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Jasper Maskelyne: ilusionismo bélico

Jasper Maskelyne: ilusionismo bélico
Por Germán Tinti (especial para Crónicas al Voleo)

Desde su arribo a África en 1941, Erwin Rommel fue un absoluto dolor de cabeza para las fuerzas aliadas. Llegó a Libia para rescatar a las tropas italianas que estaban siendo apabulladas por el ejército británico, al mando de Archivald Percival Wavell primero y de Claude Auchinleck después.

Al frente de los Afrika Corps, Rommel actuó con audacia: lanzó una ofensiva rápida que recuperó casi toda Cirenaica (región de la costa noreste de Libia) y arreó a las fuerzas del Reino Unido hasta la frontera egipcia. Solo Tobruk resistió, sitiada durante meses.

La suerte de «el Zorro del desierto» empezó a cambiar cuando Bernard Montgomery asumió el mando de las tropas aliadas e ideó una de las maniobras de engaño más importantes de la historia. Para ello, el 8º Ejército Británico contaba con una estructura adiestrada a tal fin, que había sido creada en El Cairo en 1940 y frente a la cual Montgomery puso a Jasper Maskelyne.

Un mago en el campo de batalla

Jasper Maskelyne había nacido en Londres en 1902 y pertenecía a una verdadera dinastía de magos e ilusionistas. Criado en ese ámbito, poblado por protagonistas de la farándula londinense de la época, de la cual formó parte siendo poco más que un niño, desarrolló una personalidad algo engreída y fanfarrona. Muchos de sus contemporáneos lo veían como un dandy y mucho no se equivocaban.

Durante las décadas de 1920 y 1930 se convirtió en una de las máximas figuras del mundo del espectáculo británico. Aunque actuando era de madera (tal como puede constatarse en la película Pathé de 1937), era audaz e innovador en los trucos que presentaba sobre el escenario.

Cuando estalló la Segunda Guerra, Maskelyne se alistó como voluntario y fue destinado al Real Cuerpo de Ingenieros y movilizado a Egipto. Allí se unió al servicio de camuflaje y fue cuando adquirió relevancia en el desarrollo de estrategias para engañar a las fuerzas enemigas.

Operación Bertram

Como quedó dicho, Maskelyne estuvo al frente del grupo dedicado a desarrollar simulaciones para engañar al enemigo, respondiendo al Coronel Dudley Clarke. Esta especie de «división de engaño» desarrolló la «Operación Bertram» para preparar lo que sería la segunda batalla de El Alameim.

Para la operación se hizo un despliegue más relacionado con el escenario para la filmación de una película que para la preparación de una batalla en medio de una guerra sangrienta. Los británicos sabían de la astucia y la temeridad de Rommel. Decidieron someterlo a una serie de engaños para sabotear sus estrategias y confundir a sus tropas.

La idea era confundir al mando alemán sobre el lugar, la magnitud y el momento del ataque británico sobre el vital puerto egipcio de El Alamein. Fue una operación meticulosamente planificada. Basada en el principio de que el enemigo debía ser inducido a llegar por sí mismo a conclusiones falsas, pero lógicas.

Tanques y oleoductos

El objetivo fue convencer a Rommel de tres ideas centrales. Que el ataque principal británico se produciría en el sector sur del frente. Que sería una ofensiva limitada, y que no ocurriría antes de noviembre de 1942. En realidad, el golpe decisivo se lanzaría desde el norte, con una fuerza masiva, el 23 de octubre.

Para logar el engaño se utilizaron técnicas con las que Maskelyne se manejaba como pez en el agua. Para ello se desplegaron tanques falsos, construidos con madera, lona y metal liviano, perfectamente visibles desde el aire. Al mismo que los verdaderos blindados británicos fueron disfrazados como camiones de suministro. Esto, mediante estructuras conocidas como Sunshields, que consistía en montar armazones livianos de madera y metal, cubiertos con lona sobre tanques reales. Esto producía, desde arriba y de lejos, un efecto óptico que hacía ver a los blindados como inofensivos vehiculos.

Quizás, una de las puestas en escena más efectivas de la operación haya sido la simulación de la construcción de un oleoducto que debería abastecer de combustible a las tropas cuando se iniciara el combate. El avance en la ficticia obra era deliberadamente lento, lo que hacía pensar a Rommel que la preparación de las fuerzas británicas demoraría en completarse.

La gran mascarada se completó con la instalación de falsos campamentos, pistas de aterrizaje, depósitos de municiones, movimientos de tropas y tráfico vehicular, junto con emisiones de radio apócrifas cuidadosamente controladas.

Un enemigo inesperado

Las reacciones alemanas eran monitoreadas gracias a un sistema que permitía desencriptar la comunicación codificada entre los mandos alemanes, lo cual permitía ir ajustando los movimientos británicos para profundizar el engaño.

A todo esto, Rommel debió enfrentarse a un enemigo inesperado y, en cierto modo, decisivo: la diarrea. Víctima de la disentería, el «Zorro del desierto» estuvo fuera del frente y dentro de las letrinas. Esto significó que el mando en el campo quedara a cargo de subordinados, lo que afectó severamente la iniciativa, la cohesión y la capacidad de reacción de las fuerzas del Eje.

Por todo esto, cuando la noche del 23 de octubre de 1942 se inició un bombardeo masivo por parte de la artillería y de la fuerza aérea británica, las tropas alemanas estaban mal desplegadas, con reservas insuficientes en el sector norte.

Alemania sufrió una derrota desastrosa. A partir de entonces las fuerzas nazis quedaron retirada permanente y fueron cediendo posiciones hasta quedar acorraladas en Túnez, donde finalmente se rindieron en 1943.

Las consecuencias de El Alamein no se limitaron al norte de África, sino que alcanzó a los principales frentes en Europa. El hecho de haber ocurrido prácticamente al mismo tiempo que la batalla de Stalingrado y del desembarco de las fuerzas norteamericanas en Marruecos y Argelia, llenó de incertidumbre a los ejércitos alemanes. Al tiempo que fue un impulso sicológico para los aliados. «Antes de Alamein nunca tuvimos una victoria; después de Alamein nunca tuvimos una derrota» dijo Winston Churchill.

El esplendor perdido

Después de la guerra, Jasper Maskelyne intentó reconstruir su carrera artística, pero las tendencias en el mundo del espectáculo habían cambiado y su propuesta ya no atraía al gran público. Sus presentaciones fueron esporádicas y con escasa repercusión en las boleterías.

En 1949 publicó «Magic: Top Secret», un libro de memorias en los que se atribuye un papel central en las acciones de engaño desarrolladas en el norte de África. Esto, sin considerar los decisivos aportes de Dudley Clarke, Geoffrey Barkas, Charles Richardson y John Shearer, entre otros. Probablemente el mito haya superado al personaje real. Al menos así era en 1973, cuando Maskelyne falleció en Nairobi.

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