En esta sección te invitamos a conocer las historias de aquellos altagracienses viviendo en diferentes partes del mundo. AGNoticias dialogó con Belén quien nació en Alta Gracia, pero vive entre Italia y Suiza, trabajando de forma remota para una empresa internacional que no tiene sede ni jefes. Su oficina puede ser una camper van en los Alpes o un café en Roma. Entre viajes, trabajo flexible y vínculos profundos, construyó una vida donde lo único fijo es el deseo de moverse.
En AGNoticias la sección «Altagracienses por el Mundo» ya es un clásico de nuestro portal informativo. Un espacio dónde les acercamos los lectores historias de vecinos, amigos o familiares que dejaron su ciudad natal y que ahora están viviendo diferentes experiencias alrededor del mundo. En esta oportunidad, conocemos más a la altagraciense Belén Picco.
A veces el primer paso es solo una excusa para no volver atrás. Belén tenía 20 años y una carrera de Administración de Empresas a medio hacer cuando decidió subirse a un avión por primera vez en su vida.
Salió desde Alta Gracia rumbo a Nueva York, con destino final en Washington D.C., donde la esperaba una experiencia como Au Pair. Iba a cuidar niños, sí, pero también a comenzar una vida nueva, una vida que no conocía el freno de mano.


Era 2016. Y sin saberlo, comenzaba un recorrido que la llevaría a vivir en más de cinco países, a trabajar para una startup internacional sin una oficina fija, a cruzar tres países en una sola salida en bici y a pasar noches en camper van en los Alpes suizos con su pareja actual, un joven de Eslovaquia.
Pero todo empezó ahí: con una mochila, algo de inglés aprendido a pulmón y muchas ganas de salirse del molde.
Washington, el primer hogar lejos de casa
El primer año en Estados Unidos fue una prueba de fuego. La familia que la recibió terminó convirtiéndose en algo parecido a unos tíos y primos. “Washington se volvió un segundo hogar”, afirmó.
A mitad de ese primer año, se reencontró con su familia de Alta Gracia en México. Volvió recargada y terminó dos años más de carrera en Córdoba. Pero algo la empujaba de nuevo hacia afuera.




Volvió a Washington con la misma familia, justo cuando la pandemia azotaba al mundo. Trabajó y estudió desde allá, terminando materias virtuales desde el otro hemisferio.
Después se mudó a San Francisco, donde cuidó a otros niños y cursó otro semestre más, también remoto. Volvió por el verano a Alta Gracia y enseguida se fue de nuevo a Washington.
En total, vivió dos años y medio en la capital estadounidense. Ahí aprendió a despedirse, pero también a llegar.
La vida adulta y la trampa de lo “seguro”
Con el título bajo el brazo, consiguió trabajo en una “big four”, una de las grandes consultoras internacionales. Se mudó a Córdoba capital, alquiló su departamento, entró en la lógica del mundo corporativo.
Pero duró poco. “Era todo muy estructurado. Mucha burocracia. Y una sensación constante de que no era ahí donde quería estar”.




Renunció. Al poco tiempo, consiguió un puesto en una startup tecnológica con modalidad remota. Ese fue el verdadero punto de quiebre: empezaba una nueva vida, sin oficina, sin horarios fijos, sin supervisión, pero con objetivos y mucha libertad.
Trabajaba desde donde quisiera, organizando su tiempo a su manera. “Podés estar en Bali surfeando, y mientras tanto trabajando desde un hostel con WiFi. Esa es la filosofía”.
El freno que nadie espera: el fallecimiento de su padre
Belén tenía todo listo para emigrar a Europa en 2020. Pero el destino tenía otros planes. Su padre fue diagnosticado con cáncer terminal.
Canceló la partida, volvió a Alta Gracia y compartió con él su último año de vida. “Vivimos juntos con mi hermana, lo acompañamos hasta el final. Ese tiempo fue sagrado”.




La flexibilidad laboral fue clave. Pudo trabajar desde casa, desde la suya, la de su padre o la de su madre. “No tuve que pedir permiso, ni justificar nada».
«Solo seguí trabajando, con mi computadora, en silencio, acompañando. Esa libertad fue un regalo”, sostuvo.



El viaje que se hizo esperar cinco años
En 2024, cinco años después de postergar una y otra vez la partida, armó una valija con solo ropa de verano y se fue. Primero pasó por Florida, donde vive su hermana.
Después, por las islas Azores, en el medio del Atlántico, donde viajó sola. “Me encanta viajar sola. Siempre encuentro amigos para toda la vida”. De ahí partió rumbo al norte de Italia, con su madre, hermana y un primo, para iniciar el trámite de ciudadanía.




Italia le costó al principio. Calles empinadas, estructuras antiguas, trámites agotadores. Pero también le regaló algo inesperado: conoció a su actual novio, un eslovaco que vive en Suiza y baja todos los veranos a Italia para hacer windsurf.
La conexión fue inmediata. Desde entonces, recorren Europa juntos en una camper van. Dolomitas, Lago di Garda, Suiza, Eslovaquia. Viajan livianos, sin mapa fijo.




La trastienda de la ciudadanía italiana
El proceso de ciudadanía fue más difícil de lo esperado. Belén lo describió como “una materia más de la universidad, la más pesada”.
Cuatro meses de espera, requisitos que cambiaban sobre la marcha, amenazas de reformas que podían dejarla fuera del sistema. “En el pueblo nos trataron excelente, salvo el dueño del departamento, que se aprovechó de nuestra necesidad de fijar residencia. Fue estresante”.




Hoy sabe que tuvo suerte. Contaba con contactos que le facilitaron las cosas, y tenía ahorros. “No me imagino hacerlo sin respaldo. Hay que estudiar mucho antes de irse. Estar atentos a decretos, requisitos, burocracia. No es para improvisar”.




Entre Italia y Suiza: contrastes que enseñan
Hoy divide su vida entre Italia y Suiza. Son apenas unos kilómetros de distancia, pero parecen mundos opuestos. “En Suiza todo es orden, limpieza, silencio».
«Se hablan cuatro idiomas y el alemán es imposible: palabras larguísimas, pronunciaciones durísimas. La gente es amable, pero no se abre fácilmente”.




Italia, en cambio, es otra cosa. “Es caos, es calor humano. Hay vida en las plazas, bares, aperitivos al atardecer. Es mucho más parecida a Argentina».
«Los italianos te parecen serios, hasta enojados, pero cuando te abren la puerta, no te dejan irte sin brindar”.




Volver a casa con otra mirada
Recientemente, volvió a Argentina de visita. Junto a su pareja, recorrieron el sur: trekking en El Chaltén —que hoy lidera su ranking de caminatas en el mundo—, las cataratas del Iguazú, la ruta del vino en Mendoza.




El paso por Alta Gracia fue breve, pero significativo. “Alta Gracia me encanta. Verde, gente querida, comunidad. Siempre me cuesta al principio, pero es volver a respirar algo que no se encuentra en otros lados”.
Consejos desde el camino para quienes deseen
Belén sabe que su vida, contada en Instagram, puede parecer de película. Pero también hizo énfasis en que detrás de cada viaje hay decisiones difíciles, soledades, ansiedad, y muchas preguntas sin respuesta.




“Aventurarse nunca es gratis. Hay días duros. Pero si pudiera hablarle a quien sueña con viajar, le diría: empezá por reservar un hostel«.
«Ahí conocí a gente que hoy es mi familia elegida. Siempre hay alguien con quien compartir camino, comida, una charla”.
Una vida sin GPS fijo
Finalmente, Belén no tiene un destino final. Su mapa se dibuja en movimiento. “Me encanta la incertidumbre. Cuando todo está planeado, se pierde la magia. En Nueva Zelanda, un trekking se canceló por mal clima».
«Cambié de rumbo, conocí una ciudad que no estaba en mi itinerario, y terminé haciendo dedo con un japonés. Nos levantó una pareja de argentinos. Eso es magia”.




Hoy vive entre Italia y Suiza. El mes que viene estará en Egipto. Después, quién sabe. Lo único seguro es que, allá donde vaya, llevará consigo algo de Alta Gracia.
Y también la certeza de que vivir sin certezas no solo es posible, sino profundamente liberador.





