En esta sección te invitamos a conocer las historias de altagracienses que viven en diferentes partes del mundo. AGNoticias dialogó con Nicolás quien dejó la comodidad de lo conocido en Alta Gracia hace tres años para aventurarse a Europa. Tras un paso por España, hoy echa raíces en el Principado de Andorra, donde el aroma del pan recién horneado le recuerda a su casa mientras descubre la inmensidad de los Pirineos.
En AGNoticias la sección «Altagracienses por el Mundo» ya es un clásico de nuestro portal informativo. Un espacio dónde les acercamos los lectores historias de vecinos, amigos o familiares que dejaron su ciudad natal y que ahora están viviendo diferentes experiencias alrededor del mundo. En esta oportunidad, conocemos más al altagraciense Nicolás Lallana.
Nicolás es uno de esos vecinos que, aunque camine por calles lejanas, lleva el ADN de Alta Gracia en cada paso. Hace tres años, tomó una decisión que cambiaría su vida para siempre: armar la valija y cruzar el océano. No lo hizo escapando, sino buscándose a sí mismo.
«La decisión de irme del país fue una forma de desafiarme a mí mismo«, comenzó relatando. «Tenía el deseo profundo de conocer otras culturas, aprender nuevas formas de vivir y, sobre todo, animarme a salir de lo conocido, de esa zona de confort que a veces nos detiene».






Un itinerario entre la montaña y el mar
El viaje no fue un desembarco directo y estático. Fue una travesía de adaptación constante. Partió de Alta Gracia hace tres años y su primer destino fue el Principado de Andorra, ese pequeño rincón entre España y Francia famoso por sus centros de esquí.
Allí vivió sus primeros seis meses, enfrentando el rigor de la «temporada», esa época del año donde el país se llena de turistas y el ritmo de trabajo es frenético.
Sin embargo, tras esa primera experiencia, el destino lo llevó hacia el sur, a la ciudad de Almería, en España. «Allí estuve otros seis meses, conociendo otra cara de Europa, más mediterránea», recordó.






Pero algo en el aire puro de las alturas lo llamaba de nuevo. Así fue como decidió regresar a Andorra, donde ya lleva dos años establecido de manera continua.
«Durante todo este tiempo, más allá del trabajo, tuve la oportunidad de viajar y conocer otros lugares, algo que estando allá se vuelve más accesible«, explicó, destacando una de las grandes ventajas de vivir en el corazón del continente europeo.
El aroma del pan: un pedazo de Alta Gracia en los Pirineos
Uno de los aspectos más interesantes de la vida de Nicolás en el exterior es cómo trasladó su oficio local a tierras internacionales. En Alta Gracia, Nicolás ya era un trabajador dedicado:
«Trabajo de panadero, que es a lo que me dedicaba en la ciudad hace ya unos 9 años«. Ese saber hacer, esa técnica para amasar y entender los tiempos del horno, fue su carta de presentación y su sustento.




Pero el emigrante sabe que la flexibilidad es la clave de la supervivencia. En Andorra, donde el turismo es el motor principal, no dudó en probar otros rumbos cuando fue necesario:
«También estando acá he trabajado como camarero de un bar». Esta versatilidad le permitió conocer a la gente desde otro lugar, entender el servicio y, por supuesto, perfeccionar el trato con un público internacional que llega de todas partes del mundo.
La dura realidad de la vivienda y el mercado laboral
A menudo, las redes sociales muestran solo la parte idílica de vivir en el exterior, pero Nicolás es honesto sobre los desafíos estructurales de Andorra. «El tema de conseguir trabajo y vivienda, desde mi experiencia, no es nada fácil», confiesa sin vueltas.
El Principado sufre hoy una crisis habitacional importante, con precios que se han disparado en los últimos años. «Sobre todo la vivienda es un tema complejo, te lleva mucho tiempo encontrar algo. Los alquileres son muy caros y entonces la solución que encontramos muchos es compartir el departamento con gente que vas conociendo».






Lo que empieza como una necesidad económica termina siendo la base de su nueva red social: «Esas personas con las que compartís el techo se terminan haciendo tus amigos, tu nueva familia«.
Entre el catalán y la calidez de la «ayuda argentina»
Adaptarse a un país nuevo implica, necesariamente, chocar con lo desconocido. En Andorra, el idioma es una barrera y una oportunidad a la vez.
«Adaptarse al idioma y al estilo de vida lleva su tiempo. Si bien la mayoría de la gente habla español, el idioma local es el catalán», describió el joven.
A pesar de esto, remarcó que la integración no fue traumática gracias a la naturaleza de los locales: «La gente siempre ha sido muy amable y respetuosa, lo que te facilita mucho el poder integrarte a la sociedad«.




Además, Nicolás hizo referencia a un fenómeno que se repite en todo el mundo pero que en Andorra se siente con fuerza: la comunidad argentina.
«Hay muchos argentinos viviendo acá y siempre están los que te dan una mano cuando no sabés por dónde arrancar«.
Es esa red invisible de compatriotas la que ayuda a entender trámites, conseguir turnos médicos o simplemente compartir un dato laboral.


Paisajes de montaña y la nostalgia de las charlas espontáneas
Cuando se le preguntó qué es lo que más le gusta de su vida actual, Nicolás no dudó: la paz. «Lo que más me gusta de Andorra es la tranquilidad, vivir rodeado de montañas y poder disfrutar de actividades que nunca había hecho, como el senderismo o disfrutar de la nieve de cerca».
El clima de montaña, con su aire gélido pero revitalizante, se ha vuelto parte de su nueva rutina, al igual que la exploración de la gastronomía local, la cual define como «diferente a la de Argentina, pero muy disfrutable».







Pero, como todo altagraciense, el cordón umbilical con su tierra sigue tironeando. «Lo que más extraño de Argentina es, sin dudas, a mi familia, mis amigos y nuestra manera de vivir«, expresó con un tono de nostalgia que se percibe a la distancia.
Lo que más le falta no es un objeto, sino una atmósfera: «Extraño las charlas largas, las juntadas con amigos que surgen de forma espontánea y ese sentido de cercanía constante que siempre llevamos nosotros los argentinos».
Una lección de vida y un consejo para los que sueñan con partir
Por otro lado, estar lejos le ha dado a Nicolás una perspectiva diferente sobre sus orígenes. «Una de las lecciones que más me marcó es aprender a valorar la forma de ser de nuestra gente«, reflexionó.
El desarraigo lo obligó a crecer de golpe: «Estar lejos me enseñó a adaptarme a cualquier circunstancia, a ser mucho más independiente y a apreciar tanto lo que dejé atrás como lo que estoy construyendo hoy».




Para aquellos vecinos de Alta Gracia que miran el mapa con ganas de probar suerte, el joven dejo un mensaje cargado de pragmatismo y aliento:
«Mi consejo sería que se animen a dar el primer paso, aunque dé mucho miedo o parezca algo difícil. Planificar, informarse bien y ser paciente son las tres claves fundamentales«.
Y agregó: «Lo más importante es atreverse a salir de la zona de confort. Cada viaje, cada desafío y cada experiencia te enseña algo nuevo y te ayuda a crecer, tanto en lo personal como en lo profesional».

¿Volver? El eterno dilema
Por ahora, el horizonte de Nicolás sigue estando entre los picos nevados de los Pirineos. Se siente pleno explorando y conociendo nuevas formas de ver el mundo.
«Por ahora me siento muy bien donde estoy y quiero seguir explorando culturas y lugares nuevos«, afirmó.




No obstante, el cierre de su relato deja una puerta abierta que todo emigrante reconoce: la del hogar definitivo. «Argentina siempre va a ser mi casa. Así que, por ahora, volvería solamente de visita para reconectarme con mi familia y mis amigos, que son una parte fundamental de quién soy hoy«.
Mientras tanto, sigue amasando el pan de cada día en Andorra, llevando con orgullo el nombre de Alta Gracia a lo más alto de la montaña.












