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La Educación sobre la Mesa

La Educación sobre la Mesa. Hoy: «Entre miradas observadoras, aprendizajes significativos»

La Educación sobre la Mesa. Hoy: "Entre miradas observadoras, aprendizajes significativos"

“Enseñar a mirar puede definirse como el conjunto de acciones que se desarrollan con el propósito de favorecer el pasaje de una mirada espontánea, rápida y habitual, hacia una mirada detenida inquisitiva, inquieta y crítica.”

Todo un tema la mirada. Hay veces que veo, y es como si nada pasara, pero si miro y observo, es tanto lo que encuentro que prefiero seguir viendo sin ver nada. De una manera empírica o ignorada, la sociedad en general da un uso indiferente a los conceptos de “ver” o “mirar”.

Pero si nos adentramos en el campo semántico de estos términos nos encontramos con sus particularidades. Hablamos de “ver” como algo propio de todo ser viviente que cuente con el sentido de la vista. Definida por la RAE, como: “Percibir con los ojos algo mediante la acción de la luz”. Por otro lado, al término “mirar” se le atribuye el significado de: “Dirigir la vista a un objeto /Observar las acciones de alguien.  Revisar, registrar. /

Tener en cuenta, «atender.”, citando algunas de las acepciones conferidas por la RAE. “Mirar hacia atrás, o hacia adelante o en cualquier otra dirección siempre implica un punto de vista” (Hobsbawm, 2003, 17). Es un punto de vista que tiene que ver con el espacio que ocupa el observador y el tiempo, cronológico e histórico, desde el que observa. Mirar, y da igual lo que miremos, implica también una selección. Y exige, aunque no lo parezca, un aprendizaje previo. El mirar por tanto es una práctica cultural, mediata, que tiene semántica y pragmática propia.

La mirada lleva impresa en sí misma un sin fin de interpretaciones, sentidos y sensaciones. Sin que pronunciemos una palabra, en ella se plasman infinidad. Mirar es aprender a explorar e indagar con los ojos. Pero eso que inicialmente vemos, que luego miramos, complementa su comprensión y sentido a través de la “observación”. Conceptualizada como “Examinar atentamente. /Mirar con atención y recato, atisbar.”, entre otras. Es así que este vocablo nos permite conformar nuestra triada de hoy. Estas tres acepciones son similares en apariencia, pero diferentes en su esencia. Es necesario darle la relevancia correspondiente, ya que podemos ver, lo que no implica mirar, y al mirar, tal vez no llegamos a observar.

Diferenciar para aprender y enseñar

Diferenciar entre “ver, mirar y observar», y comprender sus conceptos, nos aporta, como educadores, un marco referencial. Este nos permite  promover las prácticas de estos procesos con intencionalidad en diferentes situaciones y contextos.

Se brinda así a los estudiantes, espacios que les permitirán desarrollar una visión crítica y reflexiva sobre la manera en que percibimos el mundo que nos rodea. Se fomenta el ejercicio de la autonomía en el proceso de aprendizaje, tanto individual como colectiva, a través de la elección de estas acciones visuales, para resolver diversos interrogantes, que surjan en las distintas áreas curriculares, y vivenciar acerca de cómo pueden influir los mismos, en la obtención de datos y las variadas interpretaciones sobre los resultados, teniendo en cuenta el objeto de estudio.

Promueven el desarrollo de habilidades cognitivas y perceptivas, así como la capacidad de diferenciar matices en los procesos de percepción visual. Se busca que los estudiantes adquieran una mayor conciencia de la importancia de ver, mirar y observar de manera deliberada. Todo para enriquecer su experiencia, comprensión del entorno y construir aprendizajes significativos para la vida.

Observar para aprender

Puede parecer que observar solo implica lo que hacemos con la vista. Observar es una posibilidad real de trasformación. No solo de aquello que vemos con los ojos, sino incluso con la emocionalidad que nos genera esa observación.

En el momento en que lo hacemos, se desarrolla una conexión directa entre lo que observamos y nosotros. Ver, mirar, observar parecen lo mismo, pero no lo es. Una definición de De Ketele (1984) expresa que la observación es un proceso que precisa atención voluntaria y selectiva en función del objetivo que se quiere lograr.

Un desafío para los estudiantes será indagar, cuestionarse, diseñar, instrumentos para recabar y registrar información sobre el objeto o situación que se desea considerar. El docente se vuelve entonces un guía que habilita caminos para andar y desandar. Y la interacción desde la cultura digital se constituye en un recurso que requerirá de la puesta en práctica del pensamiento crítico ante la necesidad de discernir entre las distintas opciones, para la toma de decisiones.

Por tanto, la intencionalidad se presenta como una de las características más relevantes de este proceso, ya que identifica, por un lado, la función que tiene la observación y, por otro, precisa aquellos aspectos en los cuales delinear el campo sobre el cual se efectuará.

Sobre el final entonces subrayamos la relevancia de reconocer y diferenciar entre ver, mirar y observar, y así promover el ejercicio de estas acciones. Es allí en donde radica uno de los tantos desafíos áulicos, generar espacios para que los estudiantes puedan expresar y realizar una lectura del entorno, desde un sentido reflexivo, indagar lo que subyace en el mismo, y proyectar nuevos aprendizajes.

“El hecho de mirar se convierte así en un acto cultural; un acto cultural que no sólo varía de una persona a otra, sino que se modifica con el paso del tiempo. Cada sociedad tiene formas propias de ver el mundo y, por tanto, también de representarlo» (Panofsky, 2003, 27).

Que sea un  domingo para ver, mirar y observar.