». Su primer matrimonio con un oficial republicano la perseguiría durante toda su relación con Manolete.

Según describe Javier Villán en el diario El Mundo, «le pusieron fama de cabaretera y dijeron que era causa perversa de su cansancio físico y su decadencia. Si el baremo de moralidad que le aplicaban a Lupe se lo hubieran aplicado al entorno más próximo de Manolete no todas hubieran pasado esa prueba de pureza de sangre».

Planes para el futuro

Pero los más cercanos solían decir que antes de conocer a Lupe, Manolete buscaba la muerte en cada tarde de faena. Luis Gómez, «El Estudiante» compartió numerosas jornadas con el diestro cordobés. Según su opinión no era valiente ni era cobarde, era el héroe que espera su destino.

A pesar de la sanción social, Manolete mantuvo su relación contra viento y marea. Era feliz y hacía planes para abandonar la lidia en 1947, casarse el 18 de octubre de ese año en México, país en el que se radicarían.

El destino, ese cabrón

Pero el destino vino a desbaratar los planes de la pareja. En Linares había corrida ese jueves 28 de agosto. La Feria de San Agustín había empezado el día anterior y Manolete, junto al Gitanillo de Triana (que le había presentado a Lupe aquella noche en Madrid) y Luis Miguel «Dominguín», eran las figuras estelares de los tradicionales festejos.

La fiesta corría sobre rieles hasta que Manolete enfrentó a Islero, un miura de media tonelada al que nada le importaba los planes románticos de quien pretendía ser su matador aquella tarde. Uno de sus pitones se incrustó en el muslo derecho del torero destruyéndole la arteria femoral.

Lupe, que se encontraba en Lanjarón, a unos doscientos kilómetros de allí, viajó inmediatamente, pero se le impidió ingresar a la habitación donde Manolete se desangraba. Según Luis Miguel Dominguín, el torero la llamaba y pedía que hicieran venir a un cura para que los casara. Al volver con el clérigo, no les dejaron entrar y Manolete murió sin poder cumplir su último deseo.

Compuesta y sin novio

De haberse producido el casamiento, Lupe hubiera sido la única heredera de la fortuna del torero, que se estimaba inmensa. Por ello, la hipótesis más fuerte es que Angustias, la madre de Manolete (que siempre rechazó la relación) y Álvaro Domecq, su amigo y –luego de su muerte– albaceas, impidieron que la actriz ingresara en la habitación.

Lupe Sino, luego de «enviudar» se radicó en México, tal el deseo de su amado. Allí se casó con el abogado José Rodríguez Aguado, «El Chipiro Rodríguez» (otra característica de las historias de toreros: todos los apodos están buenísimos), pero al año se divorció y volvió a España, donde murió en 1959.

Las historias de toreros incluyen, inexorablemente, incluyen altas dosis de calor, pasión, sangre y –en muchos casos– tragedia. La de Lupe y Manolete no podía ser una excepción.

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