Por Rosario Núñez. En el corazón de Alta Gracia, donde el aire siempre tiene un leve aroma a sierras y a café molido, vivía Rocco.
«Café de perros». Rocco era un barbincho color canela, experto en esquivar autos en la Avenida Belgrano y con un máster en derretir corazones de turistas a cambio de un trozo de medialuna. Vivía al día, libre y sin correa.
Hasta que una tarde de otoño, cerca del Reloj Público, se cruzó con Luna.
Luna era una galga flaca, de ojos negros y profundos, que caminaba con una elegancia que no se condecía con su realidad callejera. Cruzaron miradas bajo las tipas de la plaza y, sin ladrar una sola palabra, se entendieron.
El flechazo fue tan inmediato que Rocco, por primera vez en su vida, olvidó el pedazo de criollito que acababa de conseguir. Decidieron andar juntos. Y como el amor da sed, y el otoño cordobés es seco, armaron su propia ruta romántica por los cafés de la ciudad, buscando complicidad, sombra y, por supuesto, hospitalidad.
La Ruta del Amor y el Agua
Su primera parada oficial fue La Tienda de Café, frente a la plaza. Ahí, el mozo —un chico joven que ya conocía las andanzas de Rocco— no tardó en sacarles un recipiente plástico con agua bien fría. Luna tomó primero, tímida, mientras Rocco la custodiaba con el rabo en alto, orgulloso de su primer logro como caballero andante.
De ahí, trotando a la par, subieron por la calle España rumbo a Solares Espacio Cultural. El patio colonial los recibió con ese misticismo de las casonas viejas. Se echaron bajo una mesa de hierro forjado.
Una pareja que compartía un tostado se encariñó tanto con la estampa de los dos perros abrazados con la mirada que les pidieron un «recreo de agua» al mostrador. El tacho llegó con hielo de yapa, un lujo que refrescó sus lenguas y selló su promesa de no separarse.
A media tarde, cuando el sol empezó a caer y a pintar de dorado las paredes del Tajamar, bajaron hacia Terruño. Sabían que ahí el ambiente era más tranquilo. Se acomodaron en las mesitas de afuera, mirando el agua. La dueña del lugar, una mujer de delantal impecable, salió especialmente con un copón de acero inoxidable lleno hasta el borde.
«Tomá, reina, para vos y tu novio», le dijo a Luna, acariciándole el lomo. Rocco casi muerde el aire de la emoción.
Para el cierre del día, cuando las luces de la ciudad empezaban a encenderse, caminaron hasta las cercanías del Museo Casa del Che para visitar un pequeño café de especialidad, esos que tienen banquitos de madera en la vereda. El barista, un pibe con onda, no solo les puso un bowl gigante de agua, sino que les convidó un par de galletas de avena aptas para pichichos.
Al final de la jornada, con la panza llena de agua fresca y el corazón rebosante, Rocco y Luna se acurrucaron en el césped, bien cerca de la sombra del Tajamar. Ya no eran dos perros callejeros cualquiera; eran los dueños de las veredas, los catadores de la amabilidad de Alta Gracia y, por sobre todas las cosas, compañeros de ruta.




