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El rebote de las palabras y las formas

Por Luis Eliseo Altamira

 

Milton Nascimento quería cantar con eco desde aquella tarde de la niñez en que las montañas de Minas Gerais le devolvieron, conmovidas, su voz. Frank Zappa decía que si el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios, Dios tenía que ser bastante estúpido… y un poco feo, también. Ecos de las palabras y de las formas.

La ninfa Eco, responsable de haber entretenido a Hera con diversos relatos que dieron tiempo a las concubinas de Zeus para huir, fue condenada por aquélla a repetir involuntariamente los gritos ajenos. Cuenta Robert Graves: “Un día en que Narciso salió a cazar ciervos, Eco le siguió a escondidas a través del bosque sin senderos, con el deseo de hablarle pero incapaz de ser la primera en hacerlo. Por fin Narciso, viendo que se había separado de sus compañeros, gritó: ´¿Hay alguien por aquí?`. ´¡Aquí!`, repitió Eco, lo que sorprendió a Narciso, pues no había nadie a la vista. ´¡Ven!`. ´¡Ven!`. ´¿Por qué me eludes?`. ´¿Por qué me eludes?`. ´¡Unámonos aquí!`. ´¡Unámonos aquí!`, repitió Eco, y corrió alegremente del lugar donde estaba oculta a abrazar a Narciso. Pero él sacudió la cabeza rudamente y se apartó: ´¡Moriré antes de que puedas yacer conmigo!`, gritó. ´Yace conmigo` suplicó Eco. Pero Narciso se había ido, y ella pasó el resto de su vida en cañadas solitarias, consumiéndose de amor y mortificación, hasta que sólo quedó su voz”.

La historia mitológica de Eco y Narciso, encuentros y desencuentros en el bosque.

Nosotros, cada vez que pronunciamos o escribimos una palabra, somos, de alguna manera, Eco. Gabriel Celaya dice en “Poesía, sociedad anónima”: “Parezco personal, más digo lo sabido por otros hace siglos. O quizás, ayer mismo. Ojalá me repitan sin recordar quién fui, como ahora yo repito a un anónimo amigo. ¡Oh, futuro perfecto! No hay otra permanencia que la de ser un eco corregido por otros que no sabrán mi nombre, ni –espero– mi aventura”.

De la necesidad de corregir el eco hablaba Antonin Artaud con vehemencia, en el capítulo “No más obras maestras”, de su libro “El teatro y su doble”. Decía: “Uno de los motivos de la atmósfera asfixiante en que vivimos sin escapatoria posible y sin remedio –y que todos compartimos, aún los más revolucionarios– es ese respeto por lo que ha sido escrito, formulado o pintado, y que hoy es forma. (…) Tenemos el derecho a decir lo que ya se dijo una vez, y aún lo que no se dijo nunca, de un modo personal, inmediato, directo, que corresponda a la sensibilidad actual y que sea comprensible para todos”.

“Una multitud que se extrema ante las catástrofes ferroviarias -continúa Artaud-, que conoce los terremotos, la peste, la revolución, la guerra, una multitud sensible a las angustias desordenadas del amor puede ser conmovida sin duda por elevadas nociones, pero a condición de que se le hable en un mismo lenguaje, y que esas nociones no se envuelvan en ropajes y palabras adulterados propios de épocas muertas que no volverán. (…) Todo conformismo nos hace confundir lo sublime, las ideas y las cosas con las formas que han tomado en el tiempo y en nosotros mismos, en nuestras mentalidades de snobs, de preciosistas y de estetas que el público no entiende. No tendrá sentido culpar al mal gusto del público, que se deleita con insensateces, mientras no se muestre a ese público un espectáculo válido. (…) El público, que toma la mentira por verdad, tiene el sentido de verdad, y reacciona siempre positivamente cuando la verdad se le manifiesta”.

Antonin Artaud también aportó lo suyo a la hora de hablar del eco y de las palabras.

Volviendo al tema del eco, diremos que existen otros tipos de eco, además del de la palabra. Por ejemplo, el de las formas físicas. Comenzando por el de la propia, ya sea el que repiten los espejos (dónde a ser apariencia se acostumbra el material vivir, como dijo alguna vez Enrique Banchs) u otro de carne y hueso (léase, hermano gemelo). El borracho del cuento “Una flor amarilla”, en tanto, persuadido de que alguien exactamente igual en forma física y destino nos prosigue después de la muerte, le asegura a Julio Cortázar haberlo encontrado en vida: “Un pequeño error en el mecanismo, un pliegue del tiempo, un avatar simultáneo en vez de consecutivo. Luc hubiera tenido que nacer después de mi muerte, y en cambio… Sin contar la fabulosa casualidad de encontrármelo en el autobús”.

El tema sigue y el espacio se termina. Hasta cualquier momento.

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