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Crónicas al Voleo

Arthur Conan Doyle, el espiritista

Arthur Conan Doyle, el espiritista
Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)

Tal vez una de las figuras de ficción más influyente de la niñez y temprana adolescencia de muchos (entre ellos se cuenta el que esto escribe) sea Sherlock Holmes. El certero, ingenioso e irónico detective privado, compañero de aventuras y de departamento del Dr. John Watson en investigaciones en las que normalmente dejaba en ridículo al Inspector Lestrade de Scotland Yard, se enfrentaba al temible John Moriarty y desquiciaba la Sra. Hudson, el ama de llaves el edificio de Baker Street 221b.

El personaje creado en 1887 por el escocés Arthur Conan Doyle se destaca por su inteligencia, su hábil uso de la observación y el razonamiento deductivo para resolver casos difíciles. Si bien con anterioridad Edgar Alan Poe había dado a conocer a Auguste Dupin, Holmes fue la quintaesencia de investigador infalible que se convirtió en el modelo para toda las historias de detectives que se escribieron desde entonces.

Pero a pesar de que su personaje más famoso era prácticamente esclavo del razonamiento y la lógica, las inclinaciones de su creador, con el correr del tiempo, se fueron moviendo hacia un extremo diametralmente opuesto.

Crear y matar a Holmes

Conan Doyle nació en Edimburgo en 1859 en el seno de una familia católica irlandesa. Los historiadores no se ponen de acuerdo si Arthur Conan (Conan era su segundo nombre, no su primer apellido, según me estoy enterando ahora) tenía 8 o 9 hermanos. Lo que si queda claro es que cuando era adolescente la familia comenzó a resquebrajarse, fundamentalmente por el alcoholismo de Charles Doyle, su padre.

A los 17 años, y con el apoyo económico de sus tíos, comenzó estudios de medicina en la Universidad de Edimburgo. En esa misma época demostró gran interés y capacidad para los deportes, destacándose en rugby, golf y boxeo. Recibió su doctorado en 1889, dos años después de haber publicado «Estudio en escarlata», que –no obstante su pesimismo– fue un enorme éxito.

Sherlock Holmes obtuvo fama y prestigio y delegó a su creador a un segundo plano. Doyle pretendía ser un escritor de novelas históricas y algunas de ellas –como «La guardia blanca»– tuvieron gran suceso, pero el público le pedía una y otra vez al detective. Así comenzó su resentimiento con su criatura, a punto tal que en «El problema final» decidió hacerlo desaparecer en una épica pelea con Moriarty que los llevó a caer al abismo en las cataratas de Reichenbach, en Suiza.

La vida sin el detective

La reacción del público fue de furia. The Strand, la publicación que editaba las historias de Sherlock, perdió 20.000 suscriptores. El correo de Conan Doyle se llenó de cartas con protestas y hasta con insultos. Algunas personas que creían que Sherlock Holmes era real vistieron un brazalete negro por las calles de Londres.

Luego de la «muerte» del afamado detective, Doyle gozó de un período en el que se dedicó a varias de sus pasiones: viajó por el mundo, dio conferencias en Estados Unidos, participó en un conflicto armado en Sudán como corresponsal de guerra y en la guerra de los Boers en Sudáfrica al frente de un hospital de campaña cuyos costos asumió por su cuenta.

Sin embargo, ya entrado el siglo XX, y en un período de pocos años, Arthur Conan sufrió la pérdida de su primera esposa Louisa, de su hijo Kingsgley y de su hermano menor Inner. En ese lapso también fue cronista en la Primera Guerra Mundial, donde tuvo ocasión de observar el horror de esa cruel conflagración.

Un cuento de hadas

Estas dolorosas experiencias revivieron en Doyle sus antiguas creencias en lo sobrenatural e interesarse en el espiritismo. Estaba convencido de que era posible comunicarse con los muertos y participaba asiduamente en sesiones de espiritismo.

En 1917 se dieron a conocer unas fotografías en las que dos adolescentes, Elsie Wright y Frances Griffith, supuestamente interactuaban con hadas en Cottingley, cerca de Bradford. Doyle obtuvo copias de las placas y se las mostró a un reputado psíquico londinense, Sir Oliver Lodge, quien afirmó que lo más probable es que fueran trucadas (tiempo después se supo que Elsie había estudiado artes desde los 13 años y trabajaba en un laboratorio fotográfico donde tenía que tenía que crear fotos compuestas de soldados caídos en batalla con las fotografías de sus seres queridos. Sacá del medio, Photoshop).

Sin embargo, y al igual que gran parte del público inglés, Arthur Conan estaba convencido que las fotografías eran reales, más allá de que para la comunidad pseudocientífica (psíquicos, ocultistas y demás mercanchifles) los peinados de las supuestas hadas hayan sido «demasiado parisinos para ser reales».

Contra toda evidencia

En ese momento Doyle estaba preparando un artículo sobre ese tema para The Strand Magazine y, por ende, algo obsesionado al respecto A punto tal que en una carta al líder teosofista, Edward Gardner (que colaboró con él en la investigación del caso) afirmó que: «Mi corazón se alegró cuando aquí en la lejana Australia recibí tu nota y las tres maravillosas fotografías que son la confirmación de nuestros resultados publicados. Cuando se acepten nuestras hadas, otros fenómenos psíquicos encontrarán una aceptación más fácil…»

El asunto de las hadas, luego de alcanzar su pico de popularidad, fue cayendo en el olvido, aunque Doyle nunca dudó de la autenticidad de las fotos. El escritor ya hacía mucho tiempo que había fallecido cuando, en 1981, Elsie y Frances admitieron haber falsificado las fotografías. Para mí el retoque es evidente y casi burdo, pero como no soy espiritista no opino.

El caso del mago

Otro hecho que ilustra el convencimiento del padre del detective más famoso sobre lo sobrenatural es su enfrentamiento con una de las figuras del espectáculo de aquellos tiempos: Harry Houdini.

Desde hacía algún tiempo el afamado ilusionista asistía a sesiones de espiritismo, pero su interés no era comunicarse con afectos del más allá, sino más bien estudiar los trucos que utilizaban los médiums para sus supuestos contactos con espíritus, con toda la intención de aplicarlos en sus presentaciones. En una de estas sesiones conoció a Doyle y comenzó a forjarse una gran amistad.

A esta altura resulta indispensable afirmar que Doyle era un absoluto crédulo que se mantenía incólume en su convencimiento aun cuando las evidencias e incluso la abierta confesión de los médiums fraudulentos. Por otra parte, se sabe que Houdini era un escéptico total y, además de descubrir los trucos de espiritistas, nigromantes, pitonisas y ocultistas, aprovechaba para ponerlos en evidencia y denunciar sus estafas.

Harry Houdini
Conversión celestial

Así llegamos a la noche en que Doyle invitó a su amigo a una sesión en su casa en la que Jenny, su segunda esposa, intentaría contactar a la madre de Houdini, fallecida años antes. Comenzado el ritual, Jenny fue «poseída» por el supuesto espíritu, que a través suyo escribió una carta para su hijo, ilustrada por dibujos de cruces y otros símbolos claramente cristianos.

Allí Houdini estalló indignado. Al leer que el mensaje estaba escrito en perfecto inglés, según relata Alejandro Dolina, expresó que «a pesar de que mi santa madre vivió en Estados Unidos durante casi 50 años, nunca aprendió a hablar ni a escribir en inglés. Por lo demás, quizás mi madre se haya convertido al cristianismo en el cielo, pero eso es poco probable porque era fervorosamente judía». Y retirándose agregó: «Los farsantes deberían tener la delicadeza de ilustrarse en los intereses de los falsos muertos que falsamente convocan».

Maldito Holmes

La evidencia no hizo recapacitar a Doyle, que siguió convencido que esa noche la madre de Houdini se había hecho presente en su domicilio.

Sir Arthur Conan Doyle murió en 1930. Hasta el último de sus días estuvo resentido con Sherlock Holmes. Aun cuando su obra literaria fue diversa y trascendió largamente al detective, el hombre de la pipa, que tocaba el violín, se burlaba del inspector Lestrade y le daba a la falopa, la dejó siempre en segundo plano.

Tal vez en el más allá se haya encontrado con sus hadas y aquellos espíritus que convocaba en su vida terrenal y desde donde esté nos mire con una sonrisa burlona y piense «qué saben esos giles».

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