En esta sección te invitamos a conocer las historias de altagracienses que viven en diferentes partes del mundo. AGNoticias dialogó con Maximiliano quien se desempeña en el sector de pádel de una importante firma andorrana, uniendo su fanatismo deportivo con su sustento diario. Desde la capital del país, compartió los secretos para emigrar en temporada baja, la realidad de los precios de las viviendas y como la tonada cordobesa le abrió puertas impensadas.
En AGNoticias la sección «Altagracienses por el Mundo» ya es un clásico de nuestro portal informativo. Un espacio dónde les acercamos los lectores historias de vecinos, amigos o familiares que dejaron su ciudad natal y que ahora están viviendo diferentes experiencias alrededor del mundo. En esta oportunidad, conocemos más al altagraciense Maximiliano Tocci Ré.
Hay una frase que se repite entre quienes deciden emigrar: el deseo de ver el mundo no se cura quedándose quieto. Para muchos vecinos de Alta Gracia, las fronteras de nuestra ciudad, aunque hermosas y familiares, a veces funcionan como un trampolín hacia lo desconocido. Este es el caso de Maximiliano, el protagonista de esta nueva historia.
Su historia no es la de alguien que huía, sino la de alguien que buscaba. Con el pasaporte en mano y la inquietud de un viajero experimentado, aterrizó hace tres meses en el Principado de Andorra, ese pequeño y curioso país encajonado en la cordillera de los Pirineos, justo en la frontera entre España y Francia.




«Lo que me motivó fue que me encanta viajar. Ya hace varios años venía conociendo lugares y creo que poder trabajar y viajar era una oportunidad para seguir haciéndolo«, confesó a nuestro medio.
Su objetivo era claro: combinar la estabilidad laboral con ese espíritu nómade que lo caracteriza. Y aunque el cambio de escenario fue drástico, cambiando el horizonte abierto de nuestras sierras por los valles profundos y verticales de Andorra, la experiencia ha resultado ser transformadora.
Vivir en una postal: La adaptación a Andorra la Vieja
Actualmente vive Andorra la Vieja, la capital del principado. Se trata de una ciudad que parece esculpida en la piedra, famosa por sus compras libres de impuestos, sus centros de esquí y, sobre todo, su geografía impactante.
La adaptación al entorno no fue inmediata. Pasar de la geografía cordobesa a vivir en el fondo de un valle glacial tiene sus particularidades psicológicas.


«Al principio era raro vivir en un valle y sentirse encerrado por las montañas«, contó con sinceridad sobre sus primeros días.
Seguido de esto, describió esa sensación de inmensidad que a veces puede resultar abrumadora para quien no está acostumbrado a tener picos nevados bloqueando el horizonte inmediato.
Sin embargo, esa extrañeza inicial dio paso a la admiración. «Me gustó mucho vivir en un país con nieve, ver que es un lugar tranquilo y que todo funciona«, destacó.






La eficiencia de los servicios públicos y la seguridad de caminar por calles donde el delito es casi inexistente son contrastes que los emigrantes argentinos suelen valorar enormemente.
Además, Andorra tiene una ventaja única: su tamaño. «Es muy lindo vivir en Andorra, es un país pequeño que podés recorrer desde la frontera de España hasta la frontera con Francia en poco tiempo«, explicó Maximiliano, fascinado por la posibilidad de cruzar un país entero en cuestión de minutos, un lujo impensado en la vastedad de Argentina.
El «Sueño del Pibe»: Unir trabajo y pasión
Uno de los pilares fundamentales para cualquier emigrante es la inserción laboral. En este sentido, la historia de Maximiliano rompe con el mito de que al llegar «se trabaja de lo que sea». Si bien la disposición estaba, la suerte y el timing jugaron a su favor de una manera envidiable.
Llegó en un momento estratégico: la temporada baja, justo antes de que la marea de turistas invadiera las pistas de esquí. «El tema de trabajo tuve suerte de conseguir rápido porque vine en temporada baja. A la semana ya estaba trabajando«, relató.








Pero lo más destacable no fue la rapidez, sino la calidad del empleo. Logró conectar su vida laboral con su afición personal, algo que muchos tardan años en conseguir.
«Actualmente trabajo en la mayor tienda de deportes del país y tuve la suerte de trabajar en el sector de algo que me apasiona, que es el pádel y los deportes de raqueta», expresó con orgullo.




Una vez que los trámites burocráticos se alinearon y obtuvo su permiso de residencia, un paso indispensable y a veces tedioso en Andorra, su situación se consolidó: «Entré en mi trabajo actual una semana después, cuando me dieron el permiso de trabajo«.
Para quienes estén pensando en seguir sus pasos, dejo un dato clave sobre la dinámica del mercado: «El empleo se consigue más fácil cuando empieza la temporada«.




La otra cara de la moneda: La crisis del alquiler
No todo es color de rosas en la experiencia andorrana. El joven no dudó en señalar el punto más crítico de vivir en el principado: la vivienda.
Andorra sufre una crisis habitacional notoria, donde la alta demanda turística desplaza a los residentes, disparando los costos a niveles estratosféricos.
«El alojamiento es complicado porque hay pocos lugares y los precios los elevan mucho para la temporada de invierno«, advirtió tajante.




Es un aviso necesario para cualquier altagraciense que esté haciendo cuentas: el sueldo puede ser bueno, pero el techo es un desafío que requiere paciencia y presupuesto.
Una «Embajada» de Alta Gracia en los Pirineos
Por otro lado, quizás el aspecto más cálido de su relato tiene que ver con los afectos. Emigrar solo es una prueba de fuego para el carácter, pero Maximiliano descubrió que en Andorra, la soledad es relativa.
La comunidad argentina es tan grande que el mate y el acento familiar se encuentran en cada esquina. «Hay tantos argentinos que no te sentís solo«, aseguró. Pero la sorpresa fue aún mayor al descubrir que no solo había compatriotas, sino vecinos de su propia ciudad.




«Vine solo y somos un grupo de amigos altagracienses que nos juntamos seguido y es más fácil estar«, comentó emocionado.
Imaginar un grupo de jóvenes de Alta Gracia, reunidos entre la nieve europea, compartiendo anécdotas del Tajamar o de las calles de nuestra ciudad, es una imagen potente que resume la importancia de los lazos en el exterior.
Además, derribó prejuicios sobre el trato al extranjero. Lejos de la frialdad que a veces se adjudica a los europeos, el altagraciense se encontró con una bienvenida especial.
«Algo que me sorprendió al ser cordobés es que la gente te tiene un cierto aprecio y te tratan muy bien«, señaló, confirmando que la simpatía y el carisma de nuestra provincia son un pasaporte emocional que abre puertas.




Incluso el idioma, que podría ser una barrera en un país donde el catalán es la lengua oficial y orgullo nacional, no resultó un impedimento para la vida diaria.
«El idioma es el catalán, pero la mayoría de las personas hablan español», aclaró, llevando tranquilidad a quienes temen no poder comunicarse.
Salir de la zona de confort: El consejo final
Hoy, con tres meses de experiencia sobre sus espaldas y un invierno europeo por delante, reflexionó sobre su futuro con la calma de quien sabe que no hay apuro.
«Por el momento no sé si regresaré a vivir o de vacaciones. Llevo poco tiempo y mi idea es estar un tiempo más en Europa, pero el tiempo me dirá qué es lo mejor«, dice, dejando la puerta abierta a todas las posibilidades.






Para cerrar, dejo un mensaje directo a los lectores de esta columna, especialmente a aquellos que sienten el cosquilleo de la duda.
«Como consejo, es que se animen a salir de la zona de confort y probar la experiencia», invitó. No obstante, como buen viajero, recomendó no lanzarse al vacío sin paracaídas: «Informarse bien y pedir ayuda para ir bien preparado… siempre hay gente que te va a ayudar».
La historia de Maximiliano nos recuerda que Alta Gracia tiene embajadores en todos los rincones del planeta. Desde Andorra, entre raquetas de pádel y montañas que tocan el cielo, él demuestra que con pasión y la compañía adecuada, cualquier lugar puede sentirse un poco como en casa.








