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Crónicas al Voleo

La guerra más corta de la historia

La guerra más corta de la historia
Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)

Zanzíbar es la principal ciudad de la isla de Unguja una de las conforman el archipiélago de Zanzibar y que completan Pemba  y Mafia. Algunos la llaman islas de las especias porque esa es su principal producción industrial (fundamentalmente nuez moscada, canela y pimienta). De todos modos, si nos ponen frente a un planisferio, muchos podríamos tener dificultades para señalar archipiélago en el mapa.  Es más, si para darnos una pista nos dicen que en la homónima principal ciudad de la isla nació Farrokh Bulsara lo más probable es que lo confundamos con un futbolista del Crottone o del Alavés antes de que nos aclaren que se trata del gran Freddie Mercury.

Descubierta (para los europeos) por Vasco Da Gama, Zanzíbar tiene una larga historia de dominaciones extranjeras (persas, omaníes, portugueses e ingleses, entre otros). En sus tiempos fue el principal puerto esclavista del mundo árabe (porque medio oriente también traficaba esclavos), vil comercio al que pusieron fin (¡oh sorpresa!) los británicos. Actualmente forma parte de la República Unida de Tanzania.

En esta ciudad se produjo, a fines del siglo XIX, la guerra más corta de la historia.

Un sultán envenenado

La repentina y sospechosa muerte del Sultán Hamad ibn Thuwaini el mediodía del 25 de agosto de 1896 desencadenó los hechos. (Aún no han salido los resultados de la autopsia, pero lo más probable es que haya sido envenenado por su primo y sucesor, Khalid ibn Barghash, que hacía muchos años buscaba quedarse con el trono)

Kahid se calzó la corona desconociendo un tratado firmado con Gran Bretaña según el cual el ascenso al sultanato debía contar con el visto bueno del cónsul inglés, que tenía otro candidato, mucho más dispuesto a colaborar con los intereses de su majestad.

Ante esta situación, el Cónsul Basil Cave y el jefe de la guarnición británica, General Lloyd Mathews, primero aconsejaron al Sultán para que pensara con mayor detenimiento sus acciones; pero por toda respuesta, Khalid se autoproclamó sultán el 25 de agosto a las 15.00 hs., media hora después de haber enterrado (todavía tibio) a su primo (tal vez la prematura inhumación del fallecido sultán sean la causa de la demora del informe de los anatomopatólogos). En vista de esto, Cave envió un ultimátum para que depusiera su actitud antes de las 9 de la mañana del jueves 27 de agosto. Khalid ibn Barghash, con solemnidad dijo a sus ministros «¡minga!» (puede que la expresión no sea del todo textual) mientras hacía un corte de manga, movilizó a la guardia de palacio y montó una barricada en su interior.

La vigilia de la batalla

Al mismo tiempo, y como las fuerzas británicas no podían entrar en combate sin autorización superior, el Cónsul telegrafió al Ministerio de Relaciones Exteriores la siguiente consulta: «¿Está autorizado, en caso de que todos los intentos de solución pacífica fueran inútiles, abrir fuego sobre palacio?». La tarde del 26 de agosto el puerto fue evacuado de naves civiles y comerciales, los residentes británicos evacuados o refugiados en el consulado.

Basil Cave

Mientras tanto, desde Londres llegaba la respuesta al pedido de autorización para abrir fuego: : «Están autorizados a adoptar cualquier medida que consideren necesarias y serán apoyados en sus acciones por el Gobierno de Su Majestad. Sin embargo, no intenten realizar acciones que no estén seguros de culminar con éxito».

Cronistas de la época relataron que «el silencio que había en Zanzíbar era aterrador. Normalmente se oían tambores sonando o bebes llorando, pero esa noche no había absolutamente ningún sonido».

Se acaba el tiempo

Cuando faltaba media hora para la expiración del plazo, Khalid envió al consulado inglés el siguiente mensaje: «No tenemos intención de bajar nuestra bandera y no creemos que vayáis a abrir fuego sobre nosotros». El sultán había logrado movilizar unos tres mil hombres armados con fusiles y mosquetes. La mayoría de ellos eran civiles, aunque contaba con casi un millar de militares de carrera. La artillería estaba compuesta por varias ametralladoras Maxim y una Gatling, un cañón de bronce del siglo XVII y doce piezas de artillería de campo que habían sido un regalo del emperador Guillermo II de Alemania. Además, las fuerzas de Barghash tomaron posesión de la marina zanzibarí, compuesta de una fragata de madera y el HHS Glasgow, el yate del sultán

A pesar de la mojada de oreja que Khalid le hizo a los británicos, fue con la escupidera al consulado norteamericano, buscando que reconocieran su título, pero la respuesta del Cónsul Richard Dorsey Mohun fue escueta y definitiva: «como la subida al trono no fue ratificada por el gobierno de Su majestad, era imposible responderle».

Como se dijo, el aspirante al sultanato contaba con un mayor número de efectivos (casi el doble) pero la mayoría de ellos sin formación militar y con un armamento limitado y –en muchos casos– obsoleto. Por su parte, las fuerzas imperiales eran altamente profesionales y su armamento era numeroso y moderno. Por lo demás, en un día y medio el puerto zanzibarí se llenó de cruceros y cañoneras británicas que apuntaron todo su armamento al palacio real que se encontraba (se encuentra, en la actualidad es un museo) a pocos metros de los muelles.

En un abrir y cerrar de ojos

Con puntualidad inglesa, el general Mathews ordenó el inicio del bombardeo. Segundos después se abrió fuego contra el palacio desde tres naves al unísono. El primer disparo destruyó el cañón árabe del siglo XVII, una reliquia menos para el museo.

Los disparos de los cañones ingleses produjeron un gran número de bajas entre los defensores del palacio. Un corresponsal de Reuters escribió que el sultán «huyó al primer tiro con todos los líderes árabes, pero dejaron a sus esclavos y a sus seguidores para que siguieran luchando». Sin embargo, otras fuentes afirman que permaneció en palacio más tiempo. El bombardeo cesó exactamente a las 9.38, cuando el palacio y el harén anexo estaban incendiados, la artillería enemiga silenciada, el yate real hundido y la bandera del sultán derrumbada.

Las estadísticas del combate son escalofriantes: 500 zanzibaríes muertos, un soldado inglés herido. En general se estima que la guerra duró 38 minutos, pero algunos cálculos más ¿optimistas? la prolongan cinco minutos más porque empiezan a contar desde que el general Mathews ordenó a las tropas prepararse para entrar en combate, indicación emitida a las 8.55.

El fugaz sultán Khalid ibn Barghash se refugió en el consulado alemán y fue expatriado al África Oriental Alemana (actualmente Burundi, Ruanda y Tanganica). Murió en Kenia en 1927.

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