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Crónicas al Voleo

Huir de Berlín

Huir de Berlín
Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)

Desde el sorpresivo e intempestivo comienzo de su construcción –en los primeros minutos del domingo 13 de agosto de 1961– hasta que el primer golpe de maza inició su demolición el jueves 9 de noviembre de 1989, unas 100 mil personas intentaron sortearlo (siempre es necesario remarcar que absolutamente todos intentaban abandonar el lado soviético, nunca al revés; así como nadie se sube a una precaria balsa en Key West para alcanzar las playas de La Habana, ni –en este siglo– atraviesa un continente caminando para refugiarse en Caracas).

El primero en intentar saltar el muro, y lograrlo, lo hizo el 15 de agosto de 1961, cuando recién hacía unos pocos días que habían comenzado las tareas. Conrad Schumann, un soldado de 19 años perteneciente al Ejército Nacional Popular, que tenía a su cargo la vigilancia de la incipiente construcción; que por entonces no era más que unos rollos de alambre de púas extendido a lo largo de la traza, tuvo una especie de epifanía del futuro cercano y, sin pensarlo más, soltó su fusil y saltó la alambrada.

Desde entonces hubo miles de intentos, desde los más simples y desesperados hasta los más espectaculares e ingeniosos. En cada uno de ellos una persona (o un grupo  de personas) arriesgaba la vida en pos de la libertad. Muchos cayeron en el intento (se calculan más de 100 muertos), otros fueron heridos por los guardias o se accidentaron en el intento, unos cuantos miles fueron detenidos y se estima que fueron cinco mil los que alcanzaron el otro lado.

Saltando por la ventana de atrás

Cuando empezó a construirse el muro muchos edificios y casas quedaron con sus ingresos mirando hacia el sector soviético y el contrafrente con vista al sector occidental; especialmente aquellas construcciones ubicadas en la Bernauer Straße. La tentación de intentar fugarse saltando por la ventana de atrás representó un potencial problema para el gobierno de Walter Ulbricht, que intentó prevenir trasladando compulsivamente a quienes vivían en la zona fronteriza.

Antes de que llegara el camión de la mudanza a su departamento del 29 de la Bernauer, Frieda Schulze, de 77 años, decidió que había llegado el momento, armó una pequeña maleta, arrojó a su gato al sector occidental y ató sábanas para bajar a la libertad.

Como el muro era una novedad, siempre había mucha gente observando su construcción y las incidencias que se producían en torno a él. Cuando Frieda se asomó había una platea atenta a sus acciones. La anciana dudó (era un primer piso) lo que le dio tiempo de llegar a los bomberos del sector oriental para intentar detenerla. Por su parte, varios espectadores comenzaron a trepar por las ventanas para ayudar a Frieda a llegar sana y salva al suelo. Se produjo una breve guerra de cinchadas en la que la pobre Frieda era la cuerda. Finalmente los bomberos la liberaron y con la ayuda de sus nuevos conciudadanos la valiente mujer puso sus pies en tierra de libertad. Su logro se festejó más que el gol de Gerd Müller a Holanda en la final del ’74. El régimen pro soviético se tomó el asunto con calma e inmediatamente mandó a tapiar todas las ventanas que daban al sector occidental.

Escape en tren

Harry Deterling era maquinista de la Deutsche Reichsbahn y junto a su compañero de trabajo, Hartmut Lichy, que era carbonero, el 5 de diciembre de 1961 decidieron afanarse un tren para pasar al lado occidental. A las 19.33 partió la formación desde la estación central. Entre los pasajeros viajaban las familias y amigos de Deterling y de Lichy, un total de 24 personas además del pasaje habitual que desconocía los planes del maquinista y su ayudante. A las 21 hs. llegaron a la estación Staaken, la última del sector oriental. A esa hora había, además de los conjurados, siete pasajeros más que se llevaron una gran sorpresa cuando en lugar de frenar, el tren aumentó su velocidad hasta los 80 kilómetros por hora, llevarse puesto todo lo que tenía por delante y finalmente detenerse en sector Oeste. Al día siguiente Harry Deterling cumplió 28 años. «La libertad fue el mejor regalo que recibí», declaró.

Los siete pasajeros que no eran familiares de los líderes de la fuga regresaron. La máquina y los vagones, más tarde, fueron devueltos. Y las vías, cerradas para evitar otro escape similar. La línea recién fue reabierta en 1992, tras la caída del Muro.

Si Daniel Salzano hubiera escrito versos como «No sé si estaba borracho / La noche en que decidí / Robar la locomotora / Y volverla a conducir», y a la canción la hubiera grabado Jairo, habría sido un golazo.

El ratoncito alemán

Klaus-Günter Jacobi era mecánico y en 1964 su mejor amigo, Manfred Koster, le comentó su intención de escapar de Berlín Oriental para reunirse con su familia del otro lado del muro. Klaus-Günter empezó a pensar cómo podía ayudar a su amigo y un día se fijó en su pequeño coche, un simpático BMW Isetta (conocido por estas pampas como el «Ratón Alemán»). Ese pequeño prodigio mecánico siempre despierta ternura, pero jamás sospechas.

El asunto es que no era nada fácil meter un polizón oculto en las exiguas medidas del autito. Apenas 2,3 metros de largo y 1,4 metros de ancho. Pero Jacobi era habilidoso. Abrió un hueco en la moldura detrás del asiento, movió el estante hacia arriba y quitó la rueda de repuesto; la calefacción y el filtro de aire. También cambió el tanque de combustible de 13 litros por uno de apenas 2 litros para dejar espacio para el pasajero oculto. El 23 de mayo, poco antes de que el paso fronterizo cerrara a medianoche, el BMW Isetta pasó bajo la barrera abierta. Poco después de cruzar, su amigo Manfred salió de su escondite detrás del asiento y pudo reunirse con su familia.

Los que pudieron y los que no: su legado de libertad

Hubo quien se robó un blindado militar, algunos hicieron túneles; dos familias construyeron un globo con sábanas y telas y a fuerza de garrafas de gas propano volaron a través de la frontera durante la noche. Algunos simplemente saltaban el muro y corrían desesperadamente, rogando no pisar una mina o quedar en la mira de los francotiradores. Heinz Meixner era austríaco y podía cruzar de un lado a otro del muro con total libertad. Pero su novia y suegra eran alemanas y no tenían la misma posibilidad. Un día, Heinz midió la altura de la barrera del Charlie Point: 90 centímetros. En Berlín occidental alquiló un Austin-Healey Sprite; un descapotable inglés al que le quitó el parabrisas y le desinfló levemente los neumáticos; dejándolo unos 10 centímetros por debajo de la altura de la barrera. Ocultó a su novia bajo el capot rebatible y a su suegra en el baúl y cuando el guardia fronterizo le autorizó el paso aceleró hacia la libertad.

Otros no tuvieron tanta suerte y dejaron la vida en el intento, pero su sacrificio no ha sido en vano. Todos ellos nos dicen que ningún esfuerzo es en vano si el objetivo es la libertad.

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