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Crónicas al Voleo

La odisea del Endurance

La odisea del Endurance
Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)

«Se buscan hombres para viaje peligroso. Salarios bajos, frío extremo, largos meses de completa oscuridad, peligro constante, retorno ileso dudoso. Honores y reconocimiento en caso de éxito».

El anuncio fue publicado en los principales diarios de Londres a mediados de 1914. Europa estaba en estado de convulsión y Gavrilo Princip ya había puesto en la recámara de su revolver la bala que asesinaría al archiduque Franz Ferdinand y desataría la Primera Guerra Mundial.

A pesar de lo poco auspicioso del aviso, un buen número de postulantes se dieron cita en las oficinas del número 4 de New Burlington Street, en el exclusivo distrito londinense de Mayfair, donde tenía su cuartel general sir Ernest Shackleton, un prestigioso aventurero y explorador irlandés que buscaba llegar al Polo Sur.

Veterano antártico

Ernest Shackleton era un veterano de los hielos polares, Participó en la expedición Discovery al mando del capitán Robert Falcon Scott (1901 – 1904, la primera que realizó Gran Bretaña a la Antártida) y en 1907 encabezó la Expedición Nimrod, con la que pudo llegar, en enero de 1909 y junto a tres compañeros, al punto más cercano al Polo Sur jamás pisado por el hombre hasta ese momento. Por este logro el rey Eduardo VII le otorgó el título de Sir.

El 9 de agosto de 1914 partió la expedición desde el puerto de Plymouth. una semana antes el Reino Unido había entrado oficialmente en la Gran Guerra, por lo que Shackleton le envió un telegrama al Almirantazgo poniendo a disposición su buque para lo que la corona decidiera. El propio Wiston Churchill (que por entonces era primer Lord del Almirantazgo) le dio la orden de proceder según lo planificado.

Luego de reaprovisionarse y completar la tripulación en el puerto de Buenos Aires, el Endurance zarpó con rumbo sur, hizo un alto en las islas Georgia y luego puso proa hacia el mar de Weddell. Pero las cosas no salieron como estaba planificado. Luego de varias semanas de navegación, la nave quedó atrapada por una gigantesca masa de hielo luego de soportar feroces vientos que dificultaron mantener el rumbo.

Atrapados en el hielo

El panorama era desolador, un enorme desierto blanco rodeaba la nave y se extendía más allá de lo que permitían ver los catalejos. Al principio la estructura del barco soportaba la presión del hielo y la única táctica posible era esperar condiciones más favorables. La tripulación intentó diversas maneras de liberar el casco pero no hubo forma, el Endurance no se movía.

Para colmo el estío iba terminando y se acercaba la época de frío (y sí, la expresión es irónica, estamos hablando de la Antártida). No hay mucho para hacer en medio de un mar de hielo, con varias decenas de grados bajo cero, a miles de kilómetros de cualquier cosa.

La tripulación mataba el tiempo cazando algunos lobos marinos para el almuerzo y tal vez pingüinos para la cena, estirar lo más posible las existencias de bebidas espirituosas y jugar algún picadito en la irregular superficie helada que rodeaba al barco.

El hundimiento

En determinado momento, en virtud de los daños que iba evidenciando la estructura del bergantín, los 28 tripulantes debieron abandonarlo y acampar en el hielo. Así pasaron 10 meses, viendo como el Endurance se deterioraba y moría poco a poco.

«Fue una experiencia aterradora –dijo la historiadora Meredith Hooper en una entrevista a la BBC– tenían que mover sus tiendas de campaña hasta dos veces en una noche. Oían cómo el hielo se rompía. Y escuchaban el sufrimiento del barco, que parecía que lloraba, como un animal herido».

Finalmente, el 21 de noviembre de 1915 el Endurance no pudo soportar más el embate del hielo y se hundió ante la vista y el silencio de quienes fueron sus últimos tripulantes, que debieron esperar unos seis meses más para abandonar, en tres botes salvavidas, esa prisión de hielo y llegar a la inhabitada Isla Elefante. Perce Blackborow, que había comenzado el viaje como polizón, fue el primer ser humano que puso un pie en ese pedazo de tierra helada pero firme, y que para aquellos marineros representaba un poco menos que el paraíso.

El rescate

Sin perder demasiado tiempo, Ernest Shackleton y cinco tripulantes zarparon hacia las islas Georgias para gestionar el rescate de los demás marineros. No estamos hablando de un paseo, son más de 1.600 kilómetros en aguas heladas y nada amigables a bordo de una lancha salvavidas. Como dicen en España: ¡Ole tus huevos!

Finalmente, el rompehielos Yelcho, de la Armada Chilena, atracó cerca de la isla Elefante y evacuó a los bravos tripulantes del Endurance. Era agosto de 1916. Casi dos años había durado la expedición fracasada más exitosa de la historia de los mares del sur.

Una tumba helada

¿Exitosa? Obvio. Los 28 tripulantes que partieron de Plymouth desembarcaron sanos y salvos en Punta Arena. Al menos una de las advertencias incluidas en el aviso publicado por Shackleton dos años antes no se había cumplido: todos estaban ilesos. Bien podría haberles cantado Patxi Andion aquello de «Mirad, ahí van / Mirad, ahí van / Los que en tierra firme no saben andar / Que beben vino y no saben nadar / Porque el destino no les quiso enseñar».

Hace pocas semanas una misión científica encontró, a unos tres mil metros de profundidad, los restos del navío en un asombroso estado de conservación. «Sin ninguna exageración, este es el naufragio de madera de mayor calidad que he visto en mi vida, por lejos –afirmó con un dejo de euforia el arqueólogo marino Mensun Bound, quien forma parte de la expedición responsable del descubrimiento– está bien erguido sobre el lecho marino, intacto y en un estado de conservación brillante». El viejo Endurance aun aguarda que Sir Shackleton vuelva para soltar nuevamente las amarras.

Y es que el gran capitán no abandonó las heladas aguas antárticas. Pocos años después de aquella odisea adquirió otro navío, el Quest, con el objetivo de circunnavegar la tierra, pero no logró su objetivo. Su corazón aventurero dijo basta el 5 de enero de 1922, cuando su buque estaba anclado en las islas Georgias. En esos desolados parajes descansan hoy sus restos. Y tal vez sea el mejor homenaje.