En esta sección te invitamos a conocer las historias de altagracienses que recorren diferentes partes del mundo. AGNoticias dialogó con Francisco quien después de años viviendo experiencias alrededor del mundo, el Camino de Santiago se convirtió en una de las aventuras más intensas de su vida. Durante más de 1.200 kilómetros, descubrió que el verdadero desafío iba mucho más allá del esfuerzo físico.
En AGNoticias la sección «Altagracienses por el Mundo» ya es un clásico de nuestro portal informativo. Un espacio dónde les acercamos los lectores historias de vecinos, amigos o familiares que dejaron su ciudad natal y que ahora están viviendo diferentes experiencias alrededor del mundo. En esta oportunidad, conocemos más al altagraciense Francisco Espina.
Emprender un viaje sin fecha de retorno o con un destino incierto puede parecer, para muchos, un salto al vacío. Sin embargo, para Francisco que hoy se encuentra recorriendo el mítico Camino de Santiago en el viejo continente, ese salto se convirtió en una inagotable forma de vida.

El primer impulso: Perder el miedo en la ruta
El gen viajero no despertó en exóticos paisajes extranjeros, sino en las propias rutas argentinas. Su primera gran aventura, la que él mismo define como el impulso vital para perder los miedos, la realizó a los 18 años cuando decidió viajar a dedo hacia Bariloche. Mientras sus dos amigos se habían adelantado en la ruta el día anterior, él salió solo.
«Tenía unos tíos que iban para el sur y me dejaron en un pueblo, y ahí arranqué a dedo«, relató. Esa vivencia fundacional le demostró que era capaz de enfrentar la incertidumbre: «¿Adónde tengo que ir?, ¿Qué tengo que hacer?» eran las preguntas que rondaban su cabeza, pero que logró superar.
Apenas un año después de esa experiencia patagónica, con 19 años y siendo, en sus propias palabras, «un inocente total», cruzó el océano hacia Andorra para trabajar en un hotel. El desafío era doble: nunca había pisado un aeropuerto, jamás había volado y, en esa época, no contaba con un teléfono celular con internet para orientarse.

«En esa época era preguntar… Entonces preguntando y preguntando nada, así hice mi primer viaje», recordó con humor. Allí se desempeñó como cocinero tanto en el hotel como en una pista de esquí, y aprovechó para recorrer España, Francia e Italia.
Esa primera incursión europea le confirmó que el mundo estaba a su alcance. «Al volver a casa uno dice: ‘Che, bueno, se puede, lo pude hacer’«. A partir de ahí, no hubo marcha atrás.
Su segunda gran expedición fue en formato mochilero. Viajando en soledad por el norte argentino y Bolivia, hasta llegar a las imponentes ruinas de Machu Picchu en Perú. Luego, llegaría el turno de enfrentarse a la barrera del idioma, instalándose en Nueva Zelanda.
La raqueta como pasaporte y la arquitectura en pausa
Durante todos esos años de exploración, Francisco mantenía un pie en su formación académica estudiando arquitectura, una carrera que iba intercalando entre viaje y viaje.
Al principio, aprovechaba las vacaciones para salir al exterior, pero luego las estadías se prolongaron: pasó un año en Nueva Zelanda y Australia, lo que lo obligó a pausar la facultad.
Su sustento en el mundo vino de la mano de un oficio que comenzó casi por casualidad en su ciudad natal. A los 17 años, su gran amigo Santiago Mazzochi, quien era profesor de tenis en el Alta Gracia Golf Club, tuvo que viajar a competir a Francia y le pidió a que lo reemplazara.
Esa suplencia local se transformó en su pasaporte internacional. Gracias a sus conocimientos en este deporte, logró trabajar en Australia, Estados Unidos (donde pausó sus estudios otro año) y finalmente en Dubái.
«Es un trabajo súper internacional en el que no necesitas rehabilitar o reforzar nada porque el tenis se juega igual en todos lados», explicó. Además destacó la ventaja de trabajar al aire libre y administrar sus propios horarios. Tras su paso por los Emiratos Árabes, regresó a Argentina para retomar firmemente la arquitectura.

La cara B del viaje: Desmitificar la experiencia
Con un currículum de destinos tan amplio, Francisco es una voz autorizada para desarmar la visión idílica que muchas veces abunda en las redes sociales sobre el hecho de emigrar o viajar sin pasaje de vuelta.
«Me parece que en el viaje hay como una idealización muchas veces de que porque estás en Australia o donde sea, la estás pasando bien siempre. Y no es real», advirtió con firmeza.
El altagraciense subrayó que el viajero se enfrenta a momentos de profunda vulnerabilidad: estar lejos de las amistades y la familia, encontrarse sin trabajo, no tener dónde dormir o lidiar con una soledad abrumadora. «Primero que nada hay que saber que hay momentos malos y hay que saber aguantarlos», aconsejó.
Para él, el fracaso de muchas primeras experiencias ocurre justamente por esa falsa expectativa de que todo será perfecto. Por lo que recomndó mentalizarse, no idealizar y «saber seguir empujando».
El Camino de Santiago: Un desafío físico para sanar el alma
En la actualidad, Francisco está sumergido en una travesía titánica: el Camino de Santiago. El impulso para iniciar este mítico peregrinaje fue profundamente personal. «El disparador fue el corte de una relación y bueno, esta necesidad de a veces incluso escapar un poco de una ciudad chica que por ahí los cortes son difíciles«, confesó. Buscando un nuevo desafío, se lanzó a la ruta.
La magnitud de su recorrido es impresionante. Comenzó por el clásico Camino Francés, partiendo desde el pueblo de Saint-Jean-Pied-de-Port, recorriendo 850 kilómetros hasta llegar a Santiago de Compostela. Sumando luego más de cien kilómetros adicionales hasta Finisterre.
Lejos de conformarse, enganchó inmediatamente con el Camino Portugués. Aunque tuvo que interrumpirlo debido a una ola de calor extremo con temperaturas que alcanzaban los 36 grados. En total, caminó cerca de 1200 kilómetros en apenas un mes y medio.

La rutina del peregrino es exigente y estructurada. Para evadir el sol inclemente, comenzaba sus caminatas a las 6 de la mañana. Diariamente cubría distancias de entre 25 y 30 kilómetros, un trayecto que le tomaba alrededor de cinco horas, llegando a destino antes del mediodía.
Los albergues exclusivos para peregrinos, con un costo accesible de entre 10 y 15 euros, marcan el ritmo del viaje: exigen que los huéspedes abandonen las instalaciones antes de las 8 de la mañana y funcionan por estricto orden de llegada, sin posibilidad de reservas previas.
Al llegar a cada nuevo pueblo, tras hacer la fila para el «check in» donde se sella el pasaporte y el certificado de paradas, el altagraciense dedicaba la tarde a recorrer la ciudad, comprar provisiones y cocinar su propia comida en las instalaciones compartidas.
La jornada culmina temprano: el toque de queda es estricto a las 10 de la noche. Momento en el que se cierran las puertas y se apagan las luces, obligando a todos a descansar. Salvo excepciones por lesiones, no está permitido hospedarse más de una noche en el mismo lugar.
A pesar de los inevitables dolores físicos, las ampollas y el desgaste muscular, sostuvo que el cuerpo posee una adaptabilidad asombrosa. «Yo creo que sí es una cuestión más mental que física. Nunca llegas a un punto en que no te cuesta».
En este esfuerzo constante, encontró la verdadera metáfora de su viaje: «Esto de que todos los días hay que seguir, no importa si te duelen las piernas, no importa si tenés una ampolla que te está torturando, paso a paso, es la vida misma, es seguir«.
Durante los kilómetros, se cruzó con personas atravesando sus propios duelos, incluyendo viudas recientes, personas con enfermedades terminales, depresión, entre otros. Confirmando su creencia de que «el caminar sana también». «Por ahí uno compara sus problemas, se topa con esta gente, empieza a valorar su vida y se da cuenta que sus problemas no son tan grandes como cree».
Asimismo, ha gente que lo toma como un estilo de vida. «Conocí personas que lo han hecho más de 56 veces. Incluso lo llegan a recorrer por cuestiones religiosas, espirituales o para superar alguna situación de la vida».

En el lugar y momento indicados: Salvar vidas en la ruta
Francisco optó por realizar la mayor parte de sus caminatas en soledad. «Si ya te armas un grupo de caminata, un poco pierde el sentido de caminar solo, de estar en silencio, de meterte hacia adentro tuyo». La sociabilidad la reservaba para los momentos de descanso en los albergues, donde compartía historias con aquellos con quienes coincidía etapa tras etapa.
No obstante, el destino le tenía preparadas situaciones donde su presencia fue vital. La más impactante ocurrió rumbo a Burgos. Mientras caminaba bajo un sol abrasador, notó que a un hombre que iba adelante, protegiéndose con un paraguas, se le cayó la gorra. Él la recogió y se la devolvió kilómetros más adelante en un bar. El hombre, llamado Juan Pablo, le agradeció invitándole una bebida Sprite.
Al día siguiente, ya en la ciudad de Burgos, se reencontraron en un café, donde Juan Pablo le presentó a su hijo, relatándole la anécdota. Horas más tarde, tras hacer fila por separado en un albergue abarrotado de gente, la providencia los ubicó en la misma habitación.

Cuando dormía la siesta, fue despertado por gritos desesperados. Era el hijo de Juan Pablo pidiendo ayuda. Su padre estaba sufriendo un paro cardíaco, desvanecido y con los ojos hacia atrás.
Aún adormilado, saltó de la cama litera superior y reaccionó de inmediato. Entre él y el hijo lo recostaron en un banco, y comenzó a aplicarle maniobras de compresión en el pecho. A las pocas compresiones, Juan Pablo comenzó a vomitar y a recuperar la consciencia.
En un albergue repleto, Francisco fue el único que acudió al llamado de auxilio. «Yo lo que digo es que yo estaba en el momento preciso, en el lugar correcto. Y eso me dio una tranquilidad en esta búsqueda que uno viene a hacer, es como… guau, estoy donde tengo que estar, realmente», confesó emocionado.
Aunque Juan Pablo debió abandonar el Camino y fue hospitalizado para realizarse estudios, mantienen contacto constante; Francisco continuó su ruta prometiéndole que caminaría también por él.
Esa sensación de ser un «ángel guardián» en la ruta se repitió más adelante con Librada. Una mujer de unos 70 años con quien había compartido habitación. Una madrugada, a las 6 de la mañana y en plena oscuridad, Francisco la encontró palpándose los bolsillos buscando su celular.

Él le advirtió que el teléfono estaba enchufado en el piso del albergue, pero ella no lo recordaba y le negó haber cargado el celular. La mujer, que viajaba con un amigo pero caminaba a un ritmo diferente, tuvo que desandar un kilómetro y medio para recuperarlo, sumando fatiga extra a su jornada.
A través del acompañante de la señora, se enteró de que Librada padecía un principio de demencia senil. La situación se agravó al llegar a la ciudad de León. A las 10:30 de la noche, con el albergue ya cerrado, sorprendió a Librada con la mochila puesta, dispuesta a salir a caminar creyendo que ya eran las 6 de la mañana. Inmediatamente, Francisco la frenó.
Al día siguiente, la encontró sentada en un banco, afligida por un problema de salud. Francisco, asumiendo un rol protector, se sentó a su lado, le pidió el celular para contactar a su hija y fue sincero: «Librada, hasta acá llegó tu camino. No podés seguir así«.
La señora, quien había logrado completar más de 500 kilómetros, retornó en tren a Barcelona, no sin antes agradecerle su ayuda en un camino que sabía que sería el último que su memoria le permitiría intentar.
El refugio inquebrantable de Alta Gracia
A pesar de disfrutar enormemente del intercambio social, de los paisajes y de la apertura mental que le brindan sus largos viajes, tiene claro dónde está su ancla.
La lejanía le enseñó a valorar las cosas simples que dejó atrás: la inmensa mesa familiar con sus seis hermanos y 16 sobrinos, el clásico asado de los domingos con amigos y la insustituible comida argentina.
«La verdad que parte de viajar es esto de extrañar, parte de lo que te hace muy bien es extrañar o darte cuenta del lugar en donde vivís». Para él, Alta Gracia es un lugar «tremendo» y «privilegiado», gracias a su proximidad, la tranquilidad de sus ríos y la riqueza cultural de sus costumbres.
En la Ciudad del Tajamar, él tiene todo lo que importa. Vive un poco alejado del centro, en una zona de mucha paz, y en una casa que tiene un valor invaluable: «Yo me construí la casa con mis manos, entonces es como mucho, demasiado por perder». Pese a los problemas económicos del país y de la rutina no cambia Alta Gracia por nada del mundo.

Un consejo final: Dar el primer paso sin excusas
A modo de cierre, Francisco dedicó unas palabras a todos aquellos vecinos que sueñan con salir a recorrer el mundo pero no se animan a dar el salto. Su mensaje es claro y directo: «No hay excusas».
Señala que siempre existirán razones para postergar el sueño, ya sea por compromisos de estudio, un buen trabajo o una relación sentimental. Sin embargo, advirtió que posponer el viaje suele llevar a la parálisis. Especialmente cuando se entra en la vida adulta y aparece el miedo a la incertidumbre.
«Mucha gente dice ‘no, bueno, lo voy a hacer después de estudiar’, entonces después termina la facultad, consigue un trabajo, se pone de novio y terminan no haciéndolo«, comentó.
Para el altagraciense, la clave radica en superar el vértigo inicial. «Me parece que el primer paso es el que más cuesta o el que más se siente como un salto al vacío, y una vez que tenes una buena experiencia de primer viaje, ya es un nunca parar».
Un consejo de quien, a sus espaldas, no solo carga con una mochila. Sino con un sinfín de historias, lecciones y más de 1200 kilómetros caminados.





