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Crónicas al Voleo

Lindbergh: Ascenso y drama de un héroe nacional

Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)

Charles Augustus Lindbergh alcanzó la estatura de héroe nacional estadounidense el 22 de mayo de 1927 cuando su avión, el «Spirit of St. Louis» aterrizó en la precaria pista del pequeño aeropuerto de Le Bourge, al noreste de París. Casi 34 horas antes había despegado del aeródromo Roosvelt de Long Island y con ese recorrido a través del océano Atlántico se convirtió en el primer hombre en unir Nueva York con la capital francesa en un vuelo sin escalas.

Lindbergh había nacido en Detroit 25 años antes en el seno de una familia de inmigrantes suecos. Su madre, Evangeline Lodge Land, era profesora de química y su padre, Charles August, se dedicaba a la política y llegó a ser congresista.

Con su aventura transoceánica, Lindbergh se hizo acreedor al premio de 25.000 dólares (de esa época, diría mi viejo) que ofrecía el filántropo francés Raymond B. Orteig al primero en completar esa hazaña aeronáutica.

Vida de celebridad

Convertido en una celebridad mundial, el piloto de Detroit se dedicó a viajar con su avión (tan célebre como él) por distintos países de América, dando conferencias y haciendo exhibiciones en lo que se conoció como el «Good Will Tour» (Gira de buena voluntad).

De este modo, el Spirit of St. Louis aterrizó en México, Guatemala, Honduras Británica, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, la Zona del Canal, Colombia, Venezuela, Santo Tomás, Puerto Rico, República Dominicana, Haití y Cuba, cubriendo 9.390 millas (15.110 km) en sólo ciento dieciséis horas de vuelo. En el fuselaje del avión fue haciendo pintar la bandera de cada país que visitó. Una especie de Rolling Stone de la aviación.

En el periplo conoció a quien, poco después, se convertiría en su esposa: Anne, la hija del embajador estadounidense en México, Dwight Morrow. Después de la gira comenzó a desempeñarse como asesor de aerolíneas comerciales y piloteó el primer vuelo de la compañía Mexicana de Aviación.

La sombra de la tragedia

La vida del matrimonio Lindbergh transcurría plácidamente entre la fama y los brillantes negocios que llevaba adelante Charles. El nacimiento de Charles Augustus Jr. convirtió a la familia en modelo de revistas del corazón y ejemplo aspiracional del norteamericano medio.

Todo parecía de ensueño para los Lindbergh hasta el anochecer del 1 de marzo de 1932. Charles leía en la biblioteca de su residencia de las afueras de Amwell, Nueva Jersey. Anne se encontraba en el tocador y la niñera, Betty Gow, había puesto al niño en su cuna.

A las 21.30, Charles escuchó un ruido pero no le prestó mayor atención. Media hora después, Betty fue a ver como estaba el pequeño y, demudada, advirtió que no estaba en la cuna. Le preguntó a la señora Lindbergh si ella lo tenía. La negativa dio paso a la desesperación.

Charles encontró un sobre con una nota toscamente escrita en la que solicitaba un rescate de 50 mil dólares en certificados de oro: un bono épocas post Gran Depresión tenían mucho más valor que el billete verde (ya sea cara chica o cara grande).

Noticia nacional

Inmediatamente se movilizaron las fuerzas de seguridad y los medios de prensa. La fama de las víctimas hizo que la noticia recorriera el país de costa a costa en tiempo récord. Las principales personalidades del país ofrecieron su colaboración, desde el presidente Herbert Hoover en la Casa Blanca hasta Al Capone en Alcatraz.

Los investigadores están presionados por la opinión pública y realmente desorientados, a punto tal que Charles Lindbergh solicita (y consigue) encabezar la investigación, que todo el tiempo estuvo a la deriva. En medio de la confusión un profesor jubilado, Joseph Condon publicó en la prensa el siguiente aviso: «Ofrezco a los secuestradores la suma de mil dólares si entregan al niño bajo secreto de confesión».

Sorpresivamente (o no tanto si tenemos que por aquella época una luca verde era una torta de guita) Condon recibió una nota firmada por el supuesto secuestrador. La falta de resultados evidenciada por los pesquisas policiales hizo que Lindbergh confiara en Condon y pusiera las negociaciones en sus manos.

Una investigación a los tumbos

Si hasta entonces la investigación iba a los tumbos, a partir de ese momento comenzó a desbarrancar. A los pocos días de hacerse cargo de las tratativas, Condon informó que se había reunido con el secuestrador, que se hacía llamar John. «Me contó que es un marinero escandinavo, que la banda la forman tres hombres y dos mujeres, y que el niño está bien, escondido en un barco» informó el exprofesor al matrimonio. Como prueba le dieron un pijama de bebé que los padres reconocieron.

Lindbergh autoriza a realizar el pago de los 50 mil dólares del rescate, que se hace –según lo solicitado en la infame nota– en bonos certificados en oro. Pero el tal John metió la guita en el bolso y nunca más se supo de él. Poco más de dos meses después, sin que se produjera ninguna novedad, un camionero encontró el cadáver de Charles Augustus Jr.  a medio enterrar a siete kilómetros de la residencia Lindbergh, cuando bajó de su vehículo a orinar.

La policía necesitaba mostrar progresos y acusó falsamente a una empleada de los suegros de Lindbergh, que –aterrada– termina suicidándose. Por su parte, Condon se dedicó a vender su historia a cada periódico que se ponía a su paso.

Un sospechoso ideal

Pero un buen día apareció uno de los bonos que se le habían entregado al supuesto secuestrador con un número de matrícula escrito en lápiz. Así, los investigadores llegaron al dueño de una gasolinera que finalmente les facilitó llegar hasta Richard Hauptmann, un carpintero alemán, inmigrante ilegal y con antecedentes penales. En su casa se encuentran 14 mil dólares de los 50 mil del rescate y la dirección y el teléfono de Condon que, si bien en un principio había declarado que no había visto la cara del tal “John” en el cementerio, en la comisaría lo reconoció inmediatamente.

A partir de entonces todo fue sobre ruedas. Da comienzo lo que la prensa denominó «el juicio del siglo». Si bien la investigación presentaba demasiados puntos endebles que hicieron dudar incluso al gobernador de Nueva Jersey, Harold Hoffman, rápidamente se llegó a una sentencia en contra de «el hombre más odiado del mundo».

La condena mandaba a Hauptmann a la silla eléctrica. Lo frieron el 3 de abril de 1936 ante cincuenta invitados especiales y con unas dos mil personas en el exterior del presidio. Resulta incomprensible la audiencia que convoca el espectáculo de la muerte.

Prestigio perdido y recuperado

Los Lindbergh se habían instalado en Londres y regresaron a Estados Unidos en 1939. Charles se dedicó a dar conferencias por todo el país en contra de la participación de su país en la Segunda Guerra. También se declaró fervoroso partidario de Adolf Hitler y apoyaba sus planes bélicos y el programa de partos selectivos: sólo debían vivir los que nacían sanos. De hecho, el propio Adolf lo había condecorado durante su residencia en Europa.

El prestigio de Charles Lindbergh comenzó a desmoronarse velozmente. De Héroe Nacional estuvo cerca de convertirse en un enemigo público. Sin embargo su participación en la Segunda Guerra, asesorando a las empresas constructoras de aviones y, fundamentalmente, como piloto con varias misiones en Europa y el Pacífico, lo salvaron del escarnio público.

En la guerra se hizo merecedor de nueve medallas, entre ellas, la de Honor del Congreso. Su relato del vuelo transatlántico le valió el Pulitzer 1954. Y un cráter lunar fue bautizado con su apellido. Todo ello a pesar de que J. Edgar Hoover, el mítico jefe del FBI cuestionó duramente la investigación, el juicio y el fallo.

Charles Augustus Lindbergh murió el 26 de agosto de 1974 en Hawai.

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