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Altagracienses por el Mundo

La historia de Francisco: soñaba desde chico con conocer Europa y el destino lo llevó a quedarse en Barcelona

La historia de Francisco: soñaba desde chico con conocer Europa y el destino lo llevó a quedarse en Barcelona

En esta sección te invitamos a conocer las historias de altagracienses que viven en diferentes partes del mundo. AGNoticias dialogó con Francisco que pasó de imaginar Europa desde las páginas de un libro a caminar hoy sus calles medievales. El joven contó cómo fue tomar la decisión de migrar, adaptarse a una nueva cultura, sostener su trabajo como diseñador y descubrir una identidad propia en la experiencia de vivir lejos.

En AGNoticias la sección «Altagracienses por el Mundo» ya es un clásico de nuestro portal informativo. Un espacio dónde les acercamos los lectores historias de vecinos, amigos o familiares que dejaron su ciudad natal y que ahora están viviendo diferentes experiencias alrededor del mundo. En esta oportunidad, conocemos más al altagraciense Francisco Díaz Lammertyn.

Hay decisiones que parecen tomarse de un día para el otro, pero que en realidad llevan años construyéndose en silencio. Para Francisco, altagraciense, diseñador UX y apasionado por el arte y las ciudades con historia, ese deseo de conocer el mundo comenzó de manera casi imperceptible, cuando era chico y pasaba horas hojeando libros de historia del arte.

La historia de Francisco: soñaba desde chico con conocer Europa y el destino lo llevó a quedarse en Barcelona

En esas páginas aparecían lugares que parecían irreales: templos griegos bañados por el sol mediterráneo, museos parisinos, calles medievales de Europa que despertaban en él una emoción difícil de explicar.

“Desde chico soñaba con conocer otros lugares; sentía que el mundo era demasiado grande como para quedarme siempre en uno solo”, recordó hoy.

Mientras crecía en Alta Gracia, esos libros se transformaron en ventanas, en promesas. No buscaba ser turista: quería habitar el mundo, sentirlo desde adentro, aprender a pertenecer a un lugar completamente distinto al suyo. Con los años esa curiosidad se transformó en un impulso que terminó marcando su vida.

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Un proyecto de a dos: la aventura compartida

Ese impulso encontró un eco perfecto cuando conoció a Lucas, su pareja, un artista nacido en Minas Gerais, Brasil. Ambos venían de ciudades pequeñas del interior, ambos habían conocido lo que significa migrar dentro de sus propios países y ambos compartían la intuición de que la vida les pedía un salto más grande.

Buenos Aires los había recibido con entusiasmo: tenían trabajos estables, amistades profundas y una vida cultural que disfrutaban. Pero ese vértigo porteño no apagó la sensación de que todavía había un camino nuevo por descubrir.

“Queríamos vivir algo distinto juntos, un territorio que fuera nuevo para los dos”, contó Francisco. Era una mezcla de ambición emocional, desafío personal y deseo de crecimiento. Ese deseo terminó guiándolos hacia Europa.

La historia de Francisco: soñaba desde chico con conocer Europa y el destino lo llevó a quedarse en Barcelona

Un aterrizaje que lo cambió todo

El 21 de septiembre del año pasado, el avión aterrizó en Málaga. El altagraciense rememoró ese momento como si pudiera volver a sentir en la piel el aire templado y salino que se colaba por las puertas del aeropuerto.

Fueron directamente a Alhaurín El Grande, el pueblo donde vive su mamá, un lugar de casas blancas y calles estrechas que los recibió con calma. Ese primer refugio, dijo, fue fundamental: “Hay muchísimos trámites y situaciones nuevas que pueden ser desesperantes, y tener a mi mamá hizo que todo fuera más posible”.

Sin embargo, la meta final no era Andalucía: era Barcelona. Pero el temor de que fuera demasiado cara o difícil siempre aparecía en las conversaciones. El destino, sin embargo, hizo su parte: en noviembre, unos amigos cordobeses los invitaron a visitarlos en la ciudad condal, y esa visita cambió todo.

Apenas caminaron unas cuadras, sintieron que la ciudad los llamaba. “Nos dimos cuenta de que definitivamente nuestra nueva vida tenía que ser acá”, sostuvo el joven con esa claridad que solo aparece cuando la intuición coincide con el deseo. Barcelona los había elegido tanto como ellos a ella.

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Primeros pasos entre murallas romanas y calles góticas

Gracias a esos amigos consiguieron un departamento temporal y comenzaron a adaptarse. Los primeros meses se instalaron en un departamento pequeño del Barrio Gótico, donde vivían rodeados de historia viva: murallas romanas, iglesias medievales, callejones llenos de vida y turistas que parecían fluir en todas direcciones.

Todo es tan antiguo que parece que estás viviendo adentro de un libro”, describió. Ese entorno, aunque era pequeño y provisorio, los ayudó a empezar a sentir la ciudad como un hogar posible.

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Una profesión sin fronteras

A diferencia de muchas historias de migración, Francisco no tuvo que salir a buscar trabajo desde cero. Ya era diseñador UX para una consultora cordobesa y podía continuar de manera remota.

Ese privilegio no solo alivianó el proceso, sino que lo conectó con Argentina todos los días. “Sigo trabajando con colegas de Córdoba, es como tener un pie en cada lugar”, explicó.

Al mismo tiempo fue descubriendo que Barcelona es una ciudad llena de oportunidades: una urbe que atrae talento de todo el mundo, donde la tecnología, el diseño y el arte dialogan de forma constante.

Conoció a muchos latinoamericanos que lograron abrir negocios, talleres artísticos, cafés y proyectos personales. La ciudad, para él, es un terreno fértil, aunque no por eso menos desafiante.

El laberinto de la vivienda en Barcelona

Si hubo un aspecto realmente difícil, fue el de encontrar vivienda. “Es lo más complicado de todo”, admitió. La demanda es altísima, los precios se disparan y los requisitos para acceder a un contrato son rigurosos. Muchos comienzan alquilando habitaciones o departamentos temporales, como hicieron ellos.

Después de meses de búsqueda, de formularios, entrevistas, requisitos y competencia feroz, lograron encontrar un departamento definitivo en Sant Antoni, un barrio lleno de cafés, mercados, librerías y vida cultural.

Ese lugar se convirtió en una especie de base emocional, una señal de que el proceso de asentarse estaba finalmente tomando forma.

Una ciudad que lo enamora todos los días

Hablar de Barcelona lo entusiasma. Le fascina que la ciudad se pueda recorrer a pie o en bicicleta, que el mar esté cerca y que las montañas aparezcan como una invitación constante.

Admira la convivencia entre lo antiguo y lo moderno, esa sensación de estar caminando entre restos romanos para, minutos después, subir a un metro que lo deposita en un barrio completamente distinto.

“Podés salir del trabajo y terminar viendo el atardecer en la playa. Eso es algo que todavía no puedo creer”, reconoció. Para alguien que creció entre sierras, la posibilidad de tener el Mediterráneo como parte de su rutina cotidiana es un privilegio que nunca pasa desapercibido.

También encontró similitudes con Buenos Aires: la vida social intensa, la costumbre de juntarse después del trabajo, la energía callejera que parece no apagarse nunca.

Integrarse en una Barcelona profundamente catalana

A su vez, Barcelona combina su potencia cosmopolita con una identidad catalana muy fuerte. El altagraciense lo vive todos los días: el catalán en las calles, las tradiciones, las fiestas de barrio, la reivindicación cultural, los carteles bilingües, la música, la gastronomía. “Hay un orgullo muy arraigado, pero también una amabilidad enorme para compartirlo”.

Por eso, tanto él como Lucas decidieron aprender catalán. No por obligación, sino por respeto. Porque quieren ser parte de la cultura que eligieron como hogar.

Lo que queda lejos… y lo que viaja con uno

Pero vivir lejos siempre deja una sombra de nostalgia. Francisco extraña los planes espontáneos, las visitas sin aviso, los mates compartidos en la cocina, el asado de los domingos que prepara su papá, el río, la cercanía con los afectos.

Extraña también algo más sutil: ese código emocional que se comparte sin explicaciones entre quienes crecieron en un mismo lugar.

Aun así, encontró pequeñas anclas que lo acercan a casa. En la esquina venden empanadas y milanesas napolitanas que le saben a Argentina.

Tiene amigos argentinos que también migraron y con quienes comparte costumbres que se resisten a desaparecer. “Algunas cosas te acompañan a donde vayas”, declaró.

La lección invisible de venir del interior

Una de las reflexiones más profundas que hizo sobre su vida migrante tiene raíces anteriores a Europa. Cuando se mudó a Buenos Aires descubrió un temor que muchos jóvenes del interior comparten: el miedo a quedar como ingenuo, a cometer errores simples que para otros son obvios. Hoy sonríe al recordarlo y expresó que, en realidad, esas torpezas eran parte del aprendizaje.

Con el tiempo entendió que quienes vienen de ciudades chicas no llegan con menos herramientas, sino con otras herramientas. Observan más, aprenden rápido, se integran con atención y humildad.

Descubrió, además, que ese instinto por adaptarse muchas veces lo llevó a conocer más sobre ciertos lugares que los propios locales.

“Más de una vez terminé recomendándole a un barcelonés un museo o contándole la historia de un edificio que nunca había visitado”, confesó.

A continuación agregó que sus conocimientos de plantas y huerta, herencia de su vida en Alta Gracia, despertaron la curiosidad de amigos que nunca habían visto germinar una semilla. Venir del interior, señaló, es una fortaleza silenciosa.

Un consejo para quien quiere dar el salto

Por otro lado, Francisco es claro cuando piensa en quienes sueñan con emigrar pero no se animan: Hacelo. No esperes a tener todo bajo control porque ese momento no existe”.

Cree que migrar es un salto emocional, una decisión que no se puede vivir desde la teoría. Planificar ayuda, sí, pero llegado el momento, lo que queda es confiar y atravesar la experiencia.

Y si algo no sale como se esperaba, tampoco es un fracaso. Volver también es parte del viaje. “Todo lo que viviste y aprendiste ya es ganancia”, afirmó.

Volver… pero solo de visita

Hoy siente que Barcelona es su hogar y que lo será por muchos años. Ama el ritmo mediterráneo, la vida que construyó junto a Lucas, el trabajo que lo conecta con Córdoba y la tranquilidad que encontró en su día a día.

Sin embargo, cada vez que viaja, descubre algo curioso: cuanto más lejos está de Argentina, más argentino se siente.

Es imposible no llevar a mi país conmigo a todos lados”, aseguró. Está presente en su forma de expresarse, en su humor, en su sensibilidad, en su manera de vivir el mundo. Esa identidad es un territorio interior al que siempre puede volver.

Por ahora, el regreso será solo de visita. Pero su lugar de origen, ese del que partió con un deseo que nació en la infancia, seguirá siendo siempre su hogar lejos de casa.

nakasone