Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)
El tipo nació el 8 de diciembre, el día de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. No se sabe si esto tiene que ver con las ¿habilidades?, ¿poderes?, ¿potestades? de Enrique Marchesini. Una persona que se dedicaba a hacer diagnósticos a distancia y una que otra adivinación.
En una estación de servicio de barrio General Paz, frente a las Escuelas Pías, se puede encontrar una placa que recuerda a una persona que, sin proponérselo, desafió a la ciencia, descubriendo enfermedades allí donde la medicina no había encontrado nada. «Por este solar pasaron cientos de miles en busca del diagnóstico de sus dolencias. Enrique Marchesini, un ser excepcional, dejó sus huellas cósmicas aquí» expresa el bronce.

El pasadizo italiano
Descendiente de inmigrantes italianos, Enrique Juan Basilio Marchesini había nacido en Cosquín en 1906 y fue el segundo de seis hermanos. Al poco tiempo se trasladó con su familia a la ciudad de Córdoba. Se afincó en el barrio que el Dr. José Vicente Revol había fundado en 1888, cuando decidió lotear terrenos familiares al este del centro de la ciudad de Córdoba. La leyenda sostiene que el embarazo se prolongó hasta los 10 meses para que Enrique naciera el día de la Virgen.
También se suele referir una anécdota de su infancia: en la iglesia de un pueblo que visitaba con su padre en un viaje a Italia, Enrique dijo que ya había estado allí y que detrás del altar existía un pasadizo oculto. si bien el padre no le creyó, se lo comentó al cura, quien ratificó lo dicho por el niño. El pasadizo existía pero nunca se mostraba al público.
En ese mismo viaje, cuando regresaban a Argentina en barco, le dijo a su padre que la abuela acababa de fallecer. Otra vez el progenitor no le creyó y lo regañó porque con esos temas no se bromea. Pero al llegar al país corroboraron la muerte de la anciana el día y la hora en que el niño lo había anunciado. Cosas veredes, Sancho.
Las joyas del arcón
Su niñez y adolescencia fueron «normales», aunque demostraba un gran desinterés por todo. Cursó estudios en las Escuelas Pías, al frente de su casa, y se recibió del secundario a duras penas. Tan solo en algunas ocasiones hacía demostraciones de «adivinación» con compañeros y amigos, descubriendo la calificación en pruebas y exámenes que los profesores no habían informado.
Enterado de estos rumores, su abuelo decidió tomar el toro por las astas y desafió al joven para que dijera que objetos guardaba en un viejo arcón cerrado con un candado cuya única llave estaba en poder del anciano. Marchesini acertó todos y cada uno de los objetos. En ese mismo «examen» señaló que su hermana, que sufría dolores que ningún médico supo diagnosticar, sufría apendicitis pero que su apéndice estaba en una ubicación diferente. Los estudios posteriores le dieron la razón.

Un muchacho de barrio
Según el propio Marchesini, sus «poderes» se evidenciaron después de un accidente automovilístico que sufrió en 1929, cuando viajaba con algunos familiares a la ciudad de Alta Gracia. Si bien no sufrió lesiones de gravedad, le quedó una secuela permanente que se reflejó en una leve inclinación hacia delante de su cabeza. Desde entonces, lo que era una especie de divertimento juvenil se transformó en el eje de su vida.
El escritor Cezary Novek afirma que «la principal característica de Marchesini es que, a diferencia de muchos autoproclamados videntes que buscan la fama y la fortuna con énfasis, jamás tuvo interés en volverse rico ni en hacerse ver demasiado. Los testimonios de la época concuerdan en que tenía un perfil muy bajo. Discreto, que no había nada en él que llamara la atención. Jamás pretendió reemplazar a los médicos ni tampoco tuvo interés alguno en estudiar la carrera».
Un papel con una línea
Su capacidad de ver más allá de lo evidente iban desde cosas más o menos intrascendentes. Como cuando un desesperado director de una sucursal bancaria no podía encontrar la llave de la bóveda acudió a él, quien, desde su domicilio, le indicó el lugar exacto en que se encontraba, hasta diagnosticar enfermedades solamente con tocar una prenda del paciente.
Por ese último motivo era consultado constantemente por particulares e incluso por médicos. En general, Marchesini evitaba entrevistarse con el paciente en forma directa, tal vez para no ser él quien tenga que dar malas noticias. El procedimiento habitual era que un allegado le entregara una prenda del enfermo o simplemente un papel en el que el paciente hubiera trazado una línea con un lápiz negro. Siempre se limitó a informar si existía una dolencia y en qué consistía la misma. En ese sentido, ni siquiera recomendaba profesionales.
Una oportunidad en que fue entrevistado por el presidente del Consejo de Higiene y otros dos funcionarios de la repartición a raíz de una denuncia de ejercicio ilegal de la medicina. Marchesini le preguntó a uno de ellos si había leído la carta de su esposa que tenía en el bolsillo de su saco. Asombrado, el interrogado respondió negativamente. El presidente, entonces, le propuso que si podía adivinar el texto de la carta, le extendería un certificado que le permitiría trabajar sin problemas. Marchesini tomó el sobre y sin sacar del mismo la carta, y repitió el texto sin equivocarse ni en una coma.
En otra ocasión le llevaron el anillo de una mujer que estaba en graves condiciones de salud. Marchesini debió dar el peor de los pronósticos: la persona fallecería a la brevedad. Pero, sorpresivamente, la mujer se recuperó y superó su enfermedad, lo que provocó algún recelo por parte de los parientes con respecto a las habilidades de Marchesini. Cuando estaban a punto de ir a reclamarle, y de forma imprevista, murió el marido. Allí cayeron en la cuenta que por una confusión le habían entregado el anillo del hombre.

La despedida
Colaboró con médicos para detectar y localizar tumores, y con la policía para rastrear personas perdidas. Muchos lo definían como un telépata o clarividente, pero los más desconfiados afirmaban que su «don» podía ser una mezcla de observación muy aguda, memoria y sugestión.
En diciembre de 1975, viajando a Alta Gracia para visitar a su hermano, chocó muy cerca del lugar donde había tenido su primer accidente, durante su juventud, en cercanías del monumento a Myriam Stefford. Si bien no sufrió lesiones de consideración, fue trasladado al Hospital Italiano de barrio General Paz para su atención.
Luego de unos días de convalecencia y estando muy recuperado, según relata el escritor Hernán Lanvers, «llamó a la enfermera y le dijo que le agradecía por todo lo que habían hecho por ayudarlo pero que quería despedirse. Porque ya se iba. La mujer no entendió lo que se le decía. Y le dijo que hasta que no le dieran el alta no podría abandonar el hospital». Murió pocos minutos después de una embolia.
¿Poderes sobrenaturales, telepatía, sugestión, intuición, credulidad?. Los más escépticos afirman que no hay evidencia de que tuviera poderes paranormales reales; sino una gran capacidad para convencer y fascinar a su público. Pero los testimonios están allí, al alcance de todos. Como decía mi abuelo, creer o reventar.




