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Crónicas al Voleo

La larga sombra de William F. Cody

La larga sombra de William F. Cody
Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)

Hace algunos meses, el Servicio de Parques Nacionales (NPS por sus siglas en inglés) de los Estados Unidos lanzó una convocatoria a cazadores para eliminar 12 búfalos en el Parque Nacional del Gran Cañón, en el estado de Arizona, como parte de un programa sin precedentes para regular la creciente población de este animal.

Según Kaitlyn Thomas, portavoz del NPS, los bisontes (otro modo de llamar a los búfalos) pueden dañar los recursos hídricos, la vegetación y el suelo del parque, además de amenazar los sitios arqueológicos si llegan a ser demasiado numerosos. Para la funcionaria, la reducción del tamaño de la manada permite proteger el ecosistema.

En tan solo dos días respondieron la nada despreciable cifra de 45 mil voluntarios. Se estima que en el Parque Nacional del Gran Cañón en la actualidad viven entre los 400 y 600 ejemplares y con anterioridad la autoridad pública había trasladado muchos de ellos a otras áreas.

Sin embargo, si tenemos en cuenta que en el siglo XVIII se calculaba la población de estos grandes bóvidos en aproximadamente 40 millones de ejemplares desde el norte de México hasta el sur de Canadá, el número que preocupa al Parque Nacional del Gran Cañón parece un vuelto, aun cuando en todo el país la cifra alcanza los 350.000 individuos, la mayoría de ellos criados para consumo humano.

Llega Buffalo Bill

Cuando Estados Unidos decidió colonizar la costa oeste y para tal fin fue extendiendo vías férreas a lo ancho de su geografía, los bisontes eran un problema; fundamentalmente porque no entendían esto del avance del progreso y su presencia en las vías provocaba no pocos descarrilamientos. Entonces las empresas ferroviarias empezaron a contratar cazadores para sacar de en medio estos molestos y enormes mamíferos. Al mismo tiempo que se limpiaba el terreno se aprovechaba la carne para alimentar a los trabajadores del ferrocarril.

De todos ellos hubo uno que se destacó particularmente: William Frederick Cody, conocido popularmente como Buffalo Bill. ¿Quién no vio una película, leyó un libro o un comic que tuviera como protagonista a este cowboy de grandes bigotes, chaqueta con flecos, un Winchester a repetición y un par de Colts lustrosas siempre a mano?

Un chico de Iowa

William había nacido en el condado de Scott, Iowa, en 1845. La temprana muerte de su hermano mayor y de su padre lo obligaron a hacerse cargo del mantenimiento de su familia a los 11 años. Desde entonces todos los trabajo que tuvo, ya como mensajero, ya como explorador, ya como agente del Pony Express, fueron montado en un caballo. Jinete y corcel, una vez más, se convertían prácticamente en la misma cosa.

Antiesclavista por herencia paterna y convicciones propias, en 1863 se alistó en el famoso 7º de Caballería (ese que llegaba justo cuando el muchachito estaba a punto de ser sacrificado por los malvados cherokees y que generalmente era encabezado por John Wayne o Tyrone Power).

Finalizada la guerra de secesión, Buffalo Bill siguió trabajando como explorador del ejército norteamericano, al tiempo que se desempeñaba como cazador de bisontes para el ferrocarril de Kansas al Pacífico.

El hombre blanco le gana al búfalo

Tal vez William F. Cody no haya sido el exterminador de búfalos que la leyenda nos ha traído al presente, pero sin dudas era uno de los mejores en lo suyo. De todos modos, no eran pocos lo que se dedicaban al rubro y hacia finales del siglo XIX la población de estos animales se había reducido a poco más de 100 cabezas. La extinción llamaba a la puerta.

Retirado del oficio de cabalgar por las llanuras disparándole a bisontes, Buffalo Bill decidió establecerse en Wyoming y, para eso, fundó su propio pueblo: Cody, a las puertas del recientemente creado Parque Nacional de Yellowstone. También inauguró en el lugar tres hoteles y construyó su propio rancho a orillas del río Shoshone. Pero la vida tranquila no era para William.

Un circo viajero

Atraído por la moda los grandes espectáculos viajeros, como el Ringling Brothers and Barnum & Bailey Circus y los circuitos de vodevil, en 1883 fundó el «Buffalo Bill’s Wild West» que desde entonces recorrió el país con creciente suceso. En 1887 cruzó el charco y actuó en Londres en la celebración del año del jubileo de la reina Victoria, y continuó viajando por toda Europa durante los años siguientes.

Particular suceso tuvo en Barcelona. Para ese entonces Cody tenía en su elenco nada menos que al ya anciano Toro Sentado y el interés de los catalanes fue mayúsculo. Llegó a la ciudad condal en 1889 para la inauguración de su hipódromo, ubicado por entonces en lo que hoy es el populoso distrito del Ensanche, a pocas calles del Paseo de Gracia.

La publicidad anunciaba la presencia de más de 180 cowboys, fieros indios y forajidos mexicanos, además de 200 caballos salvajes y una manada de peligrosos bisontes. En realidad el circo trajo un pequeño rebaño de 20 estos bovinos, prácticamente domesticados. El único animal que causó problemas fue un perro que mordió a un niño en el descampado donde acampaba la troupe.

Extravagancia rodante

Pero el verdadero éxito lo conoció Buffalo Bill cuando instaló una exposición cerca de la Feria del Mundo de Chicago de 1893. El «Buffalo Bill’s Wild West» viajó por Estados Unidos durante los siguientes veinte años y se convirtió en una extravagancia móvil, incluyendo 1.200 empleados. El espectáculo comenzaba con un desfile ecuestre, con participantes de grupos étnicos con predilección por los caballos. Había turcos, gauchos, árabes, mongoles y cosacos, entre otros, cada uno en sus propios caballos distintivos y con sus trajes característicos coloridos y exóticos.

Muchos historiadores son de la opinión de que a comienzos del siglo XX Buffalo Bill era la celebridad más reconocida del planeta y no son pocos los que afirman que su espectáculo sentó las bases de lo que a partir de la década de 1930 fue el western, una categoría del cine que llegó para quedarse para siempre (y que tanto nos gusta). John Ford, Howard Hawks y Sergio Leone, por citar a algunos, se inspiraron en las demostraciones que el espectáculo trashumante de William F. Cody llevó a cada rincón de los Estados Unidos.

Un cowboy hacia el crepúsculo

Buffalo Bill dejó de cabalgar el 10 de enero de 1917. A pesar de su leyenda estereotipada de tipo duro, impulsó los derechos de los indios americanos y de las mujeres. Además, a pesar de su pasado como cazador de bisontes, apoyó su conservación denunciando la caza furtiva y presionando para instaurar una temporada de caza.

Podemos imaginarlo cabalgando hacia un poniente color sangre, cantando, al igual que Lucky Luke, la vieja canción de Pat Woods: «I’m a por and a lonesome cowboy», mientras los bisontes –de a poco– vuelven a adueñarse de las praderas de Arizona.

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