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Crónicas al Voleo

Las mil vidas de Brascó

Migue Brascó, un tipo multifasético que habló sin pelos en la lengua, y que nos hizo conocer de verdad los secretos del vino.
Por Germán Tinti (para Crónicas al Voleo)

Sería aventurado sostener que Brascó fue el inventor del periodismo enológico (en el supuesto caso de que existiera tal categoría periodística); pero es del todo innegable que es el referente número uno cuando en esta parte del mundo se quiere hacer alusión a la actual tendencia socio cultural que se extiende, para bien o para mal, en casamientos, asados post fulbito, cenas de fin de año, fiestas de egresados y Bar Mitzvás: tomar vino con erudición.

Miguel Brascó es, en parte, paradójico responsable de ese epicureísmo express que a muchos nos ha invadido en algún momento del último ventennio,; cuando los programas de cocina de la TV del siglo pasado (esos que eran pensados “para el ama de casa moderna”) comenzaron a incluir a un tipo que recomendaba vinos, generalmente por canje con una bodega. Todo fue escalando alocadamente y de breves secciones en “Buenas tardes, mucho gusto” o “Utilísima” pasamos a canales especializados y series de Netflix.

Macaneo glorioso

Pero hay que ser justos. Brascó combatió denodadamente el postureo de los sommeliers mediáticos que competían para dar las descripciones más complejas y surrealistas del sabor de los vinos. Para él esos “bobetas”, como solía llamarlos, son absolutamente macaneadores”.  

“Hay un lenguaje que es inventado que refiere los sabores y las percepciones más sutiles del vino a sensaciones organolépticas: ‘Aroma a montura de caballo sudada’ es una metáfora habitual en este tipo de lenguaje que yo llamo “macaneo glorioso”. El vino no está para ser descrito sino para ser tomado. Ahora, si uno tiene que escribir sobre un vino, tiene que hacerlo con la suficiente pasión, vocabulario y precisión como para detonar interés en probarlo”, le dijo en una ocasión a la revista Aire, Y agregó que “se adopta un vocabulario de artificio. Por ejemplo, decir que un vino tiene aroma a flores blancas es lo mismo que decir nada. Es un macaneo total porque hay miles de flores blancas y todas tienen distintos aromas. Hablar del vino exige pensar en una descripción literaria. Primero hay que tener lenguaje y después saberlo usar,  juntar dos palabras de modo que detonen sensaciones que te sorprendan, que atraigan. La música, la poesía y los vinos se parecen mucho. En términos más precisos, comparten el mismo encanto”.

El renacentista

El recorrido vital de Miguel Brascó por la tierra es tan intrincado como sus habilidades, oficios y profesiones. Vivió en Sastre, Puerto Santa Cruz, Santa Fe, Buenos Aires, Lima, Madrid, Lund y Eindhoven. Fue abogado, licenciado en letras, carpintero, dibujante, periodista, editor, poeta, novelista, letrista de Ariel Ramírez, conductor de radio y televisión, conferencista, gourmand y traductor vocacional. Junto a otros intelectuales diseñó el programa cultural de la campaña de Arturo Frondizi. Una foja de servicios larga, compleja y variada; tanto que vale preguntarse qué fue, en definitiva, Brascó.

“Yo sé lo que soy –le dijo en 2011 a Leila Guerrero para una entrevista en el diario La Nación–  pero la imagen que doy no es clara. La poesía es una de las cosas que más me expresan. Pero la gente me identifica como el experto en vinos. Yo siempre tengo la sensación de que no cumplí las metas que debía cumplir, por mala administración de mis tiempos o de mi trayectoria”.

Y en otra ocasión expresó que: “Al comienzo de mi vida, titubeante, trémulo y adolescente, me pareció un mérito esa especie de talento renacentista. Los escritores son casi todos dibujantes; Blake, Ezra Pound. Yo estudié dibujo con José Planas Casas, tío de Battle Planas, él me dijo: ‘La casa de la creación tiene innumerables habitaciones, ventanas y puertas. Destraba todas las puertas, abre todas las ventanas’”.

Editor exitoso

Profundamente vinculado con el ambiente cultural de su época (que son unas seis décadas), la lista de amistades y enemistados es asombrosa. “Aprendí a escribir con Onetti –confesó en una ocasión, al referirse a su faceta de escritor– Lo conocí en un café, escribía cuentos y se los mandaba. Me dijo que yo no estaba capacitado para escribir una novela y tenía razón, porque la escribí ya grande y con gran dominio de la técnica narrativa”.

Admiraba a Borges y frecuentó a Piazzolla. Fue amigo, y dejó de serlo, de Rodolfo Walsh y de Julio Cortázar: “Yo perdí la amistad de Rodolfo Walsh y de Cortázar: eran otros, muy duros. Con Walsh era muy amigo, ni discutimos, dejé de tratarlo. Cortázar cambió totalmente, fue monstruoso. Y como coincidió con un tratamiento biológico que hizo, pasó de ser un tipo angélico a un demonio. Era lampiño, dulce, simpático, y se volvió (dibuja una hipotética barba), duro, desagradable”. Sin embargo las posturas políticas enfrentadas no le impidieron seguir cultivando la amistad con Raúl González Tuñón.

En el mundo de la gráfica también tiene una buena cantidad de medallas para colgarse.  En la mítica revista Tía Vicenta publicaba dibujos de humor político. Allí se hizo amigo de Landrú y de Joaquín Lavado (a.k.a. Quino), a quien –cuando dirigía “Gregorio”, el suplemento humorístico de “Leoplan”– le publicó las primeras tres tiras de un personaje que el mendocino estaba desarrollando y al que llamó “Mafalda”. Como editor, en la década de 1980 fue director editorial del house organ de la tarjeta de crédito Dinner’s, un suceso que convirtió una publicación burocrática (“revistas sin alma” las definió alguna vez Goño Ferrari) en un referente cultural de su época. También por aquellos años dirigió la revista Status, publicación que seguía los pasos de la mundialmente exitosa Playboy.

Un epitafio para el bon vivant

Alguna vez dijo que el último día de su vida le gustaría comer puchero y que su epitafio debía ser “el que usó (el comediante, malabarista y actor estadounidense) W. C. Fields, quien nació en Filadelfia y la odiaba, una vez dijo: ‘Fui a Filadelfia y no pude entrar, estaba cerrada’. En su epitafio puso: ‘Aquí yace W. C. Fields, que preferiría estar incluso en Filadelfia’”.

Inabarcable como su obra, apasionado y apasionante, Miguel Brascó está presente en cada botella de vino descorchada, en cada copa mirada a trasluz; en cada apreciación de los taninos de un malbec de altura, en esos sabores redondos en boca,. En cada macaneo glorioso que emprendemos con impostados aires aristocráticos.

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