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Las caras de Bélmez

Las caras de Bélmez
Por Germán Tinti, para Crónicas al Voleo

En la provincia andaluza de Jaén, al pie de la Sierra Magna, entre interminables plantaciones que ofrecen la materia prima para el mejor aceite de oliva de España, está Bélmez de la Moraleda; un pequeño pueblo de poco más de 1.500 habitantes que en su mayoría se dedican a la agricultura y a la producción de un aceite que cuenta con protección y el orgullo de tener denominación de origen. La calma, la quietud y el silencio son las características principales de sus calles. Sobre todo en verano, cuando el sol mediterráneo se ensaña con estas tierras que fueron parte del Sultanato de Granada, último bastión musulmán de la península ibérica.

Pero todo fue distinto aquel cálido mediodía del 23 de agosto de 1971. En pocos minutos se corrió la voz en todo el pueblo de que en el piso de la cocina de la casa de María Gómez Cámara había aparecido, de la nada, una extraña imagen que se asemejaba a un rostro humano. Ni el alcalde, ni el cura, ni el jefe de la policía municipal encontraron explicación racional alguna. Entonces las hipótesis se dispararon para el lado de lo sobrenatural; especialmente cuando, harto de tanto jaleo, uno de los hijos de doña María decidió destruir la imagen y cubrir el sitio con cemento. A los pocos días el rostro –aparentemente de varón, con los ojos y la boca abiertos y unos largos trazos oscuros a modo de bigotes– volvió a aparecer en el cemento nuevo.

Según los seudocientíficos este fenómeno se llama «teleplastía». Que consiste en la «aparición por casualidad de formas o figuras más o menos reconocibles sobre una superficie, aducidos a un supuesto contacto de estas superficies con ectoplasma». Para la ciencia (la de verdad) se trata de «pareidolia», un fenómeno psicológico donde un estímulo vago y aleatorio es percibido erróneamente como una forma reconocible. Perdón si les arruino la joda.

Turismo paranormal

En pocos días la noticia fue publicada en «El Ideal», el periódico granadino de mayor circulación por entonces. De ahí a que se esparciera por toda España hubo un suspiro. Ante la actitud prudente de la iglesia católica, que se abstuvo de hablar de «milagro» como muchos hubieran esperado y deseado, la posta delirante la asumió la parapsicología: farabutes de toda laya, algunos de renombre nacional, desfilaron por el número 5 de la calle Real.

Con el paso de las semanas las caras se fueron multiplicando, surgiendo en pisos y paredes de todos los ambientes del inmueble. «El misterio actualmente rodea a las caras aparecidas junto al fogón de una casa, llamada ya encantada, en Bélmez de la Moraleda (Jaén). Al parecer, en determinados sitios, aparecen unos rostros incapaces de borrarse», publicó ABC en febrero de 1972.

En ese lapso también se avanzó en la investigación de las posibles causas. Se excavó en la cocina de la casa hasta una profundidad de casi 3 metros y se hallaron restos humanos. Alguien dijo que se trataba de un cementerio medieval y los patafísicos lo festejaron como un campeonato mundial. Al mismo tiempo, un estudio químico de la primera mancha demostró la presencia de nitrato y cloruro de plata. Este método, usado en fotografía es muy eficaz ya que los rostros aparecen al tiempo de haber sido pintados.

Real o interesante, esa es la cuestión

Si bien la opción científica es real, la paranormal fue mucho más exitosa al principio. Por lo demás, a esa altura la casa de las caras recibía a diario una multitud de visitantes que querían ver las misteriosas imágenes. Rápidamente la familia empezó a sugerir una «contribución voluntaria», poco después empezaron a vender fotografías de las caras a dos duros la copia. El turismo empezó a interesarse por Bélmez de la Moraleda, se montaron apresurados albergues y hosterías, se abrieron cafés y restaurantes. En definitiva, la teoría parasicológica era, además de divertida, mucho más lucrativa. Algunos calculan que en los dos años posteriores a la aparición de la primera «imagen» a la familia de María Gómez Cámara le ingresaron unas 500.000 Pesetas. Algo más de 36.000 Euros actuales.

Al fin y al cabo, como sugiere el Inspector Erik Lönnrot en «La muerte y la brújula», no es indispensable que la realidad sea interesante, pero las hipótesis tienen la obligación de serlo. Y si encima te dejan unos mangos, mejor.

El vespertino «Pueblo», uno de los principales diarios franquistas, fue el primero en notar el filón y prenderse de la teta del mambo parasicológico. La idea de su director, Emilio Romero, era que cualquier afirmación, por estrafalaria que pareciera, merecía ser publicada. Aumentó su tirada diaria en 50.000 ejemplares.

La decadencia

Pero a pesar de la conmoción inicial –que alcanzó incluso al Ministro de la Gobernación (hoy del Interior), que envió a un parasicólogo a investigar el asunto. «Volvimos convencidos de que toda era un pequeño fraude» dijo el «perito» oficial– .a los pocos años el público fue perdiendo interés en el asunto, la teoría de que todo era un invento fue imponiéndose.

«No es extraño, pues, que los fieles del sensacionalismo acudan en peregrinación masiva a contemplar este fenómeno de juerga o folklore psicófónico. Como una cara parlante no es cosa que pueda verse todos los días, o fines de semana, los dueños de la casa de las “apariciones” las captaron en fotografía de 18 x 24 y las vendían, en preciosas ampliaciones, mejor que si de las rebajas de enero se tratasen. Los negativos, como es natural, se los reservaron, como derechos de autor, por aquello de los plagios…» expresaba indignado un lector del ABC en una carta al Director.

Bélmez, el regreso

Sin embargo, cuando el polvo del olvido parecía cubrir la asombrosa historia de las caras de Bélmez, tras la muerte de su descubridora en 2004, nuevas caras aparecieron. Como la casa original había sido clausurada por los descendientes de doña María Gómez Cámara, las imágenes decidieron aparecer en otra vivienda familiar, a pocos metros de la anterior.

La aparición coincidió extrañamente con el repentino interés del popular programa de televisión «Cuarto Milenio», conducido por Iker Jiménez, un fullero petardista y trapacero que se presenta como periodista y se dedica a dar voz a teorías de la conspiración, planteamientos pseudocientíficos e historias sobre naves espaciales, fantasmas y monstruos.

Al estilo de muchos programas de History Channel que persiguen a Hitler en Bariloche, a extraterrestres en las pirámides egipcias o mayas y a fuerzas ocultas responsables de la desaparición de la Atlántida, realizando preguntas que a fuerza de no hallar respuestas terminan siendo retóricas, y desarrollando teorías flojas de papeles, Jiménez revivió por un tiempo el interés de la cada vez más escasa audiencia de la televisión abierta. Eran los últimos estertores del mito de Bélmez.

Como legado queda un casi incomprensible «Centro de Interpretación de las Caras», construido con un subsidio de medio millón de Euros de la Unión Europea. Con él se busca perpetuar la leyenda y encontrar parecidos de las caras con personajes famosos (más de uno cree ver al generalísimo Franco en una de ellas).

Por un lado la ciencia. Por el otro, al decir de aquel indignado lector del ABC, «caras duras como el mismo cemento en que están incrustadas».

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