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Raúl Cortéz le hace pelo y barba a la memoria

Raúl Cortéz le hace pelo y barba a la memoria

Del archivo de «Cosas Nuestras»

Visitar a Raúl Cortez en su casa es un placer. Charlar con él es, ni más ni menos, que adentrarse en los caminos de la memoria. Es recordar personas, hechos, historias de Alta Gracia de la mano de uno de los peluqueros más antiguos de la ciudad, y a la vez más emblemáticos.

Raúl es un tipo sencillo, un vecino de barrio que conoció desde chico que la vida te impone trabajar para salir adelante, y que cualquier otra alternativa, deja de ser válida.

Estuvo casado con Tita, el amor de su vida, la que le cambió para siempre su mirada sobre el mundo, y quien fuera su compañera hasta hace poco. Cree en Dios, pero como un ser supremo que no adminte interpretaciones de religión alguna.

Es un agradecido de la vida, y de todo lo que la vida le dio; incluso de lo que le quitó “porque de todo se aprende”, como él mismo lo dice.

Nacido allá por donde la ciudad se va convirtiendo en Villa Oviedo, abrazó desde chico la profesión de peluquero, y no la dejó sino hasta hace unos pocos años, ya cansado de tanto batallar con tijeras, navajas y peines.

Hijo de familia trabajadora, se crió en el culto de la labor diaria, y eso le inculcó a sus hijos.

Por su peluquería, casi un consultorio de psicólogo pasaron generaciones enteras contando sus anécdotas, sus hazañas, sus pensares y sus dolencias.

Raúl Cortéz tuvo otro amor, más terrenal: el viejo Sportivo Alta Gracia; y fue uno de los que abandonó su pasión cuando ésta se transformó en fusión de clubes allá por los años ochenta.

Apasionado, lector ávido, solidario y fundamentalmente, una persona educada que sabe que el único camino para buscar el respeto, es precisamente respetando. En Cosas Nuestras nos propusimos conocer más sobre su vida. Nos sentamos imaginariamente en el sillón de su peluquería, y dejamos que fuera él quien hablara…

Nacido en Villa Oviedo, pero…

Raúl Cortéz nació allá donde hace rato la ciudad se convirtió en barrio. “Vivíamos en calle 24 de setiembre, una cuadra pasando el puente Buteler, en la subidita para ir a las vías, cerquita del arroyo”. Eso, geográficamente es barrio Gral. Bustos, tirando a Villa Oviedo. Pero a Raúl no le gusta eso: “Nací en Villa Oviedo, pero no me considero de allá, porque allá son de Banfield. Yo soy de Sportivo”, afirma adelantando que no será un tema menor en la charla su amor por los colores aurinegros.

Como fuera, Raúl fue fruto de una familia de trabajadores. Su padre, Antonio, el “Mono” Cortéz trabajaba en las canteras. “Eramos una familia de trabajadores, y en esa época los trabajadores éramos pobres. Mi papá trabajaba en las canteras del Cerro y yo iba todos los días a llevarle la comida. A la vuelta me volvía cargado con leña para la cocina. Eramos pobres pero nunca nos faltó la comida. Locro, polenta…puchero chico, no había lujos, pero nos la arreglábamos. Además, estábamos relativamente cerca del Matadero; teníamos un primo que iba a ayudar allá y mi madre le encargaba que apenas degollaran al animal, le juntara la sangre en un tarro limpio y trajera la tripa gorda. Todo servía para poner en la olla”.

De su infancia, Raúl cuenta muchas anécdotas que luego formaron parte de su vida misma. “Si no tomás la sopa, no te vas a bañar al arroyo, me decía mi mamá, y era el peor castigo que podían darme en verano”. Porque en esa época, el arroyo era el sitio elegido por todos para quitarse el calor de encima. “Iba al balneario de las campanitas, por el puente Buteler, a la izquierda, yendo para villa Oviedo, también a la bateíta, cerca del almacén de los Asúa”, cuenta.

La vida no era sencilla por esos tiempos, y lo fue forjando: “De chicos, mi madre calentaba el agua en un fuentón para bañarnos… yo me iba al arroyo no importaba la época del año.  Actualmente no me baño con agua caliente, siempre me ducho con agua fría. Me quedó la costumbre. Cada loco con su tema…”

Aprender a crecer

Para Raúl, sus años adolescentes fueron claves. Había cursado la primaria en la Escuela Presidente Yrigoyen, pero la vida le reclamaba trabajar, y para eso había que aprender una profesión.

Fue así que su padre se contactó con Pugliese, dueño de la peluquería La Porteña. Lo cuenta el propio Raúl: “A los 16 años empecé con Don Fernando Pugliese, quien me enseñó los secretos de la profesión. La peluquería estaba en calle San Martín 159, justo frente al Club Central”. Pero Don Fernando fue mucho más que un maestro peluquero: “Tenía la peluquería y casa de familia, yo era como un hijo más para ellos. Me crié junto a sus hijos. Me invitaban a comer, me quedaba a dormir, me cobijaron en ese hogar”. Raúl considera a Don Fernando como su segundo padre. Allí aprendió la profesión para toda su vida y lo resume en una frase que abarca mucho más todavía: “Ahí me hice gente”.

De profesión, peluquero

Raúl Cortéz tuvo siempre muy en claro de qué se trataba su oficio: “En aquellos tiempos cuando arranqué, si no eras buen barbero, no eras buen peluquero. La barba era algo muy delicado, con agua tibia, con alcohol desinfectante, enjabonadita, con navaja y asentador. Hoy en las peluquerías no se afeita. Antes, era todo un arte, igual que los bigotes o las patillas”.

Por su peluquería pasaron políticos, abogados, médicos, obreros, estudiantes… “A todos los atendía igual, todos eran clientes y además eran amigos con quienes charlaba un lindo rato”.

“El único secreto es querer lo que uno hace, y respetar para ser respetado”, responde cuando uno quiere indagar sobre los secretos para ser un peluquero vigente durante tantos años.

Además, Raúl nunca se olvidó de sus orígenes humildes. Durante años, le cortó el pelo gratis a cientos de pibes que no podían pagarlo. Los lunes era frecuente verlo en la Escuela Yrigoyen cortándole el cabello a los chicos, sin cobrar una moneda. Tal vez porque siempre fue consciente de dónde surgió, quizás porque en su corazón germinó la semilla socialista de su padre, trabajador de mina y cantera.

La familia, su tesoro

Raúl Cortéz no puede disimular la nostalgia y el amor cuando habla de Tita, quien fuera su esposa, su amor de toda la vida, Tita era María Haydee Anderson, la piba de barrio que conoció una noche y de quien se enamoró para siempre. “Ella trabajaba en una relojería cerca de la panadería de los Martínez y un día fui ¿Qué andás haciendo por acá? Me preguntó. Y le dije que esa noche la pasaba a buscar por el trabajo. ¿Qué querés? A vos te quiero… y ahí empezó todo… Hice borrón y cuenta nueva y comencé con ella durante toda mi vida”.

Tita fue todo para Raúl, el sostén, la compañera, la madre de Jorge y Fredy, sus dos hijos, su todo. Por eso la extraña tanto, desde que se fue el último día del año 2016.

Con Tita fue plenamente feliz, compartiendo desde cuestiones simples, como un cortado en el bar del Becerra, hasta un inolvidable viaje a Cuba.

“Fuimos con Tita. Cuando supieron que éramos argentinos, y de Alta Gracia, enseguida nos relacionaron con el “Che”. Además, yo a Ernestito lo conocí, le cortaba el pelo cuando trababa con Don Alfredo. Hasta tuvimos la suerte de conocer y charlar con Ramón, uno de los hermanos de Fidel, que nos recibió en su casa”.

Hoy, Raúl vive rodeado del cariño de sus hijos, sus nueras, sus nietos y de Mariela la fiel empleada que más que empleada es una amiga que hace las labores en la casa. “No tengo nada que reclamarle a la vida. Me dio todo, cuando me vaya, me puedo ir conforme”, afirma.

Un amor aurinegro

Raúl Cortéz es “sportivista”, entendiendo este término como hincha del viejo Sportivo Alta Gracia. Nunca toleró la fusión que convirtió a “su” club en el Deportivo Norte, y eso lo alejó de las canchas para siempre.

“Yo nunca jugué porque era muy patadura, pero desde siempre me gustó ir a la cancha. A Sportivo lo seguía mucho, era fanático. En el barrio (Villa Oviedo) no me querían, y yo no los quería por eso, ellos eran de Banfield, yo de Sportivo”. Una anécdota pinta de cuerpo entero esta pasión:

“A Banfield no lo quise nunca. Mi padre nos hizo socios de los dos clubes, pero yo siempre fui hincha de Sportivo. Una vez Sportivo le ganó a Banfield en Villa Oviedo, con un gol sobre la hora; yo entré a la cancha a festejar y perdí el carnet. Me dijeron que lo habían llevado a la sede… ¿cómo hacía para buscarlo? Fui igual… Cuando llegué, me dijeron que no había lugar para los hinchas de Sportivo. Pedí mi carnet. Me lo dieron, pero todo roto. Le dí un beso, saqué del bolsillo el carnet de Banfield, se los escupí y se los tiré al piso… mierda!!!! No me alcanzaban las patas para escaparme porque me querían matar!!! Me sacaron corriendo todas las cuadras hasta que llegué a casa!!! Me habían roto mi carnet, yo les rompí el de ellos…

Raúl Cortéz, genio y figura, peluquero, psicólogo de brocha, peine y navaja, personaje urbano, hincha de Sportivo y de River (aún puede recitar de memoria la formación de La Máquina), un tipo sencillo que siempre amó lo que tuvo y que nunca olvidó sus orígenes. Simple, como la vida misma.

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