Ayer dolió. No hay mucha vuelta. Argentina perdió una final del mundo y eso siempre pega en algún lugar que no sabes explicar del todo. Yo me junté con tres amiga como en la final anterior, casi como si repitiéramos un ritual esperando que la magia hiciese lo suyo. Pero no fue el caso. Astros.
Arrancó el partido y me pasó lo de siempre: los nervios, el corazón aguantando, la cabeza yéndose a cualquier lado. Y entonces, como si eso pudiera torcer algo del destino, fui a mi cábala. Minutos antes de que terminara el segundo tiempo, me puse los auriculares y dejé que sonara rock nacional. Como tantas veces. Y ahí apareció Astros de Ciro y los Persas.
No sé bien en qué momento pasó, pero la canción empezó a mezclarse en mi cabeza con todo lo que estábamos viviendo, con los últimos 20 años. Con él. Con Messi.
¿Qué se le puede recriminar a un tipo así?
Cinco mundiales. Cinco. Transpiró la camiseta como nadie, incluso cuando alrededor todo parecía romperse un poco. Se bancó críticas, silencios, miradas injustas. Boludeces de periodistas. Y sin embargo, siempre volvió. Siempre jugó. Siempre nos hizo creer.
Nos ilusionó mil veces. Gambeteó como si el tiempo no existiera. Se cargó equipos al hombro cuando hizo falta y también supo correrse para que otros brillen. Y en este Mundial, además, se lo vio distinto. Se lo vio feliz. Jugando. Disfrutando… Despidiendose.
Ni hablar del partido contra Inglaterra… ahí hubo algo más. Algo maradoniano, sí, pero también algo muy suyo. Como si en ese momento hubiera salido a defenderse, pero sobre todo a devolver un poco de todo ese amor que alguna vez recibió cuando más lo necesitaba. A jugar con esos pibes que lo bancaron incluso cuando parecía que no alcanzaba. A darles un souvenir de despedida a todos los argentinos.
Por eso no, no hay nada para reprochar, capitán. Queda agradecer. De verdad. Porque hay jugadores que juegan para la historia… Y después está Messi, que ya no baila para los astros, baila con ellos.




