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Crónicas al Voleo

Studio 54, el templo del glamour y del reviente

Studio 54, el templo del glamour y del reviente
Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)

El 26 de abril de 1977 la historia de la nocturnidad (modo pretendidamente distinguido para referirse a la joda) cambió para siempre. Ese día (más bien esa noche) abrió sus puertas Studio 54, que en pocas horas se convertiría en el arquetipo de los clubes nocturnos.

Algunos meses antes, Steve Rubell e Ian Scharger – dos emprendedores de Brooklyn que forjaron su amistad en la Universidad de Syracuse– habían adquirido una antigua sala teatral ubicada en la planta baja del edificio ubicado en el 254 de la calle 54 Este; a apenas 5 cuadras del acceso sur del Central Park, en pleno Manhattan. Hasta entonces habían dirigido una disco en la zona de Queens y con el impulso de la relacionista pública del modisto Valentino, la peruana Carmen D’Alessio, decidieron mudarse a la isla con el objeto de acceder al público más glamoroso de Nueva York (y el más adinerado, obvio). Ricos y famosos (y libertinos) serían desde entonces sus clientes predilectos.

Steve Rubell e Ian Scharger, los emprendedores.
Un viejo teatro de ópera

El local, junto con el edificio que lo contiene, fue construido en 1927 y había sido bautizado con el nombre de Gallo Opera House. En la noche inaugural se presentó La Bohème. Pero su vida como sala operística fue breve y al poco tiempo se convirtió en teatro de variedades y más tarde en café concert.

En 1942, la cadena CBS compró la propiedad, la identificó como Studio 52 y la empleó para retransmisiones de radio; hasta que con la aparición de la televisión fue convertida en un estudio televisivo desde el cual se emitieron numerosos programas y telenovelas hasta mediados de la década de 1970. A finales de 1975 CBS vendió la propiedad a Rubell y Scharger, quienes desde entonces se dedicaron a hacer historia en la noche neoyorquina.

La impulsora del proyecto, Carmen D’Alessio, era una de las relacionistas más importantes del momento y de su agenda salieron las direcciones de los cinco mil invitados a la noche inaugural. Y la lista no era para nada despreciable. Aquella noche del 26 de abril de 1977 desfilaron por la puerta de ingreso figuras de la talla de Diana Ross, Mick Jagger y su entonces esposa Bianca, Salvador Dalí, Liza Minnelli, Donald Trump y su esposa Ivana, Debbie Harry y Brooke Shields y una larguísima lista de etcéteras. Calvin Klein y Andy Warhol fueron los padrinos del local.

Michael Jackson y Elton John
Vos entrás, vos no

Pero la fama y el dinero no eran los únicos requisitos exigidos por los celosos porteros de la disco. Tan es así que aquella primera noche se quedaron en la vereda, puteando a medio mundo, algunas celebridades como Warren Beatty, Cher, Woody Allen y Frank Sinatra.

Y es que la arbitraria selección de quién podía entrar y quién no fue otra de las marcas de fábrica del boliche del Midtown. Según Richie Williamson, uno de los diseñadores que se ocupaba de preparar el local para las fastuosas fiestas temáticas que allí se realizaban, «había gente que no lograba entrar porque no se la consideraba cool, porque no tenía estilo, con camisas de poliéster o unos zapatos equivocados. Los trajes formales tampoco encajaban ni las mujeres con peinados ordinarios. A veces resultaba difícil, había gente que se encolerizaba».

Todos querían entrar, pocos lo lograban
Libertad total

Había una norma para permitir el ingreso: un equilibrado balance entre richs & famous y young & beautifuls. Y es que una vez adentro la libertad era total y las celebridades podían dedicarse a «amenizar» con jovencitos y jovencitas desprejuiciados sin tener que preocuparse por los papparazzi. Camareros y camareras, ataviados con pequeños trozos de tela que mostraban más de lo que sugerían, solían –además de dejar las bebidas– sumarse a las fogosas tertulias que se montaban en la pista, en los palcos o en los servicios.

Cuenta la leyenda que un jovencísimo Alec Baldwin –por entonces, camarero para pagarse sus clases de interpretación– fue despedido al no poder «mantenerse al margen» en los momentos hot de los clientes que él presenciaba mientras les servía copas. Pero es poco probable que lo hayan echado por eso, porque según habitués, una de las funciones de los mozos era, justamente, involucrarse cuando eran convidados al sexo en manada.

La pista de Studio 54 estaba presidida por «The man in the Moon», una instalación que mostraba una luna con rostro de hombre esnifando cocaína. De más está decir que no hacía falta ir al baño para pegarse un raquetazo cuando podías hacerlo en la bandeja del mozo. La casa proveía cocaína y marihuana tanto como champán y vodka

Exceso y sabiduría

Durante su fugaz apogeo fue el lugar favorito de fiesta y reviente de todo famoso que viviera o visitara Nueva York. Ryan O’Neal, Jack Nicholson, Anjelica Huston, Richard Gere, Yves Saint Laurent, Farrah Fawcett, Paloma Picasso; las modelos Lauren Hutton y Marisa Berenson, el actor Helmut Berger y Jacqueline Bisset (entre otros tantísimo) se descontrolaron en sus instalaciones. En sus palcos se formó la autodenominada «patrulla del amanecer» –formada por Robin Williams, Christopher Reeve y Dodi Al Fayed, el empresario que terminaría estrolándose con la Princesa Diana en Parías– que, cuando el local cerraba, se montaba en una limusina preparada para seguir de caravana.

En épocas en que las luchas por los derechos civiles y la libertad sexual estaban en su apogeo, en la pista de Studio 54 no había distinción de raza, sexo o preferencias sexuales. Blancos, negros (o afroamericanos o no blancos) y toda la paleta intermedia convivían y disfrutaban sin importar si eran heterosexuales, gays o trans. Steve Rubell siempre citaba la frase de William Blake para explicar su negocio: «El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría».

Tres años

El éxito económico de Studio 54 fue impresionante. Rubell solía decir que en el primer año ganaron más de siete millones de dólares, agregando que «solamente la mafia tiene ganancias más altas». Como una burla del destino, Rubell y Schrager fueron detenidos en 1979 por evasión de impuestos (el mismo asunto que lo llevó a Al Capone a la sombra). Habían olvidado pagar unos dos millones y medio al fisco. Rubell intentó defenderse acusando a un alto funcionario del gobierno de Jimmy Carter de haber consumido cocaína en el sótano del local; pero no tuvo éxito. Cuando allanaron el local tras su clausura, en 1980, se encontraron numerosos paquetes de cocaína y dinero en archiveros e incluso disimulados en escondites tras las paredes de las oficinas.

La fiesta de clausura de Studio 54 tuvo lugar en febrero de 1980 –porque había que despedirse a lo grande– y fue llamada «El final de la Gomorra moderna». En ella participaron, entre otros, Diana Ross, Ryan O’Neal, Jack Nicholson, Richard Gere y Sylvester Stallone. Se cuenta que la última copa que se sirvió la bebió Rocky. Diana Ross fue quien cerró el show final de la discoteca. Tres años bastaron para ingresar en la historia, like a shootin’ star.

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