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Los pequeños partisanos

Los pequeños partisanos
Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)

Los partisanos fueron grupos paramilitares organizados como guerrillas que durante la Segunda Guerra Mundial combatieron a las fuerzas de ocupación nazi. Podemos encontrar este tipo de organizaciones en casi todos los países de Europa que sufrieron la invasión de los ejércitos del Tercer Reich. Así, encontramos a los Maquis en España (que habían comenzado luchando contra Franco y muchos de ellos colaboraron con la Resistencia Francesa), los partisanos albaneses que enfrentaron al ejército fascista de Mussolini primero y a los alemanes después. También los hubo yugoslavos, italianos, judíos y soviéticos.

En la Unión Soviética el movimiento partisano comenzó a formarse luego de que el 3 de julio de 1943 Iósif Vissariónovich Dzhugashvili (a.k.a. Stalin) convocara a la organización de un gran movimiento guerrillero contra el avance del Frente Oriental alemán que pretendía derrotar a la URSS en condición de visitante. Al principio los resultados no eran prometedores ya que los nazis demostraron especial saña contra estos combatientes. Por caso, en un solo mes una división de la Wehrmacht fusiló en Bielorrusia a unos 10.000 civiles en represalia por la muerte de dos de sus oficiales.

Y si bien el camarada Stalin no incorporó a las tropas regulares a adolescentes (como si hizo su homólogo de Berlín), le dio vía libre –e incluso alentó– a que estos colaboraran con los partisanos. En general eran destinados a la retaguardia para realizar tareas de apoyo y no entraban en combate, aunque algunos actuaban como exploradores y participaron en diversos choques en los que varios se destacaron por su arrojo y heroísmo.

Un chico de Minsk

Marat Kazei había nacido en la región bielorrusa de Minsk. En 1941, cuando tenía 12 años, vio como las fuerzas de ocupación nazi fusilaban a su madre por ocultar y ayudar a soldados soviéticos heridos. Inmediatamente, junto a su hermana Ariadna se unieron a la 200ª brigada de partisanos, que operaba en su país. Actuó como explorador y durante una batalla en 1943, luego de ser herido por el fuego enemigo, incitó a sus compañeros mayores a continuar atacando hasta quebrar las líneas de nazis.

Un año después, cuando regresaba junto a su comandante de una misión de exploración, fueron sorprendidos por una patrulla alemana. Al superior lo mataron en el acto, pero Marat cayó herido en un brazo, pese a lo cual no dejó de disparar hasta que vació su cargador. Como último acto tomó las últimas dos granadas que tenía, una la arrojó contra el enemigo. A la otra la guardó y la hizo explotar cuando los nazis lo rodeaban, provocando un importante número de bajas entre los invasores.

El niño que dibujaba caricaturas

Valentín «Valia» Kótik era ucraniano, natural del pueblo de Khmelevka y siendo un niño se dedicaba a robar armas y municiones a las fuerzas de ocupación acantonadas en su aldea para luego dárselas a la resistencia. También, niño al fin, dibujaba caricaturas insultantes de los nazis que luego pegaba en los espacios públicos.

A los 12, en 1943, se unió a la organización clandestina del partido comunista Shepétovka y pocos meses después, junto a un pequeño escuadrón de coetáneos, recibió su primera misión de partisanos: eliminar al comandante de la gendarmería enemiga. Detrás de unos arbustos esperaron a que llegara una breve caravana compuesta por dos blindados. En el momento adecuado, Valia gritó «¡fuego!» y arrojó dos granadas que hicieron volar por los aires al vehículo que iba al frente. Los alemanes sobrevivientes abrieron fuego hacia los arbustos pero sin éxito. Valia y sus camaradas consiguieron matar al jefe del grupo y a siete soldados más y desaparecer en el follaje.

Luego participó en diversas operaciones, principalmente de expedición o sabotaje. El 16 de febrero de 1944, cinco días después de haber cumplido 14 años, en una batalla por la ciudad Iziaslav de la de la región de Kamianets-Podilskyi, Valentín Kótik fue herido y al día siguiente falleció.

La guerrillera de Leningrado

Zinaida «Zina» Martynovna Portnova nació el 20 de febrero de 1926 en Leningrado (hoy San Petersburgo) en el seno de una familia bielorrusa. Siendo poco más que una niña aprendió a odiar a los alemanes, cuando un día llegaron a la granja de su abuela, donde ella y su hermana Galia pasaban las vacaciones, a confiscarle la única vaca que tenía la anciana. Al resistirse los alemanes la golpearon y se fueron con el animal. Zina aún no tenía 15 años.

Al año siguiente las hermanas Portnova ingresaron en la organización guerrillera «Los Jóvenes Vengadores», formada por estudiantes secundarios bielorrusos. Allí actuó, al principio, como enlace de propaganda mientras aprendía el uso de armas y explosivos. Instrucción que le permitió participar en algunas acciones de cabotaje.

Sopa para ratas

En 1943 Zinaida fue enviada a Obol (Bielorrusia) donde trabajó en el comedor de la guarnición alemana. En agosto Zina echó en una olla de sopa una gran dosis de veneno para ratas. Dos días más tarde, fueron enterrados en el cementerio local cerca de un centenar de oficiales y soldados nazis. Obviamente el personal de cocina fue sospechoso e interrogado. Para probar su inocencia Zianida tomó una cucharada de la sopa que había preparado para demostrar que no estaba envenenada y quedó en libertad.

Zina corrió a casa de su abuela mientras el veneno comenzaba a hacer efecto y logró expulsarlo luego de beber grandes cantidades de suero de leche. Luego de eso pasó a la clandestinidad y se unió al movimiento guerrillero «Kliment Voroshilov». En diciembre de 1943 fue atrapada por los alemanes que la reconocieron y la acusaron de partisana. Mientras era violentamente interrogada por un oficial de la Gestapo, y en un momento de distracción del militar, Zina tomó la pistola del nazi y lo bajó de un tiro, hiriendo además a dos oficiales más. Cuando huía recibió un disparo en una pierna y recapturada. A partir de entonces sufrió horribles torturas sin que lograran que confesara nada. En diciembre de 1944 fue fusilada en el patio de la prisión.

Madurar de golpe

Estos chicos –como tantos coetáneos– tenían edad para robar frutas a los vecinos, escaparse del colegio y correr riendo en un bosque; nadar en un río y jugar con la nieve en las tardes de invierno, enamorarse y soñar una vida feliz. La guerra se presentó sin ser invitada y debieron madurar de golpe. Se convirtieron en partisanos y debieron asumir responsabilidades para las que no estaban preparados. Pero que aceptaron con valor y tal vez un poco de inconsciencia adolescente. Lucharon por su país contra un líder monstruoso, tal vez sin sospechar que defendían a un espécimen similar.

Todos recibieron póstumamente el título de «Héroe de la URSS» y en sus pueblos hay monumentos que los eternizan con sus rostros aún inocentes, a pesar de todo.

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